Código Bechdel

Una ciudad vertical crece sobre una isla hecha por el hombre (y nada más que por el hombre). Una de las últimas cincuenta del mundo. Edificaciones de al menos trescientos pisos, con autopistas, hospitales, parques, monumentos conmemorativos… todo lo necesario para vivir adentro. Cada una de ellas, marcadas a neón con el fálico símbolo del Patriarca, que también decora postes, árboles, embarcaciones, armamento, pantallas y el domo de neteriones que mantiene a cada isla protegida de la contaminación externa, y de la invasión de las rebeldes que quedaron en los extintos continentes.

En las calles, que casi ningún hombre transita y que las mujeres apenas tienen autorización de recorrer en estrictos horarios y con sus respectivos salvoconductos, cientos de afiches medio roídos recuerdan a los ciudadanos las hazañas de la Última Guerra y el Credo del Patriarca, Salvador de la Humanidad. En una esquina altamente vigilada por las cámaras, un póster recuerda que “La mujer no intentará involucrarse nunca más en asuntos de hombres (so pena de muerte o destierro) y deberá replegarse, sin reclamos, al Código Bechdel, que indica lo que puede y no decir y hacer”. Un enlace de descarga permite acceder al manual completo, que de igual forma ocupa un sitial de honor en cada espacio habitable de las cincuenta islas.

Una rata se esconde tras unas rejillas de ventilación cuando siente los pasos de dos personas que se acercan. Son dos mujeres, que visten y caminan con la gracia y parsimonia que indica el código, luciendo, además, en las solapas de sus blusas, un salvoconducto firmado por sus esposos y responsables de urbanismo. Al encontrarse, se saludan con una leve reverencia y la primera, en un tono y volumen agradable al oído del hombre, habla:

—Salve el Patriarca que es un hermoso tarde, hermana.

—Salve el Patriarca que lo es, hermana. Pero se acerca el toque de queda y debemos regresar a nuestros hogares.

Los engranes mecánicos del zoom de una de las cámaras se activan y, detrás de una multipantalla, un hombre mira a medias a las dos mujeres, distraído, intentando hojear un libro fotográfico de las famosas más sexies en los campos de concentración de mujeres durante la Última Guerra. Mientras tanto, el software de vigilancia analiza las palabras pronunciadas.

—Eso es cierto. Y yo debo preparar el alimento para mi esposo, que está pronto a llegar de un día agotador de trabajo.

—¡Cuán afortunado nuestro destino! Desde que salí del protección de mi padre, mi esposo ha sabido llenar mi espacio vital con nutrición y afecto.

—Lo mismo el mío. Pero a veces pienso que su apetito sexual es demasiado voraz…

Un círculo rojo empieza a titilar sobre el recuadro que cubre la conversación de las dos mujeres en la multipantalla, y el hombre tras de ella suelta el libro y amplía la pantalla para escuchar con atención.

—Jejejeje. Mentira. Nunca me canso del viril encanto de su hombría.

El círculo rojo deja de parpadear, y el vigilante vuelve a su rutina de ensueño.

—Imagino que te ha de tener en sus lazos, como mi hombre a mí.

—Totalmente, hermana.

—Pues, con tanto palabreo lujurioso, me han dado más ganas de llegar pronto a mi hogar.

—Te entiendo completamente. Yo siento húmedo todo mi cuerpo y me muerdo los labios de imaginar lo que me espera.

—Con hombres tan llenos de brío masculino, es casi un pecado entregarles nuestro pasión una mujer a la vez. Por más fuerte que sea nuestro ardor por ellos, se merecen tener más de lo que les gusta.

—Exacto. Si todas nos uniéramos podríamos satisfacerlos de verdad.

—Imagínate si nos entregáramos las dos a nuestros hombres. Todo lo que nos harían.

—¡Uhm, cállate, que me enciendo aquí mismo como veinte toneladas de napalm!

—¡Y yo como cincuenta kilotones de dinamita!

El software de análisis semántico sigue de largo en medio de estas palabras, pero un software secundario, instalado de forma ilegal, sobre la fuente, detecta de forma tardía el tono sexual de la conversación, que se abre a pantalla completa, y un hacker adolescente se anima sobre su silla, buscando una caja de toallas de mano y algo de lubricación.

—Sabes que siempre he deseado regalarle un encuentro lésbico a mi hombre.

—Lo mismo yo.

—Hay mujeres que se resisten a que es lo más natural dado el lugar que nos tocó ocupar en el tiempo.

—Ya se convencerán con el evidencio cuando más mujeres nos unamos para satisfacer a nuestros hombres.

—Yo también creo lo mismo, hermana.

—Así que podríamos dar el ejemplo, uniéndonos las dos, que somos de seguro las más hermosas y calenturientas mujeres de este islote.

—Pues tocará pedirles el debido autorización a nuestros hombres y esperar el ansiado día.

—Eso haré hoy mismo después de darle de comer. Y calculo que en no más de dos semanas estaremos juntas sobre el colchón.

—Yo también. Pero por ahora debo irme. Se hace tarde.

—Ciertamente. Salve el Patriarca que tengas un buen noche.

—Salve el Patriarca que tú también.

Con estas últimas palabras, y una posterior reverencia de despedida, cada mujer continúa su camino, y la rata sale de su escondite, mientras la cámara sigue sus movimientos y el vigilante duerme, y el adolescente trata de pescar una mejor conversación, y el Patriarca recibe su masaje de final de tarde, de manos y pies de cuatro mujeres voluptuosas desnudas, que se miran y asienten brevemente, sabiendo que segundos atrás debió haberse sellado el mayor acuerdo desde la derrota de las mujeres en la Última Guerra, y que pronto llegará el día de arder como veinte toneladas de napalm, como cincuenta kilotones de dinamita.

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Este cuento no pasa el Test de Bechdel.

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