15 errores de estilo frecuentes en narrativa

Hace ya un tiempo escribí un artículo donde reflexionaba sobre las así llamadas “palabras prohibidas en la literatura“. Allí intentaba explicar cómo es que debemos administrarnos con esas palabras prohibidas si queremos usarlas con éxito y equilibrio. Mi conclusión es que esas palabras existen, pero la prohibición puede aprender a domarse, a llevarse con estilo y no tatuada en la frente como un error. Para lograr esto, elaboré un decálogo del uso de estas palabras. Hoy voy a extenderme sobre lo que plantea el primer punto de dicho decálogo. Para ello, antes de continuar, lo transcribo:

Esta es una lista reducida de las cosas que se supone no deberías escribir: adjetivos de más, adverbios de modo donde no sean estrictamente necesarios, gerundios en exceso, cacofonías o rimas involuntarias, exceso o falta de conectores; barbarismos, neologismos o cultismos; groserías, obscenidades o lenguaje soez, o su contrario, los eufemismos; voz pasiva y lugares comunes, entre otros. Es necesario saberlo y entender el porqué, pero no apasionarse demasiado.

En el mencionado artículo indicaba que próximamente publicaría otro artículo donde me explayaría sobre el uso correcto (en cantidad y calidad) de los adjetivos, con estadísticas de textos reales de autores de prestigio, pero en vista de que se ha retrasado esa publicación (precisamente por el asunto de las estadísticas), aprovecho esta oportunidad para retomar el tema, ahora con una lista de quince errores de estilo frecuentes en la narrativa (que, por supuesto, aplican también a otros géneros), para cumplir con lo propuesto en el primer punto del decálogo: entender el porqué esta lista de palabras constituyen errores a evitar.

Igual espero que entiendan que esta es sola una lista de referencia, y que a cada uno de estos supuestos errores se les puede dar la vuelta para convertilos en puntos fuertes de nuestra obra. Así que no hay que apasionarse, sino informarse y empezar a revisar nuestros escritos con más cuidado, a ver qué de todo lo indicado aquí podemos mejorar. Así que, sin más preámbulos, los 15 errores de estilo frecuentes en la narrativa.

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  1. Adjetivación:

Se refiere al uso excesivo de adjetivos. Se supone que los adjetivos se usan para modificar un sustantivo. La palabra “feo” (adjetivo) puede modificar a la palabra “auto” (sustantivo), en tanto que un auto bien podría ser feo o hermoso, o incluso nuevo o viejo, azul o amarillo, veloz o lento. En narrativa, sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, es preferible que los sustantivos se encuentren solos, sin adjetivos que los modifiquen, porque de esa manera el texto es más sugerente. Si en un cuento se lee “tu amor desenfrenado”, el lector solo puede imaginar ese amor como “desenfrenado”, pues el adjetivo limita cualquier posible interpretación personal. Si no se agregara el adjetivo, el lector podría imaginar tal amor con cualquier otro adjetivo de su propia interpretación. Eso le da mayor riqueza al texto, aunque haga más difícil su creación. Precisamente es la facilidad de la adjetivación lo que lo convierte en un recurso inadecuado.

  1. Adverbiación:

Como en el caso anterior, el exceso de adverbios (palabras que modifican un verbo) le resta apertura y riqueza a un cuento. Decir, por ejemplo “Correr desesperadamente” reduce las posibilidades del verbo “correr”, pues ahora solo es posible imaginar que se corre de forma “desesperada”. De los adverbios, los terminados en “mente” son los que más deberían evitarse, pues se consideran una solución muy fácil; pero incluso otros adverbios generan el mismo efecto de reducir la riqueza interpretativa de un texto. Por ejemplo, decir “Amar con locura” reduce tanto el texto como decir “Amar locamente”, en tanto ambas son formas adverbiales. A veces menos es más.

  1. Uso excesivo de gerundio:

Los verbos en gerundio son los que terminan en “ando” o “endo”. Estos suelen incomodar cuando se usan con frecuencia. Una de las razones es que los gerundios son difíciles de conjugar, pues están asociados a una decena de errores gramaticales muy frecuentes. Es por ello, que mientras no conozcamos todas las reglas y excepciones en el uso de gerundios, es mejor que tratemos de evitarlos. Casi siempre que se puede evitar un gerundio es porque de seguro no hacía falta o estaba gramaticalmente errado. Por ejemplo, se puede sustituir “Cruzó la calle, encontrando un nuevo horizonte” por “Cruzó la calle y se encontró con un nuevo horizonte”. La segunda forma es mejor.

  1. Cacofonías:

La cacofonía ocurre cuando una frase contiene un mismo grupo de fonemas, que hacen que la lectura resulte incómoda, complicada o que tenga una sonoridad desagradable. Por ejemplo: “Un no sé qué que qué se yo”. A veces la cacofonía es difícil de notar para quien escribe el cuento, porque siempre es más fácil leer lo que uno mismo escribe. Por ello, una solución es pedir a otros que lean nuestro texto en voz alta, y así detectar las partes que a otros se les complica leer o que, en su voz, suenan de forma desagradable. El contrario de la cacofonía es la eufonía, que consiste en la sonoridad adecuada y agradable. Lograr la eufonía es el objetivo de la literatura en general.

  1. Decir vs. Mostrar:

Las imágenes poéticas y las metáforas, entre otros recursos, permiten al narrador (no solo al poeta) mostrar algo antes que decirlo, lo cual es casi una obligación en la poesía, pero que se vuelve muy necesario también en la narrativa. Por ejemplo, antes de decir “Quisiera morir”, es preferible mostrarlo a través de imágenes o metáforas como “Mi cama se va convirtiendo en sarcófago y yo rezo sobre ella mis oraciones fúnebres celebrando con lágrimas un final que todavía no llega”. Cuando en un cuento todo se dice y nada se muestra, ocurre como en la adjetivación o en la adverbialización: la riqueza interpretativa del texto se reduce, pues todo está dicho y no hay nada para imaginar o interpretar.

  1. Exceso de metáforas o recursos estéticos:

Del lado contrario del punto anterior, está el hecho de exagerar en la cantidad de metáforas y demás recursos que embellecen el texto. Esto hace que el cuento se sobrecargue y los lectores no puedan enfocar la atención sobre la belleza o gracia de un pasaje, al estar rodeado de tantas otros. Una flor extraña en medio de un vivero lleno de flores extrañas puede pasar desapercibida, mientras que en una mesa vacía o en la mano de alguien adquiere su mayor belleza posible. De esa forma hay que tratar de distribuir los preciosismos dentro de un texto. Pero el hecho de que no se requieran de muchos de estos elementos, no quiere decir que toda la belleza del texto radica en ellos, y que se puede descuidar lo demás. Cada oración del cuento es importante, y si no se cuida la calidad de los otros elementos, lo demás tampoco lucirá.

  1. Uso de imágenes incongruentes:

Cada cuento tiene un tono o un tema y las imágenes usadas deberían respetarlo. Así pues, si escribimos, por ejemplo, un cuento de amor entre un marinero y una camarera del bar de un puerto, utilizar imágenes del mundo marino es lo más adecuado. Intercalar una imagen sobre la agricultura en el cuento marítimo podría arruinarlo por completo. Lo mismo sucede cuando cada imagen apunta a un tema o tono distinto. El texto resulta incongruente.

  1. Cripticismo vs. Simplicidad:

Un error común es pretender que una narración es buena solo porque cuesta comprenderla o por lo contrario, porque es muy simple. La narrativa no debería escribirse en función de su complejidad, sino en función de transmitir una idea, una sensación o un sentimiento; de contar algo. Cuentos demasiado complejos no trasmiten casi nada, porque el esfuerzo mental es mayor que la empatía. Y cuentos demasiado simples reducen situaciones complejas a ideas muy vagas con las que es difícil conectarse. Por ello, hay que tratar de buscar un punto intermedio. Un buen narrador es el que logra profundidad en sus textos, al tiempo que se deja entender por muchas personas.

  1. Uso de lugares comunes o clichés:

Los lugares comunes son frases o ideas que ya se han dicho una y otra vez, y no agregan nada nuevo a la literatura. Por ejemplo “Sin ti mi alma llora” es una idea que se ha repetido muchísimo, y aburre al escucharla o leerla. El buen escritor procura que sus palabras renueven una idea. No se trata de generar nuevas emociones, pues ya se ha escrito sobre todas las emociones y sentimientos humanos. Lo que se debe hacer es encontrar una forma personal, diferente, única de expresar las mismas ideas de siempre. Para ello la única cura es la lectura constante. Si no leemos textos de todas las generaciones, no sabremos qué es lo que ya se ha dicho y que es lo que no. Leer nos ayuda a diferenciar lo repetido de lo novedoso y puede ser fuente de inspiración para crear contenido original y atractivo.

  1. Exceso de énfasis o afectación:

Los escritores jóvenes suelen caer mucho en este error, sobre todo porque viven sus vidas con mucha intensidad. Pero la literatura no está diseñada solo para hablar de los grandes temas, o para enaltecer cada pequeña emoción humana hasta el máximo nivel. Eso se torna repetitivo, exagerado, y no genera empatía con los lectores que ya han consumido más literatura. El exceso de énfasis se puede observar en algunas ocasiones por el abuso de palabras como “siempre”, “nunca”, “todo”, “nada”, etc., que reflejan ideas polares. En muchas ocasiones es preferible involucrar palabras como “tal vez”, “quizás”, “a veces”, “en ocasiones”, “parece”, etc., que reflejan la premisa de que no se puede estar seguro de todo. La idea de un amor demasiado perfecto o demasiado tortuoso donde “todo” ocurre con intensidad y sus efectos duran para “siempre”, no solo no es creíble, sino que ya se ha visto una y otra vez. En cambio, un amor lleno de incertezas, de “quizás”, es más atractivo, porque la duda atrae y empatiza, pues todos los humanos dudan con frecuencia. Otra forma de ver el exceso de énfasis, es a través de frases muy exageradas. Por ejemplo: “Sus entrañas se estremecieron ante aquel alarido sobrecogedor que desgarraba sus tímpanos”. En estos casos es preferible usar el contraste. Si queremos decir que un ruido es muy fuerte, ponerlo junto con sonidos débiles lo enaltece sin necesidad de usar grandes palabras.

  1. Falta de ironía o sentido del humor:

A veces los escritores pecan de creer que en la literatura todo debe ser serio, que el humor nada más puede permitirse en los chistes. No tomarse a uno mismo tan en serio es muy útil también para la narrativa. La ironía, en este caso, es un excelente recurso. No aplica para todo texto, pero es muy útil.

  1. El error del cuento archipiélago:

Es un cuento donde cada frase, cada idea parece una isla, separada, sin conexión con las demás. Simplemente el cuento parece un conjunto de ideas sueltas, que no pueden entenderse en conjunto. O pueden entenderse, pero dejan la sensación de que el texto no es más que una frase puesta al lado de la otra, sin tomar en consideración al todo, sino con el simple afán de avanzar. El cuento debe tener una circularidad, un cierre, y esto se logra cohesionando cada imagen en él.

  1. Uso de lenguaje arcaico:

El lenguaje arcaico es propio de otros siglos, donde era requerido, pues así era como se hablaba entonces. Pero en la actualidad hay que escribir como se habla en la actualidad. Incluir este tipo de palabras antiguas (Como “obscuridad” en vez de “oscuridad”) lejos de darle clase al texto, lo vuelve falso e incómodo de leer. El uso del lenguaje arcaico también se refiere al uso de “arcaísmos”, o usos inadecuados del lenguaje, malas conjugaciones, barbarismos, o formas de hablar impropias del habla culta. Es necesario, por ello, estar conscientes de las formas correctas de escritura, para evitar este tipo de errores. Adiestrarse en una correcta gramática y sintaxis.

  1. Repetición de tópicos o motivos:

Todos los narradores tienen temas o motivos que llaman más su atención que otros. A unos les gusta más escribir sobre el amor, a otros sobre la patria, a unos más sobre la familia. De la misma forma a unos les gusta escribir de forma humorística, a otros de forma oscura y a unos más de forma romántica. Todo eso está muy bien, siempre y cuando se logre darle variedad a esos temas y motivos entre los diferentes textos que formen la obra de un autor. Ahora bien, cuando la obra de un autor da la impresión de estar conformada por el mismo cuento escrito de forma distinta, los lectores empiezan a dejar de sentir interés en el autor. Todos los temas del mundo son susceptibles de ser abordados desde los ángulos más diversos, de modo que si hay un tema que nos obsesiona como escritores, nuestros esfuerzos deberían dirigirse a tratar de encontrar formas novedosas de llegar a él. O si lo que nos interesa es solo una forma de expresión, explorar historias muy disímiles que calcen en esa forma. En este punto también es importante recordar que la literatura no se trata solo de abordar los temas clásicos, como la libertad, el amor, la muerte, etc. Si estamos estancados en alguno de esos temas, quizás sea conveniente explorar otros, para descubrir nuevos intereses.

  1. Escribir sin errores:

Este quizás no sea el más frecuente de los errores, pero vale la pena reseñarlo si se está haciendo énfasis en los demás. Un cuento que siempre intenta reducir cada frase a su forma más depurada, eliminando adjetivos, adverbios, cacofonías, lugares comunes, etc., puede llegar a convertirse en un texto gris y sin vida. Similar al contar la historia de un personaje que nunca comete errores. Los errores del protagonista lo humanizan a nuestros ojos, y conectan con el lector, que también es un sujeto falible. De la misma forma, ciertos deslices de estilo enriquecen el texto, aun cuando sean errores reales e inconscientes (y no errores puestos adrede para equilibrar el texto). El mismo lenguaje está lleno de anomalías, muchas de ellas hermosas, y la literatura no puede pretender ser más que el lenguaje, pues este es su vehículo. Permitir el error honesto en muchas ocasiones puede significar dejar un rastro de luz en nuestra obra maestra.

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