Bibliofobia

Musa muerta por causa desconocida, revivida en laboratorio por la perversión del hombre, por su afán deífico, con pedazos de páginas manuscritas y mecanografiadas en sustitución de su piel, engomadas como pancartas políticas, una sobre la otra, sobre la otra y sobre la otra, hasta formar una costra dura de papel maché, donde convergen siglos de letras y conocimientos, que la protegen de las balas. Se yergue con lomos de cuero mal engrapados sobre los huesos rotos y pulverizados de su columna vertebral y de sus piernas, mientras los brazos cuelgan inertes, vacíos como los de una muñeca desinflada. Alrededor de ella, un enjambre de polillas, ácaros y polvo anuncia su presencia mientras devoran su cuerpo poco a poco, que como el de un Prometeo, se regenera cada día.

A su paso deja enfermedad y muerte, en cualquiera que se acerque lo suficiente para distinguir alguna de sus letras, para respirar su vejez. Leerla, por dentro y por fuera, en cada una de sus capas, es peor. Como un Necronomicón, leerla mal —y es una quimera leerla bien— produce una obsesión de falsa lucidez que deja al lector fuera del contacto con la realidad.

De pasado musa, esta bestia todavía cuenta con sus viejas armas de seducción, y separarse de ella se hace cada vez más difícil, y la víctima se consume como una vela de esperma débil, escribiendo nuevas páginas para dejarlas pegadas en su cuerpo, en su sexo, y sentir que puede ser parte de ella. Pero la víctima nunca puede elegir qué trajes viste la bestia, y sus rechazos, sus huidas, empiezan a hacerse cada vez más continuas, aunque el polvo persiste en la nariz, como una alergia perpetua que llena a la víctima de pesadillas de olvido, de abandono, y ahora cualquier letra recuerda el fracaso, la ruptura, el duelo, y no se puede volver a leer, a pensar en leer.

No es posible acercarse a este monstruo sin sufrir, y la felicidad que es posible alcanzar a su lado es plástica y efímera; de esas que se agrian tan pronto que parecen nunca haber existido. Sin embargo, lo más peligroso, lo más cruel de esta bestia es que la enfermedad que produce raramente enferma, la locura que genera difícilmente enloquece, y la muerte que habita en su nombre a muy pocos afortunados mata.

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