Yo mato al insecto y lo recojo*

Buenos días, mi pichoncita.

Notarás que hay un DVD de Kurosawa tirado junto a la cocina. No vayas a levantarlo, por favor. Por lo que más quieras, no vayas a levantarlo. Que nada de lo que diga esta carta te haga pensar que de alguna forma busco hacerte sentir culpable como para que termines levantando el DVD de Kurosawa y resolviendo algo que me toca a mí resolver. Es solo que por el momento no he podido levantarlo. La situación me ha superado y he tenido que dejarlo allí en el piso, aplastando la mariposa negra y gigante que con él he matado. Apenas regrese del trabajo, me encargaré de limpiar todo y dejarlo como si nada hubiera pasado. Pero sí ha pasado, sí han pasado muchas cosas y he creído necesario escribirte estas palabras para que sepas por lo que he estado pasado. De nuevo, no quiero que te sientas culpable de nada de lo aquí dicho, pero he llegado a un punto donde necesito decirte algunas cosas que me he guardado en los últimos meses.

Creo que no lo has notado, porque no me has hecho ni el más pequeño comentario al respecto, pero en la gaveta donde guardamos los DVD deben faltar unos veinte de ellos. Vivir, de Kurosawa, no es la primera de nuestras películas que uso para aplastar una mariposa gigante. Igual, cuando menos debes recordar aquella mariposa horrenda que te conté que maté con un disco de Pink Floyd. Parece que ha pasado un siglo desde aquel momento y nuestras vidas no han podido cambiar más en lo externo, lo palpable, pero siento que muchas cosas siguen iguales por dentro.

Cuando lo del disco de Pink Floyd yo estaba a días de irme a vivir a Canadá sin ti, y nuestro absurdo plan indicaba que tú me seguirías a los tres meses y allá tendríamos la vida que este país nos estaba arrebatando. Qué ilusos éramos. Todavía no terminábamos de entender cuánto de cárcel tenían estos metros cuadrados de patria, y cuánto de presos teníamos nosotros. Allá todo fue un desastre, y lo sabes. El supuesto trabajo que me esperaba no se sabía ni siquiera mis iniciales, y el trabajo a destajo no me alcanzaba ni para cubrirme lo más básico, de modo que al mes y medio tuve que regresarme.

Y nunca fui más feliz, e hicimos el amor como si no nos hubiésemos visto en años, como novios adolescentes, por días y semanas enteras, hasta que presentí que había pasado lo inevitable, te hiciste el examen y sí, estabas embarazada. Yo todavía no conseguía empleo aquí y ahora teníamos que pensar en un nuevo miembro en nuestro hogar. Respiramos agitados, sobre bolsas de papel, porque no nos sentíamos preparados, porque no estábamos preparados, ni el país era un lugar seguro para traer a un hijo. Y, aunque me cueste demasiado decirlo, nada de eso ha cambiado.

Seguimos siendo solo dos pichones desplumados, que no saben defenderse del frío o del hambre, y ahora deben cuidar de un nido demasiado frágil para sus miedos. Y el país… pues, el país es un cuco, que se mete en nuestro nido y nos roba lo poco que hemos conseguido para comer, lo poco que hemos conseguido para parecer que vivimos una vida estable, para simular que esta delgadez que estreno no tiene que ver con la crisis sino con una voluntad de finalmente cuidar mi salud para llegar a mi peso correcto.

Y conseguí trabajo, pero ahora me tocaba madrugar aún más. Y al salir a la calle, veía a las personas durmiendo frente a los supermercados y las farmacias, haciendo colas en fase REM, y me prometía que no pondría un pie en ellas. Pero el bebé seguía creciendo en la barriga y de alguna forma había que conseguir lo que necesitaría cuando saliera de esa bolsa privilegiada. Las colas se convirtieron en mi segundo trabajo y todas las noches llegaba como zombi del trabajo, directo a la cama, hasta que el despertador me arrancara de ese vórtice de irrealidad que tejía durante las noches.

A veces me veía como padre en los sueños, y siempre fracasaba. Me levantaba con acidez en el estómago, pero ponía mi mejor cara de distraído, y te besaba la barriga y las cosas volvían a tener un color pastel. Podía separarme de la bolsa de papel y respirar por mi cuenta, con calma y seguridad. Empezaba a enamorarme de ese bebé, y de pronto me sentía fuerte y no paraba de hacerme promesas, casi siempre dirigidas a terminar de crecer lo que me hacía falta para llegar a ser un buen padre.

Me prometí deshacerme de mis obsesiones y compulsiones, porque siempre he temido que mis hijos aprendan estas locuras de mí por verme ponerlas en práctica. También debía deshacerme de mis fobias. Así que decidí hacer caso de todo lo que en su momento me había dicho el terapeuta, pero que había descartado por una comodidad aparente.

Cuando iba a terapia, hubo un momento en el que de verdad todo parecía estar a punto de tomar el rumbo definitivo hacia la salud. Incluso, mi terapeuta me había dicho que solo faltaba que yo terminara de creerme que estaba curado. Sin embargo, en ese momento, tenía más temor a vivir sin mis obsesiones que a deshacerme de ellas y no me convencí de nada. Pero ahora tenía una razón de mayor peso para dar el paso final y me decidí a darlo.

Aunque al principio me parecía demasiado irreal, de verdad, de un día a otro, empecé a sentirme libre de obsesiones y fobias. Incluso te propuse romper nuestro pacto con los insectos, aunque todavía la barriga no estaba tan grande y podías recogerlos, porque estaba más que dispuesto, a gusto, con matar a cualquier insecto y terminar de recogerlo. De igual forma, como siempre hemos hecho un buen trabajo en mantener a raya los insectos en casa, no fueron muchas las oportunidades por aquellos días. Pero lo compensaba con otras tareas pendientes en mi crecimiento, y cada día me sentía menos un pichoncito y más un futuro padre, un adulto.

Pero por fin tuve ese esperado ascenso y ya no tuve que madrugar sino que dos días a la semana, y ya no tenía sentido hacer colas para comprar pañales porque igual nunca conseguía, así que empecé a levantarme más tarde casi a diario y el sueño nocturno empezó a desaparecer. Y con esos desvelos de los últimos dos meses empezó mi batalla contra las mariposas gigantes y la desaparición paulatina de nuestra colección de DVD. Sé que todos son piratas, pero igual me ha dolido mucho perderlos.

Todo empezó con el DVD de Nuestra música, de Godard y una mariposa de esas que suelo llamar Gremlin. Había salido a la cocina a ver si conseguía algo para calmar el hambre que casi siempre acompaña al insomnio, pero solo había agua, aderezos y las pocas frutas que siempre trato de tener para ti y que no tocaría ni con un agujero en el estómago. Así que tomé agua y luego me senté en el sofá para repasar mentalmente las tareas pendientes antes del nacimiento del bebé.

Ya habíamos armado la maleta del bebé, pero faltaba la nuestra. Tocaba usar la negra con roja, que sigue siendo la más cómoda de las que tenemos y que de nuevo estaba tapiada por el polvo, pues tras mi regreso de Canadá no se había movido de sitio. Nuestras oportunidades de viaje se habían reducido a un paseo de treinta minutos a mitad de noche, desde la casa hasta la clínica, para disfrutar de una noche en el hotel más caro que nos hubiera tocado pagar en nuestra historia. Eso si terminaba de reunir el dinero que nos habían presupuestado.

Así que me paré, dispuesto a buscar la maleta, para limpiarla mientras esperaba que el sueño regresara, cuando apareció la gremlin marrón oscuro, que dio inicio a la invasión de mariposas más grande que hemos tenido desde que nos mudamos a esta casa. Como aquella otra vez, en medio de la oscuridad, lo que se me ocurrió fue abrir la gaveta de los DVD y tomé el primero que se me atravesó, para usarlo de arma. Después de unos segundos de coreografía desorganizada, terminé de batearla con el DVD y, ya en el suelo, la rematé pisándola con él.

Te puedo jurar que no sentí miedo, ni me invadieron pensamientos intrusivos, ni surgió la necesidad de compulsión alguna. Al menos así lo sentí en su momento. Recordé las palabras de mi terapeuta y me dije que el asco es una sensación universal, que sienten sanos y enfermos por igual. Así que me decidí a no sobreinterpretar ese asco que sentía por el DVD y lo boté. No te lo conté, porque me daba un poco de vergüenza, y porque no estaba seguro de que entendieras. Lucías tan orgullosa de que hubiera logrado tanto con mis compulsiones que no quería arruinarte aquella sensación.

Pero al día siguiente, el DVD de Hotel Rwanda pagó el precio de mi improvisación al matar mariposas, y dos días después le tocó a La vida en rosa, y ya luego, simplemente perdí la cuenta. Casi a diario me levantaba para cualquier cosa, iba a la sala, me tropezaba con una mariposa y no tenía nada mejor a mano que un DVD para matarla. Al final de la jornada me decía que al día siguiente no me tomaría desprevenido y que tendría preparada un arma mejor, pero el día pasaba y olvidaba esa tarea. Y me veía en la obligación de esconderte la evidencia, saliendo del apartamento de la forma más sigilosa posible, para botar cada DVD con su respectiva mariposa aplastada, directamente por el bajante del edificio. Por fortuna para mí, pensaba yo, el embarazo había hecho que tu sueño fuera mucho más pesado de lo que siempre fue.

Así ha pasado el último mes, hasta que hace un rato acabé con Vivir, de Kurosawa. Y debo decirte que es la tercera película de él que pierdo. No creas que elijo los DVD que uso. Tomo los primeros que me aparecen, y Kurosawa ha tenido una especial mala suerte. Barbarroja y Rashomon fueron los otros muertos en batalla. Además de él, solo han repetido los hermanos Wachowski, con dos de las tres de Matrix. Y perdí tu copia de El secreto de sus ojos. De verdad lo siento mucho.

Pero siento aún más haberte mentido todos estos días, y mucho más haberme mentido a mí mismo. Porque el primer día no representó mayor problema para mí botar el disco de Godard, porque era el primero desde el de Pink Floyd, casi un año atrás, y era fácil decirme que el asco es una experiencia universal, y que botar un DVD solo porque había tenido contacto con una mariposa aplastada, a pesar de que podría limpiarlo, no era una compulsión. La verdad fue muy fácil convencerme de que no se trataba de una compulsión, de que era solo asco del más mundano. Y tras la segunda mariposa y DVD también. Incluso tras la tercera y la cuarta. Pero a partir de la quinta mariposa y el quinto DVD botado sigilosamente por el bajante del edificio, tuve que empezar a hacerme el idiota para no notar que de nuevo estaban ganando las compulsiones en mi vida, que de verdad no era más que un pichoncito enclenque, que jamás podría cuidar a otra criatura.

Y así llegamos a la noche de ayer, cuando organizaba la ropa que iba a poner a lavar. Tú sabes lo que pasó porque lo presenciaste, pero no llegué a confesarte todo lo que sentí. Como veía que había poca ropa para lavar, aproveché, como he hecho en otras ocasiones, de desnudarme y poner toda la ropa que llevaba encima en la pila que colocaría en la lavadora. Y mientras terminaba de acomodar la ropa, sin una sola pieza de ropa puesta, apareció esa asquerosa cucaracha, volando por todo el cuarto, cerca del corral del bebé.

Sé que todavía no lo habíamos limpiado desde que nos lo regalaron, como habíamos colocado en nuestra lista de tareas pendientes, pero una cucaracha poniendo su suciedad encima no era precisamente algo que me gustara. Así que corrí desnudo a buscar el insecticida, pero esta vez no estaba tranquilo. El corazón me latía, sentía frío en todo el cuerpo y respiraba agitadamente.

Tener que enfrentarme desnudo a un insecto tan repugnante hizo que mi fobia regresara invicta, y enseguida los pensamientos obsesivos se instalaron en mi cabeza, exigiéndome toda clase de compulsiones. Era la primera vez en varios meses que sentía tan vivos mis temores, y gracias a ello fui capaz de saber que nunca me había curado, que solo me ocultaba con artimañas baratas la evidencia de que seguía tan mal como siempre. La mejor muestra eran las dos decenas de discos perdidos porque no me atrevía a pasarle un estúpido trapo a los DVD para quitarles la mugre de mariposa y regresarlos a su gaveta, como cualquier persona normal haría.

Y me enfrenté a la cucaracha, desnudo en todas las formas posibles, y la maté y la recogí. La recogí, aunque estuve tentado a invocar nuestro antiguo pacto y decirte “yo mato al insecto y tú lo recoges”. Pero ese pacto pertenecía a otra época de nuestra vida, que parecía haber ocurrido un milenio atrás. Calculo que los embarazos duran nueve meses no solo para que el bebé se forme, sino para que los papás terminen de madurar. Y, aunque a mí se me ha hecho eterno todo este tiempo, y cada día ansío el momento del parto, creo que ni diez años de embarazo nos prepararían para sobrepasar todo esto.

Después de un incidente tan intenso como el de la cucaracha de anoche, yo esperaba que me tocara un descanso, que pudiera renovar fuerzas antes de seguir con la cacería. Pero esa misma noche, después de levantarme por un vaso de agua en la madrugada, apareció una mariposa negra en la sala, incluso cuando había dejado la ventana cerrada. Y ya sin fuerzas, tomé Vivir, de Kurosawa, la bateé, la aplasté y no tuve fuerzas para levantarla.

Pensaba en nuestro pacto. En cómo logramos esa sinergia perfecta para sobrellevar nuestra fobia compartida a los insectos. Si uno los mataba, el otro los recogía y viceversa. Nunca pensamos que era un pacto que requería solo de dos, y que se desplomaría con tres. ¿Cómo lograr un acuerdo equilibrado en este aspecto que involucre a ambos padres y a un hijo? La única forma coherente era no tener pacto para enseñarle independencia al hijo. Y nosotros estábamos muy lejos de eso.

Intenté de nuevo tomar el DVD del piso, pero no pude. Sentía que no era justo que solo yo luchara contra sus temores, mientras tú recibías los beneficios de un pacto donde ya no tenías participación solo porque ya no puedes agacharte como antes y porque yo me hice algunas promesas oportunas. Y me dices que te enorgullece los cambios que he logrado, pero no te veo intentando hacer los que te corresponden. Y apenas pienso esto me siento estúpido y egoísta porque sé cuánto has hecho en los últimos meses para convertirte en la madre y en la adulta que el bebé merece.

Y sé que lo que me impide avanzar más es esa necedad de mantenerte alejada de mis fracasos, de mis problemas, para protegerte de no sé qué. Nuestro pacto funcionó por años no solo porque fuéramos dos pichones asustados. Matar el insecto era tan horrible como recogerlo o como hacer ambas cosas. El pacto funcionaba únicamente porque nos hacía sentir comprendidos y acompañados, y nos iba haciendo más fuertes poco a poco. Y ahora que te oculto que sigo teniendo miedos, que las compulsiones siguen allí, que leo alguna noticia política del país y me la trago solo para que no llenes tu embarazo de amarguras, que finjo quedar lleno para que no te dé culpabilidad comer un poco más, siento que mis fuerzas flaquean y que necesito nuestro pacto de regreso.

No para que recojas los insectos que mate, no para que levantes el DVD de Kurosawa (en serio, de verdad no quiero que lo levantes). Necesito del pacto para que cuando yo sea quien mate al insecto y también el que lo recoja, tú estés allí conmigo emocionalmente comprendiéndome y acompañándome, sabiendo que todavía no soy el adulto que debo ser, que quizás tú tampoco lo eres, pero que no vamos a descansar hasta que lo logremos.

Hoy es día de madrugar en el trabajo y ya casi es la hora de levantarme para salir. He apagado el despertador para que puedas seguir durmiendo tranquila. Como siempre, luces hermosa; quizás ahora más que nunca. Te veo a ti, veo la barriga y creo por instantes que todo saldrá bien. Sigo sin poder levantar el DVD del piso, incluso después de escribir todas estas palabras, pero te prometo que al regresar del trabajo será lo primero que haga.

Sé que la situación económica nos ha obligado a no comprar más películas y a terminar descargándolo todo de internet. Pero creo que sería un bonito acto simbólico traer hoy una película a casa. Cuando esté en el local, te llamaré para decirte qué hay y pensar juntos qué compro. Creo que es justo que nos demos ese pequeño gusto. Hemos trabajado más que duro para ello.

Me disculpo si esta carta te ha resultado muy amarga. Lo menos que quiero en estos momentos es hacerte pasar malos momentos. Pero el solo saber que me lees me hace sentir más fuerte y más preparado para lo que se viene.

No digo más por ahora que ya hace un par de minutos debió sonar la alarma y debo alistarme para una larga jornada.

Te amo más que a nada en el mundo.

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* Si quieres leer la primera parte de esta historia, haz clic aquí.

 

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