El Fantasma de los 27

Durante mis años con el traje azul, la chapa dorada y la pistola al cinto tuve una teoría que me convirtió en un paria dentro de toda la fuerza policial, que me escindió de mi compromiso de proteger a la ciudadanía: cientos de muertes asociadas a distintos asesinos seriales en realidad eran la obra de uno solo.

El asesino de la última cena, que mataba familias de tres miembros, en ayuna y de forma simultánea. El asesino de la cuerda floja, que obligaba a sus víctimas a caminar de noche sobre una soga tendida entre dos edificios de más de veinte pisos, mientras amenazaba con matar a algún ser querido. El asesino del millón de dólares, que horneaba a sus víctimas como un pavo de acción de gracias, rellenándolas con miles de dólares. Diecisiete casos nunca resueltos de asesinos seriales, con un total de cuatrocientos cincuenta y nueve muertos; cada uno de ellos durando año y medio de actividad y concluyendo con veintisiete víctimas.

No había ningún patrón entre un grupo de víctimas y el otro, salvo el tiempo de los asesinatos y la cantidad de muertes logradas. Por ello, todos los perfilistas y psicólogos forenses me mandaban a callar en las reuniones. No calzaba con las descripciones de un asesino serial el saltar de un método al otro, de un estilo de víctimas a otro. No era posible construir un perfil coherente a partir de esa premisa, porque cada grupo de muertes revelaba personalidades y contextos de vida, incluso aspectos físicos (como altura, peso, fuerza), completamente distintos. Pero a mí nadie me logró sacar esa idea de la cabeza, y más temprano que tarde me terminó costando mi placa y mi armamento.

Doce años como policía, diez como investigador privado, y casi cuatro años desde mi retiro temprano me los he pasado persiguiendo al Fantasma de los 27, como le llamo en mis registros. He viajado por todo el país husmeando en su rastro, he metido mis narices en los más extraños asesinatos de la historia contemporánea y todavía no logro descifrar el acertijo de su personalidad.

El último asesinato del Fantasma de los 27 ocurrió tres meses atrás. Con él cerró un nuevo ciclo de año y medio con veintisiete víctimas. En esta ocasión las buscaba de entre dos y tres años de edad, las llenaba de tatuajes religiosos y las empalaba frente a iglesias que adoraban la figura del Divino Niño. La prensa lo llamaba Herodes. Yo ya sabía que era el Fantasma desde el tercer asesinato. Con el tiempo he aprendido a detectarlo de entre los muchos asesinos seriales que proliferan en estas sucias calles.

Ahora sé que se tomará medio año de descanso. O menos. Ese es el tiempo en que suelo investigar en reversa; repasar los perfiles, los casos anteriores a mi llegada a las fuerzas policiales, los informes de casos cerrados o casos muertos. He establecido una línea del tiempo de treinta y cuatro años. Según mis apuntes, el hombre debe tener sesenta y cuatro años y el evento que lo volvió el asesino que es hoy ocurrió a sus veintisiete años de edad, en 1978. He revisado cada diario de ese y los dos años anteriores y posteriores, buscando a la víctima de algo con la capacidad de transformar a un cordero en esta clase de monstruo, y apenas hoy he logrado salir de la casilla uno, no por un periódico viejo, sino por el que me dejaron esta misma mañana frente a la puerta de mi casa.

Encontraron a otro niño de tres años, empalado y con tatuajes religiosos. Pero no, no era una nueva víctima, sino la primera de todas. La única que no estaba frente a una iglesia, sino que fue oculta en una selva espesa, frente a una capilla artesanal improvisada, con unos tatuajes infinitamente menos detallados que los de los veintisiete del Fantasma, como si lo hubieran usado para algún ritual religioso real y no para simplemente quitarle la vida. Habían rastros de velas recientes y antiguos, que indicaban que frente a ese niño se habían parado decenas de personas desde que lo habían clavado allí. La víctima había sido mal embalsamada y después de dos años y medio se conservaba a medias. El crimen había ocurrido un año antes de iniciar la serie de veintisiete muertes y la locación estaba a cientos de kilómetros de cualquiera de las iglesias donde el Fantasma del 27 había dejado a sus niños empalados, en una población de menos de cien habitantes.

Sería lo que llamaríamos la víctima cero, la que da inicio a una serie de asesinatos. Según muchos expertos es la víctima con la que el asesino practica mientras termina de diseñar el ritual y es también la más útil de todas para delatar sus rasgos personales. Pero eso no es lo que ocurrió en este caso. Un asesino con más de cuatrocientas muertes en sus manos no practica con ratas de laboratorio. Cada muerte pertenece a una víctima pensada, elegida y con sentido completo. Además, el artículo aclaraba que las personas de aquel pueblo selvático sabían de aquel niño e iban a rezarle a diario, pero todos juraban ignorar quién lo había colocado allí. El culto al niño había nacido cuando el primer pueblerino se lo encontró y lo creyó una aparición divina, y a partir de allí decenas de personas lo visitaban a diario. Ninguno había considerado necesario llamar a las autoridades, para lo que creían un milagro, e incluso uno de los feligreces era un militar retirado y tampoco pensó en comunicárselo a nadie.

Era claro que este niño no era una víctima del Fantasma de los 27, ni mucho menos era una víctima cero o de práctica, pero sí guardaba una relación estrecha con sus asesinatos. Algo en mi intuición me decía que, aunque el crimen no hubiera sido cometido por la misma persona, sí contaba como el número uno, de modo que el último del ciclo no contaba como veintisiete sino como veintiocho.

Cuando noté que había estado persiguiendo a mi fantasma bajo el número incorrecto, tuve una epifanía. Recordé un diario de 1989, el año en el que entré a la policía, donde mostraban a un artista de circo que había muerto practicando un acto de cuerda floja muy lejos de su carpa. Pero había ocurrido cinco meses antes de la primera muerte del llamado asesino de la cuerda floja, y en esta ocasión nadie había sido secuestrado para lograr que el equilibrista se montara en la cuerda, esta vez ubicada entre dos árboles grandes y no entre dos edificios. Era claro que aquel hombre había subido a esa cuerda voluntariamente y, a partir de allí, todo había sido un accidente. Pero era la base de algo.

Repasé la historia de sus primeros asesinatos, entre febrero de 1981 y agosto de 1982, con veintisiete adolescentes rubias colgadas y ahorcadas con su propio cabello y una extensión de cuatro metros de cabello artificial y no lograba dar con la víctima uno, con la primera Rapuncel. Pero enseguida la descarté, porque tuve una revelación con respecto a sus crímenes del 93. Siete meses antes del primer hombre horneado con once mil quinientos dólares en su estómago, la prensa relataba la historia de una extraña muerte. Un hombre solitario que llevaba cinco años comiéndose casi todo el dinero que ganaba, y contrajo una enfermedad mortal producto del coctel de bacterias que consumía en cada uno de los billetes. Cuando se le hizo la autopsia descubrieron que tenía dólares a medio procesar en su estómago y en la requisa de la casa se encontró su diario, donde contaba que había decidido empezar a comerse su dinero, porque era un hombre solitario y no tenía sentido llevárselo a la tumba ni dejarlo a la deriva tras su partida. Después de un par de meses escribiendo en el diario, comenzó a contar cuánto dinero consumía cada día. La suma total que llegó a ingerir llegó a los 310.581 dólares, misma cifra que repartió el Fantasma de los 27 entre sus víctimas, rellenando a cada una con 11.503 dólares.

Había tenido la más grande revelación en años de trabajo: el Fantasma de los 27, basaba sus crímenes en una primera muerte real, pero que él no había perpetrado. Estaba seguro de que si revisaba cada caso encontraría a la víctima número uno, la que había iniciado cada uno de los ciclos. Pero quizás tenía más sentido empezar por la verdadera víctima uno, la que inspiró su primer ciclo de asesinatos, el de las rapunceles ahorcadas. Así que me fui a la biblioteca para repasar los meses anteriores en búsqueda de una historia que calzara. Pero ni siquiera tuve que llegar al lugar para descubrir qué había pasado. A medio camino, las piernas me flaquearon y terminé vomitando sobre la acera mientras recordaba todo claramente. Lo había tenido frente a mis narices todo el tiempo.

Dos años antes de la primera Rapuncel colgada, en 1979, cuando yo tenía once años y mi hermana veintiocho, tuve que presenciar cómo se ahorcaba a sí misma, con su propio cabello, mientras yo permanecía congelado y mudo, escondido en su clóset. Creo que duré seis meses sin hablar cuando salí de allí, y desde entonces, cuando volví a pronunciar palabra, no había vuelto a pensar en ese día ni había vuelto a hablar de ello. Alguna parte de mí se había encargado de olvidarlo, de reprimirlo. Otra parte de mí, como suena lógico de todo esto, se había encargado de fragmentarse y volverme un asesino desde mis trece años, sin que la primera parte lo supiera. No había otra explicación. Dudo que la haya. El vómito que se me acumula en la garganta me dice que mejor que no sea así, pero la evidencia es aplastante.

Sin embargo, ya lo había dicho. Todavía no logro descifrar la personalidad del asesino. Solo he logrado identificarlo de entre la masa de asesinos anónimos, pero no logro calzar su historia, su perfil con todas estas muertes. Tampoco puedo entender cómo consiguió más de trescientos mil dólares, si yo jamás he tenido dónde caerme muerto, o cómo pudo colgar de árboles a adolescentes, con solo trece años de edad y un cuerpo enclenque y sin energía vital. Qué tuvo que hacer para conseguir sesenta y ocho metros de cabello rubio artificial. Pienso en cada uno de los asesinatos, el de los veintisiete motorizados, las veintisiete periodistas, el de las hormigas, y son más las preguntas que las respuestas. No puedo entregarme si no estoy completamente seguro de ser el Fantasma. No puedo entregarme hasta no saber cómo asesiné a cada una de esas personas ni por qué. Nadie más sino yo puede atrapar al Fantasma. He trabajado demasiado para ello. He sufrido demasiado para ello. Tocará seguir investigando y esperar conseguir las respuestas antes de que más víctimas amanezcan poblando las calles.

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