¿Qué es un estilema y qué relación guarda con el desarrollo de mi propio estilo literario?

Antes de poder definir qué es un estilema, parece razonable entender primero qué es la estilística. Pero, incluso antes de ello, quizás sea más conveniente empezar a hablar sobre lo que es el estilo, para, desde allí, abordar los demás conceptos. Como tal vez resulte evidente, las palabras “estilística” y “estilema” vienen de la palabra “estilo”. Lo que no es tan evidente es el origen de esta segunda palabra. “Estilo” (del griego estylos) era el nombre que recibía “el punzón, agudo por un extremo y plano por el otro, con que los antiguos escribían y borraban en tablillas enceradas” (Alonso, 1978).

Así que el estilo, según la concepción antigua, no era más que un utensilio de la escritura. Pero, según entendemos el concepto en la actualidad, el estilo sigue siendo un utensilio de la escritura, solo que el mismo es ahora intangible. El estilo es, entonces, en palabras sencillas, el carácter individual o diferenciado que le da a un texto literario el escritor, haciendo uso de sus medios expresivos y sus habilidades para utilizarlos. Por ende, la estilística es la disciplina que estudia los estilos literarios.

La estilística es, más concretamente, una rama de la lingüística que se encarga de estudiar el uso estético, con valor artístico, del lenguaje, tanto en la literatura, como en textos no literarios y en el habla común. Ya sea de forma individual (algún escritor en concreto) o colectiva (un grupo de escritores, una generación, un movimiento, un área demográfica, etc.). La estilística está encargada de analizar hasta el más pequeño de los elementos de una obra, literaria o no (o un discurso hablado), lo que incluye pero no limita: el efecto deseado por el escritor (o hablante) al decir lo que dice, los términos usados, los giros del lenguaje, las estructuras complejas del lenguaje (como los recursos literarios o el análisis sintáctico), la efectividad de los recursos, etc. Forman parte de la estilística la crítica literaria y el análisis del discurso.

Así que la estilística estudia a los estilos. Pero ¿cómo se desarrolla un estilo propio? Ahí es donde entran en juego los estilemas. El estilema es, dinámicamente, la forma en la que se transmiten los estilos de una persona a la otra y, por ende, la forma en que estos se crean, transforman o deforman. Así pues, los estilemas son, de forma estructural, pequeños (o grandes) trozos de un estilo concreto que se encuentran en el estilo de otro, formando ello una suerte de estilo común o, cuando menos, una suerte de relación estilística.

Estas relaciones suelen darse entre figuras de autoridad y sus pupilos. Por ejemplo, entre maestro y alumno, padre e hijo o inspirador e inspirado. No es necesario que exista una relación real entre ambos sujetos para que el estilema se configure, aunque suele ser más intenso cuando hay tal relación. Por ejemplo, el estilo propio de un autor contemporáneo podría tener trazas estilemáticas del estilo de uno o varios autores clásicos, que además vivieron en países muy distantes y diferentes a nivel cultural del suyo. Ni la distancia, ni el tiempo, ni algún otro factor impide que un estilema se forme. Pero es más sencillo que se forme cuando la relación entre inspirador e inspirado es más cercana y tangible.

Así pues, el estilema es un conjunto de rasgos estilísticos que se observan en más de una persona (escritor o hablante), aunque existan entre ellos rasgos distintivos que los vuelvan únicos. Así es como observamos que los miembros de una familia suelen tener estilos de habla similares, igual que los miembros de cierta subcultura o comunidad, incluso los miembros de un país. Y en la literatura pasa lo mismo. Los miembros de un taller de poesía pueden escribir similar a su instructor, lo mismo que pueden tener elementos en común los miembros de un movimiento literario, los escritores de un género, de una generación o de un país.

En general, podríamos decir que todos los estilos de la historia de la literatura están conectados a través de estilemas, que se comunican en todas las direcciones. La estilometría sería el estudio de estas redes estilemáticas entre un autor o autores y otro u otros. A través de la estilometría sería posible, al menos teóricamente, establecer la cartografía completa de la estilística de toda la historia de la literatura. Ello, porque no hay nada que haya escrito o dicho el hombre exento de alguna relación estilemática. A menos que, como en la taxonomía de los seres vivos, habláramos de la existencia de un ancestro común, de un texto originario, con el único estilo no inspirado en ningún otro, que generó todos los demás estilos y en donde todas las redes estilemáticas convergen.

Esta interesante vertiente de la lingüística puede servir para resolver un caso de denuncia por plagio, dejando en claro si las trazas estilemáticas son tan altas como para que proceda la denuncia, o si están en el lícito nivel de la inspiración o la parodia. También sirve para analizar el desarrollo escritural de un autor a lo largo de toda su obra, o la comparación entre varios autores de un movimiento, generación, género o país.

Y además podría ser muy útil para comprender el desarrollo estilístico dentro del habla común, no literaria, de una comunidad, subcultura o región, que luego podría ser usada para emularla dentro de la literatura y producir diálogos estilísticamente más realistas. Para la creación de nuevas lenguas, como las que se usan en algunas obras de ficción (véase el caso de la serie “Juego de tronos”), el estudio estilemático de la oralidad puede ayudar a darle mayor realismo y personalidad a estos idiomas y sus hablantes. Lo mismo si se quiere distinguir a ciertos grupos de personajes sobre otros, y a ciertos personajes individuales sobre otros.

Eso nos ayuda a entender cómo el estudio de los estilemas puede ayudar a conseguir que nuestra obra escrita sea más genuina en la reproducción o transcripción de la oralidad. Pero ¿qué relación tiene con el desarrollo de un estilo propio? Pues, que la búsqueda de un estilo propio no puede aislarse de la producción literaria existente. Los estilos de otros escritores alimentan el estilo propio y es sensato dejar que esa influencia se mueva entre nuestras letras. Pero también es cierto que, para mantener el dinamismo del arte escrito, es necesario que haya factores de distinción reales en cada escritor. La diferenciación como escritores, entonces, es una obligación más que una opción.

Así que el objetivo no sería solo permitir la influencia estilística de otros autores en nuestro estilo. Esa actitud pasiva no permite la elaboración de un estilo propio consciente y genuino. Aun cuando es imposible aspirar a comprender con profundidad todas las redes estilemáticas que han convergido en nuestras letras, es nuestro compromiso como escritores tratar de conocerlas y entenderlas lo mejor posible. Y ello implica seguir su pista lo más lejos que podamos. No se trata de limitarse solo a distinguir en algún punto de nuestro estilo el estilo del Autor A, sino hacerle el seguimiento a esa red entera. Por ejemplo, darnos cuenta si esa traza del estilo del Autor A está relacionada a otro autor, a una vanguardia, a un período histórico o a un capítulo regional de la literatura, y entender también qué otras redes de estilo alimentaron a ese o esos autores, en busca tanto de las similitudes como de las diferencias.

Si bien quizás es imposible establecer una cartografía estilométrica de toda la literatura universal, al menos suena mucho más razonable realizar un mapa, o cuando menos el esbozo siempre en desarrollo de nuestra propia visión de la literatura. Así podemos notar cuáles trazas de estilo no nos convienen (ya sea por desgastadas, por anacrónicas o por cualquier otros tipo de incompatibilidad con nuestras letras), cuáles podemos profundizar más y, sobre todo, en dónde podemos distinguirnos de los autores que han influido, con o sin nuestro permiso, en nuestro estilo actual.

Así que, aunque la definición más básica de lo que es el estilo nos diga que es “el carácter individual o diferenciado que le da a un texto literario el escritor, haciendo uso de sus medios expresivos y sus habilidades para utilizarlos”, ahora sabemos que no existe ningún estilo realmente individual o diferenciado, ni que existe algo como medios expresivos propios. El estilo sería, entonces, la suma de todos los medios expresivos prestados a través de redes estilemáticas y puestos al servicio de una individualización virtual del carácter de lo que escribimos, que está en continua transformación y retroalimentación. Y, si hacemos nuestro trabajo bien, en algún momento esa ficción a la que llamamos nuestro “estilo propio” servirá de inspiración para la construcción de otros estilos, con lo cual seguiremos alimentando y poblando este complejo mapa estilístico al que llamamos literatura.

La invitación es, por ende, a analizar con más profundidad lo que hace único a su escritura, y cuánto de ello viene de otras fuentes y otras lecturas. Si se animan, sería genial que usen el espacio de los comentarios para comentar qué han descubierto en ese trayecto.

Anuncios

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s