La trama de Felipillo y Engracia

Felipillo Racacabulla era un nombre muy largo para una vida muy corta. Igual que Engracia Magna Pastora Toribia Rafaela, que no crecía por la carga de tanto nombre. Tanto Alfredo Armas Alfonzo como Orlando Araujo sabían del peso que tiene el nombre, de lo que puede hacer en un personaje, lo mismo que de la responsabilidad de su creador, de su autor, con respecto a esta decisión y su inminente destino.

Los grandes escritores de tragedia del pasado, que ignoraban estas facultades del nombre, o que cuando mucho les seguían la pista hasta las arenas movedizas de la etimología, invertían en cambio grandes esfuerzos en crear un destino inminente e inevitable, donde el dolor y la pérdida fueran una constante, donde el augurio estuviera escrito con cincel sobre roca y se repitiera como un leit motiv durante la vida del protagonista, a través de sus largas gestas, quien lo escucharía una y otra vez, escéptico, confiado en poder escapar de esos tentáculos.

Claramente, estas son trampas en las que el cuento corto no puede caer, y mucho menos la microficción. Aquí el nombre del personaje (al igual que el título de la obra, desde otro punto de vista) tiene un peso capital. Tanto peso o tan poco peso como el que sumen los hilos de su intertextualidad. Tanto peso o tan poco peso como el de la sonoridad que agreguen a la lectura y la significancia que posean dentro de la historia. Si no tienen nada de esto, mejor hacer una historia de personajes innominados; a lo sumo mencionados por su rol. Si la tienen, entonces la elección del nombre puede llegar a constituir más de la mitad del peso de la escritura del cuento.

Así como lo supo Otto Raúl González, con su Agapito Pito, rimador nato y recalcitrante; y su Gunther Sachs, que se casó con Brigitte Bardot, que estuvo casada con Roger Vadim, y este con Susane Dubois, y esta con George Sanders, y este con Zsa Zsa Gabor, y esta con Porfirio Robirosa… Y también el personaje de José María Méndez: Ernesto Echegoyén, emigrante europeo, ex embajador estoninano, enamorado, embobado en el encanto extremeño encontrado en Elena Estévez. Es elementalmente ejemplar.

Una vez más, Armas Alfonzo y Araujo, sensibles conocedores de la naturaleza humana, de la naturaleza narrativa, sabían que la mayor crueldad y el futuro más devastador podían esconderse detrás de un nombre. Lo único que les quedaba, al tomar la decisión de cargar a sus personajes con la pesada mochila de sus nombres, era comenzar el duelo de saberlos muertos antes incluso de verlos moverse. Otros duelos diferentes, efectos dominó de distinto orden se desatan y seguirán desatando en las líneas de cientos de historias mínimas, gracias al juego de esta peculiar onomástica, donde los nombres pueden llegar a ser más grandes que sus propias historias.

Pero al destino y a la microficción siempre le han agradado las repeticiones, como ya nos lo hizo saber Borges, y en este mismo momento, en dos lugares muy lejanos y desconectados de toda esta elucubración, nacen un niño y una niña. Al primero le colocan Alejandrino Talabartero y a la segunda Calamidad Santa Amaranta Dolores Cornelia. Y ninguno de sus padres sabe que en realidad lo hacen para que se repita una escena, para que los rieles de la ficción breve sigan bien aceitados y esta onomástica microficcional siga engrosando sus páginas y trabando lenguas.

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