La sirenita de Hollywood

La primera vez que me masturbé lo hice pensando en una fotografía de Marilyn Monroe en la que estaba recostada, desnuda, sobre una cama de diamantes. Lo único que cubría su desnudez era uno de esos diamantes por cada pezón y un puñado más sobre su sexo, que parecían acariciarla justo de la forma en que yo lo deseaba, con roces hechos de ángulos y frío, con la soberbia de intentar vestirla con el tacto, de adornarla con torpeza, de vendar con unos dedos que no sabrían dónde posarse un cuerpo que nació para la contemplación, una piel que es más escultura y marfil, más pulso y electricidad, más túnel y caverna que determinación de vida. Una blancura y unas pecas que son más burla de dioses que permiso para la herejía de creer que te pertenece por solo mirarla.

Todavía ahora, décadas después de aquel rito de iniciación lleno de humo y clarividencia, no logro olvidar a esa mujer, aunque ya no recuerde ni a la mitad de las amantes que compartieron cama conmigo, ni pueda evocar siquiera las curvas y las rectas, los fantasmas y las poleas en el cuerpo de mi primera esposa. No he logrado olvidar a Marilyn, ni a aquella experiencia sexual con ella, con la imagen de ella y el brillo de sus diamantes. Pasarían todavía décadas antes de que compartiera el lecho con la mujer real, la de carne y huesos, la de escamas y espinas. Imágenes de las que tampoco me he podido ni me pretendo olvidar.

Se podría decir que era demasiado joven como para entender a qué se debía el poder que ejercía, la hipnosis que articulaba esa mujer sobre mí y sobre cada uno de los hombres que la miraban. Yo había visto otras imágenes de mujeres desnudas, algunas de ellas tan hermosas como Marilyn, y quizás más. Pero no despertaban un interés que superase al de la curiosidad por lo desconocido. Apenas tenía ocho años. Tal vez era algo de la edad. Sin embargo, al ver su imagen en ese póster en una tienda de discos mi cuerpo no solo despertó, sino que comprendió, sin mediar explicaciones, todo lo que un hombre puede hacerle a una mujer, lo mismo que todo el daño que puede generar la adicción a su cuerpo, todas las batallas que se gestan por colonizar aquella tierra de nadie. Esa tarde, mientras me bañaba, me estrené en un acto que no sabía cómo nombrar, pero que entendía con tal transparencia, como si ella misma me lo hubiera procurado con sus manos mientras me recitaba las causas de mis sensaciones. Había sido un náufrago hasta ese día, cuando se hizo frente a mí el horizonte de una isla llena de promesas de bonanza y amenazas de muerte. Había llegado a casa.

Pero hoy, después de haber vivido mi propia aventura con Marilyn tantos años atrás, después de madurar lo que pasó allí, lo tengo todo claro. Tres décadas de esa certeza y hasta ahora es que me atrevo a decirlo: Marilyn Monroe fue una sirena.

Y que no les confunda el hecho de que tenía piernas y que nunca se le llegó a ver una cola con escamas. Es evidente, como ya se ha visto antes, que Marilyn Monroe habría obtenido tales piernas por medio de rituales de brujería. Los que conocieron su historia saben que ella fue adicta a los calmantes y a muchas otras drogas. Y no hay azar en nada de esto. Porque los que además saben algo de sirenas conversas tienen claro que, para obtener un par de piernas, deben soportar en ellas dolores que se asemejan al grito de la noche, que se introducen en cada músculo, cada tendón, cada hueso, que se retuercen como los fuelles de un acordeón y con sus mismos agudos vibrando en las sienes. Un dolor así solo puede soportarse con las regalías que deja el amor o los escombros que sobreviven a una adicción. Según muchos, estas fueron las dos causas de su muerte, que no podía explicarse solo con la sobredosis. Igual, no hay nada más falso que ello.

Si quisieran buscar más evidencias de su condición de sirena solo tendrían que observar con atención. Las pruebas han estado siempre ante nuestros ojos, aunque nos hayamos negado a ver. Así que menciono una al azar:

Siempre se cuestionó a Marilyn sobre su cultura y su afición por leer, aunque hay evidencias de su extensa biblioteca y su matrimonio con un reconocido escritor. Pero, de todas las dudas que han recaído sobre su educación, la mayor de ellas es la que la coloca como lectora de James Joyce, gracias a aquellas fotografías en las que se la retrató abstraída en la lectura del Ulises, una de las obras con más complejidad y peso para muchos de los que se hacen llamar lectores de altura.

Son esos mismos lectores, afanados por creerse superiores, quienes acusan la posibilidad del montaje en la lectura del Ulises por una mujer como Marilyn, considerada por el vulgo como superficial y tonta. Quizás porque a ellos les costó demasiado completarla, y no podían asumir ser superados por el ícono mundial de la frivolidad fundada en la belleza. Lo que no saben ellos es que no hay nadie más apto para la lectura del Ulises que una sirena. El drama de un viajero atrapado por una maldición del dios del mar, el dios de las calles de Dublín, y trastornado por el influjo de las sirenas, de las camareras, es algo que solo una mujer como Marilyn podría entender.

Cuando ella fue mi amante, me confesó que el Ulises era su libro de cabecera, y que cada tanto volvía a él, porque le recordaba sus orígenes y la llenaba de una nostalgia hecha de olas que delineaban mandalas sobre la arena, una nostalgia con la que adrede se lastimaba, con la que conseguía pensar en su propio Ulises, su Leopold Bloom, al que nunca pudo atrapar por completo: John F. Kennedy. Yo no entendía cuán literal era esa, su relación con el libro de James Joyce.

En el cumpleaños dieciséis de Marilyn (por aquellos días se llamaba Norma Jeane), como a todas las sirenas en tal fecha, se le permitió echar su primer vistazo por encima del mar. Esto me lo contó ella misma en una noche en que la cocaína y el alcohol le habían sentado mal, y yo calculé que toda la historia era una distorsión de sus sentidos. Al subir a la superficie, como siempre sucede, sus ojos tardaron mucho en adaptarse. El aire seco y la falta de refracción de la luz del sol hacían que los objetos se vieran borrosos y movidos de sus lugares. Marilyn divisó al fondo algo que no lograba comprender. Se trataba de un velero donde había tres hombres pescando. La voz de uno de ellos la sedujo de inmediato. Era varonil y fuerte, al tiempo que humilde y sensible. Hablaba muy rápido, pero con una elocuencia que jamás había escuchado. Se enamoró al instante y pensó que se trataba de un tritón que tomaba el sol sobre una gran roca.

No fue hasta que hundió la cabeza unos centímetros que el agua le sirvió como lente de corrección y pudo verlo. Se trataba de un humano y era más hermoso de lo que había imaginado. Sin saberlo, veía a un joven John F. Kennedy en uno de sus paseos en altamar.

Dos horas más tarde, con la noche ya entrada, el velero perdió el control en medio del mar picado, y Kennedy salió expelido hacia el agua, perdiendo el conocimiento por el impacto con el océano, y fue Marilyn quien salió a su rescate. Nadó con el joven en su lomo por unas diez millas náuticas hasta llegar a una diminuta isla.

De regreso a su hogar la sirena estaba consternada. Nada deseaba más que tener dos piernas y poder hacerse uno con el hombre al que había salvado. Su hermana mayor le advirtió de tales fantasías; le recordó que el amor no era solo la conjunción de una atracción, ni mucho menos la ruta ciega marcada por un supuesto instinto, que en muchas ocasiones no era más que un trozo de nuestros complejos saliendo a la claridad del día, a la blancura de la efervescencia del mar, para arrastrarnos hacia lugares y decisiones llenas del veneno de la ignorancia, que alimentan esos conflictos. La decisión más sensata era olvidarse de tal hombre y procurarse un amor real, dentro de su mundo, con alguien al que tuviera tiempo de conocer y poner a prueba, y con alguien que no le exigiese renuncias tan elevadas como perder su condición de sirena. Marilyn no hizo caso de estos consejos y se consultó con la bruja de su reino.

El conjuro de la sacerdotisa era drástico. Al salir del mar caminando nunca podría entrar de nuevo a él y estar sumergida por más de dos horas, pues se volvería espuma. Sus piernas serían gloriosas y bailaría como ninguna, pero con cada paso que diera sentiría un dolor tan afilado como el de dagas clavadas entre sus dedos, como el de clavos hundidos en sus huesos. Su voz, la más hermosa de todo el reino, se volvería insípida y vulgar. Si no lograba casarse con Kennedy nunca lograría tener un alma y al morir desaparecería para siempre. Marilyn aceptó sin chistar.

Ya en tierra firme, Marilyn y John tuvieron un romance intenso y voraz, como un incendio que se traga la realidad y que justo así terminó, de un instante al otro. Ninguna realidad combustible puede sostenerse en pie tanto tiempo y esquivar, una tras otra, cada chispa de ignición. John tenía planes que le impedían estar con una mujer de orígenes tan subrayados sobre el misterio. Es necesario entender que Marilyn Monroe todavía no había terminado de crear la mascarada ahora conocida por todos sobre su pasado. Para el tiempo en que Marilyn y John tuvieron su primer romance, ella no era más que una figura esbozada en el anonimato, y además proclive a perder la cordura, al menos a los ojos de John, quien no creyó una sola palabra de Marilyn cuando le confesó que era una sirena. El mismo error que cometí yo y quién sabe cuántos más en su momento.

Doblegada por el despecho, Marilyn, todavía Norma, se casa con el que sería el primero de sus tres esposos: James Dougherty. Dos años después, con dieciocho años, hace su debut en el cine y empieza su ascenso a la fama con un solo y claro propósito: volverse la mujer más poderosa de su era, para que ningún hombre, y en especial JFK, pudiera negársele. Allí empieza su adicción a los calmantes. Dos años más tarde, ya se había divorciado y empezó su más larga soltería y su conversión a diva. También allí fue cuando volvió a estar con Kennedy y cuando empezó a usar el nombre de Marilyn Monroe, con el que todos la conocerían.

Los años pasaron y el corazón de Marilyn se fue ennegreciendo. La posibilidad de atrapar a su Ulises, atado al mástil de su carrera política, era cada vez más lejana y el rencor la sometía. Solo encontraba retribución al daño recibido si destruía y devoraba la vida de hombres, si entraba en sus corazones y conseguía no salir nunca más. Para cuando yo estuve con ella, me confesó que había estado con más de trecientos hombres, que había roto al menos cuarenta matrimonios, que había propiciado al menos dos docenas de suicidios y ocho asesinatos por celos. Cuando lo decía, un brillo mórbido atravesaba su mirada y enseguida se perdía en un mar de llanto. Lo único que la consolaba, entonces, era el sexo.

Hasta que ya no soportó más su tortura y se propuso fingir su muerte. La bruja que le había convertido le dijo que para volver a tener un alma, para que dejara de sentir dolor, tenía que asesinar a Kennedy. Eso se lo confesó a John una noche en que los calmantes la traicionaron, y pronto él empezó a planear el asesinato de ella, junto a Bobby Kennedy. No creían en su historia sobrenatural, pero sí la creían lo suficientemente trastornada como para asesinar a alguien, y mucho más a él. Ella terminó enterándose y procuró actuar en anticipación.

Para entonces, su amistad con Sinatra había rozado todos los límites de la confianza y él le había confesado de sus vinculaciones con la mafia. No tardó demasiado en meterse en la cama de uno de los jefes más poderosos, que la contactó con agencias del gobierno. Una doble fue asesinada por sobredosis para encubrirla, y desapareció del mapa. Le tomó casi un año infiltrarse en los planes de asesinato presidencial, operativos desde el inicio de su mandato. En noviembre del 63, quince meses después de la simulación de su muerte, fue Marilyn Monroe quien sostuvo la famosa segunda arma de las teorías B; la que de verdad causó la muerte de Kennedy, mientras el pistolero del sexto piso recibía la culpa y también una bala para callarle y dar por terminada la charada.

Yo la conocí doce años después de aquel día, en un viaje a Las Vegas. Actuaba en un espectáculo de imitadoras de Marilyn Monroe. La encontré luego en un cafetín con un doble de Elvis y me le acerqué. Desde luego que aún no sabía que se trataba de la Marilyn real, pero algo en mi cuerpo lo gritaba. Era esa misma parte de mí que me empujó a masturbarme a los ocho años sin que antes hubiera sabido qué era aquello que hacía. La sensación hipnótica que me generaba su cercanía (sensación que también veía en los ojos del imitador de Elvis y en cada hombre del cafetín) me empujó a presentármele. Cuatro horas después estábamos en su habitación, descansando de habernos hecho el amor, mientras ella empezaba a contarme piezas menores de sus confidencias, como poniéndome a prueba para lo que me contaría días después.

Mientras estuve con ella siempre supe que estaba con Ella; pero en todo momento, por una suerte de instinto de conservación, le hice creer que no tomaba en serio sus confesiones, y la llamaba Linda Ford, su nombre en aquella vida. Ahora que el tiempo ha pasado y que su olor a salitre todavía permanece en mi cuerpo, que soy yo el que se va convirtiendo en espuma mientras las huellas del simulacro de una vida se van borrando y solo queda un muñón vivo, una piel abierta que es ella, el dolor de ella en mí, no me cabe la menor duda de que Marilyn, Norma, Linda, era una sirena de pies a cabeza. Es esa misma certeza la que me ha hecho arruinar tres matrimonios y todas las relaciones en las que me he imbuido. La misma certeza que ha reducido mi vida a nada.

Tras mi regreso a Las Vegas, diez años después, me dijeron que había muerto. Asesinada. Fui a visitar su tumba. Decía “Linda Ford. 1926 – 1980. La mejor Marilyn de la historia”. Hablé con amigos que me dijeron que hasta el último día de su vida había mantenido la gracia de sus veinte años. Había un duelo fresco en cada uno de ellos, aunque había muerto cinco años atrás. Le compré un ramo de rosas y lloré media hora junto a su tumba. Al salir del cementerio, entré a una librería y compré el Ulises de Joyce.

Aún no paso de la página veinte sin romper en llanto.

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2 comentarios en “La sirenita de Hollywood

  1. Hola!!! Interesante versión de “La Sirenita”. Este…”híbrido” (por llamarlo de alguna manera) mitad historia, mitad ficción (y en especial “cuento de hadas”) se me antoja delicioso; algo así como el mango verde en una ensalada jajaja
    Saludos!

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    • Gracias, Erika. Lo del mango verde en una ensalada de seguro es el piropo más original que le han dado a uno de mis cuentos. No creo que haya forma de que lo olvide. Jejeje. Y, pues, este es uno de mis cuentos semilargos favorito. No sé exactamente por qué, pero estoy muy orgulloso de él.

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