Los recursos literarios al servicio del desarrollo de un estilo propio

¿Qué son los recursos literarios?

Reciben varios nombres. También se les conoce como figuras retóricas, literarias o del lenguaje, lo mismo que recursos estilísticos, retóricos o expresivos. Sea como sea que los llamemos, estos elementos son los que se utilizan al hablar o escribir para darle un carácter distintivo a lo dicho, bien sea por un aspecto fonético, gramático o semántico que se altere sobre la estructura simple para construir oraciones e ideas.

En muchas ocasiones se suele decir que los recursos literarios constituyen un alejamiento del uso habitual del lenguaje, pero esto no podría considerarse del todo correcto, pues el habla común, y no solo la literaria, está llena de ejemplos de frases construidas con recursos literarios. Por reflejar solo un par de ellos, el uso de la metáfora o la hipérbole (exageración) es tan común en el habla cotidiana como en la literatura. Así que más que una distinción cuantitativa, lo que plantean los recursos literarios es una distinción cualitativa, aun cuando algunos recursos literarios sean muy atípicos en el lenguaje de uso cotidiano. Por ello, sería más correcto indicar que los recursos literarios constituyen un alejamiento de las fórmulas  sintácticas convencionales.

Pero, ¿qué entendemos por fórmulas sintácticas convencionales, entonces? En este caso, aunque ello también podría estar abierto a debate, estaríamos hablando de oraciones con estructura elemental de sujeto, verbo y  predicado, donde el objetivo elemental es reseñar un aspecto concreto de la realidad. Por ejemplo: “El vehículo de Don Tomás es un Cadillac de los años 60. Es un auto hermoso y se encuentra bien conservado, a pesar de los años”. Acá la exposición de las ideas está dada usando formas simples (aunque podría simplificarse aún más).

Ahora bien, podría presentarse el mismo conjunto de ideas utilizando elementos cualitativos más complejos, en tanto transforman su estilo. Por ejemplo: “Las patas del tullido Don Tomás son nada más y nada menos que un Cadillac, que parece sacado de una máquina del tiempo, directo de los mismísimos años jipis. Esa bestia está intacta como un huevo pulido y te lo juro por este rosario, que se me queme en el cuello ahora mismo si te miento, que es más sexi que un concurso de tipas en traje de baño”. Como se puede ver, la información transmitida es en esencia la misma, pero la forma se altera dramáticamente.

Si comparamos ambos ejemplos, de seguro algunos pensarán que el segundo tiene una forma más naturalista que el primero, pues es extraño encontrar personas que hablen con la rigidez del primer caso. Visto así, se pueden concluir dos cosas. Primero, efectivamente los recursos literarios no son únicamente propios de la literatura. Segundo, las jergas propias de ciertas regiones o subculturas suelen utilizar (y en ocasiones abusar de) una lista de recursos literarios concretos. De modo que si se quiere expresar con realismo los modos de hablar de cierto grupo, o de algún personaje en concreto, es necesario conocer el tipo de recursos literarios que abundan en su forma de hablar, y los que escasean o nunca se presentan.

Los recursos literarios al servicio del desarrollo de un estilo propio

Puestos sobre lo antes dicho, se podría indicar que los recursos literarios tienen la capacidad de transformar estéticamente (en forma) conjuntos de información escrita o hablada, para  darle un carácter distintivo, que lo separe de las fórmulas sintácticas simples. De esta manera, los recursos literarios pueden usarse tanto para embellecer una narración o un poema, como para darle un carácter personal a lo que decimos en nuestro día a día. En otras palabras, son la base estructural para construir un estilo personal, sea hablado o escrito. El tipo de recursos literarios que utiliza un escritor, el dinamismo con el que los usa, el equilibrio que logra en el texto con ellos, son parte de su personalidad dentro de la escritura, y lo definen tanto o más que los temas tratados o el tipo de reflexiones que fuera posible sacar de sus obras. Es por ello que resulta necesario conocer los diferentes recursos literarios existentes, experimentar con ellos, y tratar de crear nuestro propio arsenal, que nos defina y nos dé una voz distintiva. El resto del juego consiste en aprender a usarlos de forma comedida y variada, de modo de no cansar al lector ni volverse predecible.

El éxito de un buen texto radica en buena parte en la maestría con que trabajemos los recursos literarios. Por ejemplo, no es lo mismo decir “Ha de ser limpia y brillante / como una hoja de afeitar / hundida en una copa de vino”, como dice Alberto Barrera Tyszca en su poema Poética, que decir “Ha de ser limpia y brillante como un piso bien coleteado”. Ambas frases utilizan el recurso de la analogía, pero la primera lo hace de forma sublime y delicada, mientras que la segunda lo hace con rudeza y simplicidad. Si el texto que deseamos escribir es un poema, y esperamos de él una elevación estética, probablemente deberíamos decantarnos por una analogía de la calidad que ofrece Barrera Tyszca. Pero si se tratara de una comedia, quizás la segunda analogía nos funcionaría mejor. Así que la maestría no depende solo de usar frases grandilocuentes, sino de comprender las necesidades del texto que estamos escribiendo, para darle el tono que le resulta adecuado.

Resumamos, entonces. Los recursos literarios, además de formas objetivamente existentes en el habla común, dignas de análisis, sobre todo si queremos emular esas formas específicas de habla común, también son elementos útiles a todo texto literario, si se saben usar con maestría.

Para lograr la maestría en el uso de los recursos literarios son requeridos varios pasos. Primero, estudiarlos, segundo experimentar con ellos para verificar con cuáles nos sentimos más cómodos y con cuáles logramos un discurso más sólido y que nos distinga de otros escritores. Tercero, entender qué tipo de texto queremos escribir y qué conjunto de recursos literarios es más adecuado para este, además de definir la forma específica en que usaremos tales recursos. Por último, procurar utilizarlos con equilibrio, dándole variedad en su presentación individual y en conjunto con otros recursos, evitando que agoten al lector o vuelvan al texto predecible. Esto incluye evitar lugares comunes o, lo que es igual, evitar usar los recursos literarios para decir lo mismo que ya se ha dicho mil veces en literatura y justo de la misma forma en que ya se ha hecho (Ejemplo: “Tus ojos son dos luceros”. “Quedé sin aliento al mirarla”).

Si hacemos esto a lo largo de nuestra obra, y ese equilibrio se logra entre un texto y otro, dejando ver incluso una evolución positiva, esto será la base de lo que nos definirá como escritores, de nuestro estilo propio.

Conclusión

Algunos escritores piensan que es casi pecaminoso estudiar con atención los elementos que configuran la parte técnica de la escritura, pues sienten que con ello le restan espontaneidad al acto de escribir, lo que lo aleja de ser una disciplina fundada en la pasión y la inspiración. Eso no es del todo incierto. Cuando se empieza a estudiar el trasfondo teórico de la literatura, muchas veces, en esos primeros momentos, se pierde un poco el sentido de gratificación que proporcionan tanto el acto de escribir como el de leer, pues se dificulta separarse del análisis frío para dejarle su justo espacio a la pasión. Pero esto es algo provisional.

Una analogía de esta situación la ofrece el aprender a conducir. Durante las primeras experiencias se dificulta conducir con naturalidad y espontaneidad, pues la mente está concentrada, en simultáneo, en todas las instrucciones recibidas sobre cómo conducir adecuadamente, y la atención no puede dedicarse a otra cosa que no sea la repetición exacta de los pasos aprendidos, por temor a perder el control y que ocurra un accidente. Pero, una vez se domina la técnica, poco a poco, el conductor va olvidándose de pasos e instrucciones y empieza a conducir de forma automática. Pasado el tiempo, puede conversar con su copiloto despreocupadamente, escuchar música, admirar el paisaje, y manejar con la gracia de un piloto experto. Si bien en un principio parecía imposible separarse de todo el tecnicismo, una vez el mismo fue asimilado de forma profunda, pasó a constituir un acto inconsciente, permitiendo que el sujeto pudiera dejar espacio a su pasión por conducir.

Lo mismo ocurre con la literatura. Los primeros pasos del aprendizaje teórico se sienten fríos y grises, porque parece imposible separarse de tantos tecnicismos, pero cuando estos son asimilados, se aplican de forma automática al escribir, de modo que la escritura vuelve a ser una actividad pasional, fundada en la inspiración. Así que no hay excusas para no formarnos en la teoría, si bien la práctica es la que nos volverá maestros. Resumido en una sola frase: a la inspiración hay que educarla y a la educación hay que inspirarla.

La invitación es, entonces, a explorar este gigantesco mundo de los recursos literarios y hacer sus propios experimentos, para empezar la búsqueda que terminará con la definición de su propia voz literaria.

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