El viejo Wang*

Eran las siete de la noche y el negocio de Wang estaba lleno al tope por gente de todo tipo. Para llegar a él había que adentrarse con una profundidad de espanto en las redes más enrevesadas de aquellas partes de la Colmena que no figuraban en ningún mapa oficial, pero que los cuerpos policiales tenían siempre sobre alguna HLBlackboard, marcada con al menos doce puntos rojos, que por lo general indicaban el lugar de un asesinato en investigación. De seguro, al menos unos cuatro de esos puntos permanecían allí desde dos o tres años atrás, porque los cuerpos policiales evadían a toda costa sus obligaciones referentes a esas zonas, creadas y sostenidas prácticamente al margen de la ley.

Solo los oficiales que habían pertenecido a esas zonas desde su nacimiento tenían permitido entrar; y por lo general a estos nada de lo que allí ocurría les sorprendía o importaba. Vivir al margen no solo de la ley sino también de la evolución simulada del mundo era una experiencia que secaba de ideologías y otras pasiones a cualquiera. Pero siempre quedaban un puñado de hombres y mujeres que sentían y se dolían por lo que pasaba en esas calles . Uno de ellos era, y había sido desde el inicio mismo de las Colmenas y sus cloacas aledañas, el mismo maestro Wang, hoy simplemente llamado Wang.

Su negocio era atípico en esa zona. No solo porque era visitado por colmenarios de los más refinados, e incluso los de cargos políticos o corporativos importantes, sino porque había empezado en un hueco de poco más de veinte metros cuadrados y hoy ocupaba unos dos mil quinientos, que habían nacido como un virus en los últimos años, tomando pequeños espacios baldíos alrededor, a los lados, arriba y abajo, sin ningún orden ni coherencia. Más que un local de mercancías de contrabando, parecía el mal bosquejo de un juego de laberintos urbanos, con largos pasillos sin nada a los lados, que en algún momento desembocaban en un cuadrado de cinco por cinco, donde te encontrabas unas escaleras que, siete pisos más arriba mostraban otro espacio, quizás de cuatro por ocho y desde donde podías conectar con otro cuarto pequeño, al que podías llegar cruzando un improvisado puente, elevado sobre las calles pútridas.

Y fue esta urbanística improvisada y fortuita la razón por la cual el negocio de contrabando de Wang se armó como el más importante de la última década. Su formación estratégica, permitía que, en caso de allanamiento de las fuerzas de la ley, todos los empleados y compradores desaparecieran tras un pasillo o una puerta, antes de que nadie pudiera ser llevado detenido.

Había quien aseguraba que, además de los dos mil quinientos metros cuadrados oficiales del negocio, el local de Wang tenía otros muchos espacios más, destinados a esconder personas y armamento, lo mismo que realizar el entrenamiento de un grupo de insurrectos. Y, pues, las personas que aseguraban eso, no se equivocaban. Wang, el maestro Wang, fue en su momento el gestor del principal movimiento de resistencia ciudadana a la Corporación, aunque hoy, por la vejez, tan solo fuera un promotor logístico y económico de la misma.

Los huesos cansados ya no le alcanzaban para labores nocturnas de espionaje en las zonas protegidas de la Colmena, ni para entrenar a los novatos en las artes marciales que, durante su juventud, e incluso en los inicios de su vejez, dominó como pocos hombres lo han hecho en la historia de la humanidad. Ahora se conformaba con atender uno que otro asunto intelectual dentro de los muchos procesos que se llevaban a cabo en sus grupos, y el resto del tiempo lo dedicaba a atender, personalmente, a los mejores clientes de su negocio.

En este momento, justamente, estaba atendiendo a uno de ellos: un detective llamado Zach, que en ocasiones anteriores había sido un apoyo importantísimo para la obtención de información clave para los procesos de insurrección. Wang, sin embargo, siempre había sabido que Zach tenía su corazón dividido entre su deseo de justicia y el placer que le generaba la vida cómoda con que la Corporación le trataba de callar los pensamientos rebeldes. Pero, también sabía que, tarde o temprano, pasaría algo que terminaría por acomodar el corazón de Zach, y ponerlo en el lugar correcto.

Mientras eso pasaba, Wang le recargaba de 2 a 3 pilas de fusión semanales, para alimentar el costoso sistema tecnológico de vida que este hombre llevaba. Él mismo le había vendido la mitad de todos esos lujos tecnológicos y, cada tanto, volvía por más. Y en eso estaba, recargándole una de sus pilas, cuando le llega un mensaje a su InCom, indicándole que fuera inmediatamente a la Sala Z-125 del área restringida, pues Jacques había llegado del Memory Shelter con buenas noticias. Wang detuvo la carga al 95% y le entregó la pila a Zach, disculpándose por tener que marcharse tan pronto.

—Pero, ¿seguro que la cargaste completa? Mira que la otra vez…

—Claro que está completa, Zacharías —dijo Wang, mientras se alejaba por el pasillo—. De todas maneras, esta carga corre por cuenta de la casa.

—Siempre me dices lo mismo… Pero sabes que yo no puedo irme sin pagarte. Es más, creo que por eso lo haces —contestó Zach al viento, pues hace unos dos segundos que ya Wang había desaparecido por un recodo—. Le pagaré a Janet… y aquí estoy de nuevo gritándole al mostrador.

Ya en la sala Z-125 lo esperaban Jacques y Robinson, recién llegados del Memory Shelter, después de una misión exitosa. Jacques se adelanta a los deseos de Robinson y comienza a hablar.

—Hoy logré por fin entrar al cuarto de los durmientes.

—Logramos, Jacques, logramos —puntualiza Robinson—. Mira que si yo no hubiese distraído a Erik no hubieras logrado nada.

—Lo que sea, Robinson —dice Jacques con desdén—. El código de hackeo que nos dio Córtex Thomas funcionó a la perfección, y nos dio un puente de dos minutos y medio en el que Control no llevó registro de los permisos de acceso dentro del Memory, y yo hice como habíamos acordado. Desde el cuarto cubículo del baño congelé la cámara de vigilancia, asegurándome antes de que no salía ni un pedazo de tela en la toma. De allí salí corriendo al cuarto de los durmientes y cambié la esfera de memoria por la que tú programaste. Pero, pasó algo extraño que creo que nos jugó a favor.

—Un intruso entró también en el cuarto de los durmientes justo cuando Jacques salía y regresaba al baño —se adelanta Robinson.

—Se supone que esa parte la iba a contar yo —reclama Jacques.

—¿Y cuál quieres que cuente yo? ¿La parte de mi tonta conversación con Erik sobre los Salamanders? Lo siento, pero de aquí a arriba continúo yo. —Robinson miró con firmeza a Jacques como diciéndole o das un paso atrás o esta noche duermes en el sofá—. Mientras Jacques volvía al baño, se activó la alarma de intruso en el cuarto de los durmientes. Un paciente había entrado, aprovechando que el sistema no discriminaba los niveles de acceso. Lo interesante es que estando adentro tocó la esfera de la memoria, y nuestro plan empezó, sin querer, siete días antes de lo planeado. Y parece que será mejor de lo que esperábamos. El reporte de daños nos habla de un poder más allá del calculado.

—Y la liberación de energía confundió a Madre, justo como creíamos.

—No me digan más —los detuvo Wang—. Eso implica que tenemos que prepararnos. Ya no contamos con tanto tiempo… y puede que descubran el video detenido del baño en algún momento, así que hay que actuar inmediatamente. —Se voltea y se dirige a dos hombres frente a unas HLS—. Torres, Boulton, necesito el doble de hombres vigilando a los elegidos a los que les indujimos el Maugé. Pónganlos como lecheros, operarios de CoDos, como agentes del Censo Global, como marcianos si les da la gana, pero necesito al menos doce hombres vigilando a mis elegidos. No podemos permitir un fallo a estas alturas. —Ahora se dirige a Jacques y a Robinson—. Y ustedes, regresen al Memory Shelter y mantengan las apariencias por los próximos tres días, que el 12 de noviembre, si nada se retrasa, será nuestro día.

Dicho esto, Wang, el maestro Wang, el viejo Wang, el contrabandista Wang abandonó la Sala Z-125 tan rápido como llegó a ella, cruzó dos pasillos, bajó tres pisos, atravesó tres puertas, y quedó en la Sala T-3000, que era el departamento de ventas de armamento. Unos chicos de doce años compraban, cada uno, dos rifles Cross-TX, y se llenaban la boca diciendo que con ello saldarían una cuenta con otros chicos, que les habían ganado en una partida de fútbol.

—Si yo fuera ustedes no resolvería el problema con rifles —interrumpe Wang la transacción—. Para novatos como ustedes, es más seguro, preciso y barato comprar un par de Trackers doble cañón. Esa es la preferida de los insurrectos para cazar polis. Si compran ocho, les puedo hacer un buen descuento e incluso podemos conversar sobre unas clases gratuitas de tiro al blanco.

_____________________

* Este cuento fue escrito como relato alterno a Memorias del porvenir, libro resultante del proyecto colectivo de novela ilustrada “Ilustratura“, que juntó a 11 escritores y 12 ilustradores entre octubre de 2012 y febrero de 2014, y justo ahora está en la cuenta regresiva para su publicación. Este es un pequeño abrebocas al universo de esta novela coral de ciencia ficción, para ir calentando motores y recordando a algunos de nuestros personajes.

Anuncios

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s