El gesto de la Muerte

Jean Cocteau, en su cuento El gesto de la muerte, nos habla de un jardinero persa que viaja a Ispahán en un caballo prestado por su príncipe, para escapar de la Muerte, tras encontrársela una mañana e interpretar un gesto suyo de sorpresa como uno de amenaza. La Muerte en realidad estaba sorprendida por encontrar al jardinero tan lejos de Ispahán, donde se supone que debía matarle esa noche. La bondad del príncipe, pero sobre todo la confusión del jardinero persa permitieron que la muerte se sucediera como estaba destinada, circunscribiendo al cuento en el subgénero de la profecía autocumplida y el relato circular. Borges, Bioy Casares y Ocampo seleccionan este cuento en su antología de la literatura fantástica asumiendo inocentemente que los entresijos de esta historia no se ajustaban a los parámetros de la realidad.

Sin embargo, si tomamos en consideración los estudios realizados por Simon Baron-Cohen a mediados de los ochenta, entenderemos que el núcleo del cuento es realista. Baron-Cohen realizó experimentos diversos con chimpancés y, a partir de algunos de ellos, notó que estos animales tenían la capacidad para empatizarse por lo que le pasara a otros chimpancés (a través de imágenes de un televisor) e incluso a humanos. También descubrió, a través de su aparato para la detección de la dirección ocular, que los chimpancés miraban a los ojos de los humanos y otros animales en busca de información emocional, que les permitiera interpretar adecuadamente sus interacciones con estos. Por último, notó que estos animales podían comprender el principio de que es posible tener una creencia errada (digamos la creencia de que una banana era real cuando en realidad era de plástico). A todo esto lo llamó el mecanismo de la teoría de la mente, aludiendo a que los chimpancés podían procurarse la idea de que los humanos y otros chimpancés tenían una mente propia. No tardó demasiado antes de extrapolar su teoría a los humanos, verificando cómo se iba refinando la teoría de la mente desde el mismo nacimiento del individuo hasta su adultez.

Más tarde, a través de la elaboración de pruebas psicológicas determinó que las mujeres tenían un mejor desarrollo de la teoría de la mente (a lo que llamó el cerebro empático o cerebro femenino), mientras que los hombres tenían un mayor desarrollo de la sistematicidad o comprensión de sistemas (en este grupo de definiciones la empatía era la comprensión de sistemas humanos). Por último, notó que las personas con autismo carecían del desarrollo de una teoría de la mente, o de capacidades mentalistas como otros teóricos empezaban a llamarla. Baron-Cohen definió la mente de las personas con autismo como sistemática extrema o masculina extrema, muriendo antes de poder descubrir si existía una mente empática extrema.

Lo cierto es que, teniendo en cuenta que las capacidades mentalistas son las que le permiten a un individuo tener consciencia de que los demás sujetos tienen una mente propia con la que crean sus emociones, pensamientos, deseos y creencias, se hace lógico que una persona con pocas o nulas habilidades mentalistas no pueda interpretar adecuadamente las expresiones faciales de otra, para concluir, a partir de estas, las emociones que intenta expresar. Desde esta perspectiva suena admisible que el jardinero persa del cuento de Cocteau en realidad tuviera alguna clase de Trastorno del Espectro Autista, más probablemente el Síndrome de Asperger, dada su funcionalidad general y la alta capacidad de sistematización que se requiere para mantener en perfecto estado los complejos jardines persas. Mirándolo desde este ángulo, validado científicamente como ya se vio, es razonablemente lógico que el jardinero interpretara un gesto de sorpresa como uno de amenaza, a pesar de las gigantescas diferencias que hay entre uno y otro. En conclusión, no se puede llamar fantástica a una historia tan bien enraizada en la ciencia contemporánea.

Aunque quizás haya quien diga que el énfasis en lo fantástico de esta historia no subyace en la confusión de expresiones faciales, sino en la existencia de la Muerte, como figura humanizada. Pero allí bastaría con reseñar los estudios de alto rango científico realizados por Pieter de la Court hijo en 1733, sobre la corporeidad de la muerte, para entender que allí no puede estar el foco fantástico de la historia. Con Baron-Cohen tenían excusa pues sus estudios surgieron mucho después de Cocteau y la antología. Pero con de la Court, se trató de simple y deliberada ignorancia o acaso de un obsceno e innecesario escepticismo.

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