Yo mato al insecto y tú lo recoges

Buenos días, mi pichoncita.

Notarás que tus utensilios de belleza están en el tendedero. Bueno, eso es porque anoche, poco después de que nos acostamos, ocurrió un incidente desagradable. Aunque no me siento demasiado cómodo haciéndolo, con el fin de que lo entiendas mejor, quizás de entenderme mejor yo mismo, te cuento.

Sabes que llevo días ansioso por mi partida a Canadá. Pero quizás no te he expresado cuánto. Pasar estos tres meses sin ti será espantoso. Mil fantasmas se me cruzan en la cabeza y trato de despejarme de tantas expectativas de catástrofe, pero no puedo. Y las noches son peores. No te lo había dicho para no preocuparte, pero llevo tres noches sin dormir. Sin contar la de anoche, que fue algo distinto. Si acaso he pegado el ojo un par de horas ha sido mucho. Te confieso que me da pánico todo: renunciar a la empresa acá y luego no poder regresar ni con el rabo entre las piernas; que las cosas allá no resulten bien y deba regresarme, o que tú no consigas pasaje o se te haga imposible irte y yo me quede allá en esa encrucijada, sin saber si continuar allí, trabajando por nuestro futuro económico, o regresar y seguir en esta crisis, pero juntos. Me da miedo, también, que otra persona aparezca en tu vida. Tres meses se sienten como un agujero negro, que pueden tragarse todos los buenos recuerdos y todo el afecto que hemos construido por años, y quién sabe qué es lo que encontraremos del otro lado.

En fin, sé que son trampas que me juega la mente, pero por las noches estoy indefenso ante ellas. Es cuestión de cerrar los ojos y empezar a rumiar de la forma más pesimista posible. Supongo que a medida que se acerca el día del vuelo todo empeora. Ya solo faltan seis días y hoy, de paso, es mi última jornada en la empresa. Me aterra la perspectiva de que los muchachos me vayan a hacer una despedida y me ataque la nostalgia anticipada frente a todos ellos. Ya lo he visto en las otras tres despedidas que hemos tenido que hacer en lo que va de año. Quisiera que hubiera una forma de estirar los días que me quedan aquí, pero sin tantas horas muertas como estas. Quisiera que hubiera una forma de que, cada uno de los segundos que me restan en el país, los pueda pasar contigo, qué se yo, en la cama, haciéndonos cariño o conversando sobre tonterías. Pero te hablaba de tus utensilios de belleza.

La cosa es que allí estaba yo, acostado en la cama junto a ti, pero con los ojos abiertos como una herida, y la mente revoloteando en medio de toda clase de estupideces. Y me dieron ganas de ir al baño. O esa fue la excusa que encontré para pararme de la cama. Pero sabes que tengo la manía de tomar agua antes de ir al baño, así que primero hice una parada en la cocina. Después de cerrar la nevera, volteé hacia la sala y, en la persiana de la ventana grande, vi una gigantesca y asquerosa mariposa marrón. No de esas de las que tienen las alas grandes, sino de las que son gigantescas pero que tienen las alas como recortadas. De entre las dos, sabes que a estas últimas son a las que odio más. No sé cómo hacen para meterse en el apartamento.

Y me dio terror que se viera atraída por la luz de la impresora en el cuarto, que la habíamos dejado prendida, y me decidí a matarla, aún con todo el miedo que me dan. Revisé en la gaveta de los DVD y saqué el primero que se me puso en frente: el the Pink Floyd, The Wall. Igual teníamos años sin verlo, y creo que jamás lo hubiéramos vuelto a ver. Te lo digo porque lo tuve que botar.

Me acerqué con el DVD en la mano hacia la persiana y la golpeé con fuerzas mientras apuntaba al piso. Allí fue a parar, medio aturdida por el golpe, pero como parecía que iba a empezar a volar no atiné a otra cosa que a lanzarle el DVD encima y pisarlo así, con el pie desnudo, como lo tenía. El crujido que se escuchaba de fondo me impidió aplastarla con más fuerza y cuando levanté la carátula para verificar su estado, vi que todavía se movía y me fui a buscar unas servilletas en la cocina, para terminar de matarla con el DVD, pero sin mancharlo tanto. En ese momento, por todo ese lado volaban las pelusitas esas que ellas sueltan, que dicen que te dejan ciego. Traté de apartarlas con las manos, mientras me imaginaba que salía al hospital con los ojos estallados en sangre o algo así.

Ya con las servilletas, levanté el DVD, se las puse encima y de nuevo lo coloqué como mi zapato sustituto, para poder pisarla sin tener que tocar nada. Tuve que aplastarla demasiado para que muriera y fue muy asqueroso. Cuando levanté el DVD, noté que las servilletas estaban todas embarradas de su jugo, de modo que su carátula también se había manchado. Y algo me decía que también había roto el DVD (ahora sí hablo del CD, no de la carátula), aunque nunca lo comprobé. Envolví a la mariposa en una servilleta, y la boté en la papelera junto a The Wall de Pink Floyd. Era la primera vez que tenía ganas de escucharlo como en una década.

Luego de pasado el asco, me sentía un poco como orgulloso de mi valentía, y pensaba en que nuestro arreglo personal de “si uno mata un insecto, el otro lo recoge y lo bota” se había roto a tu favor, de modo que en otra oportunidad te tocaba a ti también matar y botar. Pero de inmediato pensé que, una vez que me fuera a Canadá, nuestro arreglo se rompería por tres meses enteros, en los que cada uno, desde su propio lugar, tendría que matar y botar sus propios insectos. Me encontré deseando que en Canadá no hubiera tantos animales de esos como aquí y de pronto me sentí culpable por siquiera pensarlo.

Lo cierto es que después de eso, después de limpiarme las manos en el fregadero, sentí sed de nuevo y volví a tomar agua; lo que me recordó mis ganas de ir al baño. Y, como si la situación de la mariposa no hubiera sido suficiente prueba para una sola noche, al entrar al baño, veo una cucaracha grande metida en tu cestita de utensilios de belleza. Cuando me vio o me escuchó llegar, se adentró más en las cosas de tu cesta. No quiero entrar en detalles sobre qué utensilios tocó, porque al fin y al cabo ya el asunto está reparado hasta donde me fue posible repararlo.

Al analizar el panorama, me di cuenta que tenía solo una opción: echarle insecticida, aunque estuviera encima de tus cosas. Te explico mis razones:

  1. Ya había puesto sus patas sobre tus cosas, de modo que igual hubiera tenido que lavarlo todo.
  2. Intentar matarla por otro medio era correr el riesgo de que escapara, porque desde esa posición ella tenía muchos lugares donde ir y yo ningún lugar cómodo o higiénico para aplastarla (porque no la iba a aplastar encima de algo tuyo).
  3. Había muchas posibilidades de que te levantara con el ruido.
  4. Por el tamaño (ya te dije que era grande, pero no quiero especificar cuánto), temía que fuera voladora, y no me parecía una opción lógica estar encerrado en el baño con una bicha así, volando, ni tampoco dejar la puerta abierta y que se diera la ocasión de que saliera al cuarto y te cayera encima.

Así que busqué el insecticida y le eché sobre tu cesta (no mucho). Y después de que salió de allí, le eché un poco más y luego la rematé en el piso.

Ya muerta, me dispuse a limpiar tus cosas, con toda la obsesividad de la que sabes que soy capaz. Como si fuera para que yo pudiera usar esos productos otra vez (y de hecho los usaría; todos los que lavé). Les eché abundante agua (algunos los dejé bajo el agua caliente, y los demás los lavé con agua tibia), gel antibacterial y jabón líquido. En el caso de tus cepillos y todos los objetos que tienen contacto directo con tu cuerpo fue donde más me esmeré. Y con tu cepillo grande, más todavía, no por nada relacionado a la cucaracha, sino porque estaba realmente sucio. No solo lleno de pelos, sino sucio (nunca me había fijado que las cerdas de un cepillo podían acumular tanta grasa). También limpié la cesta y todas las áreas del baño por donde la cucaracha pasó. E incluso donde no pasó, pero nosotros sí posamos partes de nuestro cuerpo (tampoco entraré en detalles sobre esto).

Y las puse a secar aquí en la sala para que tuvieran más aire, sobre todo para el caso de los cepillos, la cesta y el cepillito ese cuadrado, que no sé para qué sirve, porque fueron los que quedaron más húmedos, y supuse que querrías peinarte en la mañana. Aproveché de botar algunas cosas que estaban de más allí, como una pulsera de liguitas que tenías toda desarmada (espero no haber cometido una imprudencia) y las dos cabezas de los cepillos de dientes que se me habían roto hacía un tiempo y no sé por qué rayos los tenía metidos en tu cesta.

En el tendedero también verás una bolsa con cosas adentro. Esas son las que no me atreví a lavar, porque no sabía si era correcto usar agua sobre ellas, o jabón o gel. Hablo, por ejemplo, de tus zarcillos y prendas por el estilo. También de un compacto que estaba abierto y una bolsa con liguitas para el cabello. Luego podremos ver juntos cómo las limpiamos. Ya lo he puesto en mi lista de tareas pendientes antes de irme a Canadá.

De hecho, lo he pensado y creo que esa lista de tareas es la responsable de que haya aparecido esa cucaracha tan grande anoche. Como estuvimos el final de la tarde y el inicio de la noche arreglando juntos el cuarto, y aprovechamos de botar todas esas cajas y basura acumulada, y yo por fin terminé de hacerte el cajón para la gaveta de abajo del closet, y también acomodamos lo de la biblioteca y las mesitas de noche, creo que algo debimos haber removido y de allí pudo haber salido esa cucaracha. Sino fue por lo de esta noche, tuvo que haber sido por todo lo demás que he estado haciendo desde hace una semana.

Y lo he pensado y me da terror la idea de que, por culpa de mi idiotez de querer cerrar el círculo de años de promesas incumplidas de tareas pendientes del hogar en solo dos semanas antes de mi partida, para un hogar que solo será habitado por tres meses más, haya removido algún nido de insectos que luego vaya a hacer que estos últimos tres meses aquí sean una pesadilla para ti. Creo que lo de la cucaracha y la mariposa en una misma noche es un mensaje que alguien intenta mandarme, pero no sé para decirme qué. Quizás para decirme que me quede. Que ninguno de los dos puede vivir solo. Que nuestro arreglo donde uno mata al insecto y el otro lo recoge y lo bota es la muestra de la única sinergia posible entre dos sujetos con fobia a toda clase de insectos. En Canadá me tocará matarlos y botarlos por mi cuenta, como esta noche, y a ti también, en este sitio, que es un nido de toda clase de alimañas. No muy distinto a lo que se ha convertido el país.

Y al escribir nido, no puedo dejar de pensar en ti, mi pichoncita. En nosotros, tristes pichoncitos enamorados. Tal vez seamos adultos biológicamente, quizás la sociedad nos vea como sujetos maduros, porque tenemos un empleo y a duras penas sobrevivimos a los embates de esta situación colectiva. Incluso algunos dicen que nos admiran, que se requiere valentía para abandonar la seguridad del hogar, para irse a un lugar con una cultura tan diferente, un clima tan diferente, un idioma diferente. Que esperan algún día reunir nuestro coraje para también hacer lo mismo. Pero eso es lo que ven los demás, que nos miran desde afuera.

Tú y yo sabemos que en realidad somos solo pichones en un nido, que somos niños llenos de miedos. Quizás por eso nunca nos hemos enseriado en eso de buscar el hijo. Para tener niños hay que dejar de ser uno. ¿De verdad estamos preparados para abandonar el nido? Sea uno de alimañas o de aves del paraíso, aquí estamos protegidos, aquí contamos con nuestro arreglo: yo mato al insecto y tú lo recoges o viceversa. Aquí tenemos lo que conocemos y amamos. Lo que nos da seguridad y calma, incluso en medio de esta vorágine. Fuera del nido está el agujero negro, y nadie puede saber lo que hay al otro lado hasta cruzarlo. Quizás allá, del otro lado, nos esperan todas las cucarachas y mariposas gigantes del mundo. Aquí son solo dos por noche, las malas noches, y tenemos nuestro acuerdo. Nos tenemos el uno al otro.

Mientras me limpiaba las manos después de todo esto, pensaba en escribirte, en despertarte y decirte que renunciaba a renunciar, que me quedaba en el país, y que de alguna forma resolveríamos aquí. Pero no quería llenarte de mi negatividad, así que decidí distraerme con algo más, ya que se me había terminado de esfumar el sueño. Revisé mi lista de pendientes y vi que todavía tenía que limpiar los bolsos. Me llevé el rojo con negro al lavandero y allí me puse a quitarle todo el polvo y demás cochinadas de años de guardado, de años de promesas de ahora sí viajaremos en estas vacaciones, ahora sí nos daremos un gusto, y nada. Pensé que quizás en Canadá nos esperaba esa posibilidad. La posibilidad de reunir para unas vacaciones, de usar nuestras maletas antes de que las polillas las devoren, y para cosas más agradables que para abandonar el país. De nuevo, sentí ganas de irme, de enfrentarme al agujero negro, y obligarme a no ser más nunca un pichoncito, incluso si eso significaba dejar de ser tu pichoncito. Y de nuevo el miedo, la falta de aire, el vértigo.

Así que paré mi tarea y me vine a la sala a escribirte esto. Ya solo faltan unos diez minutos para las cuatro de la mañana, y apagué la alarma para no fastidiarte con ella. En un rato me alistaré para mis dos horas de tráfico, mi último día de trabajo, quizás una despedida, y regresar acá contigo, que es donde quiero estar. Espero que en la noche tengamos oportunidad de hablar largo y tendido sobre esto y sobre todo lo que me he negado a decirte desde que se instalaron estos miedos en mí. Lamento haber esperado hasta que ocurriera algo como lo de tu cestita para decirte lo que siento, pero ya tú sabes que a veces soy demasiado inseguro. Espero que me perdones.

Acabo de pasar por el cuarto para mirarte y luces hermosa bajo las sábanas, mi pichoncita. Imposible no extrañarte por anticipado. Pero me despido, para no hacer de esto algo más largo.

Avísame si quieres que te compre un cepillo nuevo o cualquier otra cosa.

Te amo.

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4 comentarios en “Yo mato al insecto y tú lo recoges

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