Crónica de un copy/paste

Corría el año 2000, estaba en quinto año de bachillerato, eran quizás las cuatro de la tarde y estaba reunido con dos amigas en mi casa, realizando lo que por aquellos días llamábamos “tesis”, sin saber cuán grande le quedaba aquel calificativo. Se supone que teníamos que hacer un proyecto de “ciencias” y nosotros decidimos hacer un complejísimo estudio sobre los efectos de la penicilina en los dientes humanos; para lo cual compramos un ratón de laboratorio, una linda jaula, tomamos unas fotos acercándole una aguja al ratón, otras abriéndole la boca para verle los dientes, y lo demás fue un lindo y pulcro copiar/pegar.

Para entonces, nadie nos había enseñado la importancia de citar, cuando no es que en realidad nos alentaban a fusilarnos el trabajo ajeno, para comodidad de todos, revisores y ejecutores. Unos meses después, armamos un stand con mucho anime y escarcha morada (problemas de ser el único hombre del equipo), presentamos nuestro proyecto a la sociedad, nos tomaron y tomamos muchas fotos con cara de orgullo por el gran trabajo realizado y nos sacamos un 18. A diferencia de las fábulas que tanto nos gustan, nosotros no aprendimos ninguna moraleja.

Esta crónica, entonces, va sobre eso: sobre cómo hemos construido una pujante nación a punta de copy/paste, como le decimos ahora que nos estamos más cómodos con las denominaciones en inglés. Quédense si están dispuestos a salir salpicados.

El chip del copy/paste y su fase de programación

Echemos un poco más atrás nuestra máquina del tiempo. Ahora estoy en primaria, segundo grado o primero (no lo recuerdo con precisión) y me han mandado a hacer mi primera exposición. Digamos que la materia es geografía (aunque tampoco lo recuerdo) y me han dicho que me toca desde la página 203 hasta la 205 de nuestro libro de texto (vaya pleonasmo tan horrendo). Me han dicho, además, que debo traer una lámina de papel bond con contenido alusivo a la presentación. Llego a la casa, mi mamá me revisa la tarea y enseguida se pone manos a la obra.

Mientras ella hace las letras de la lámina con el rotulador, me deja ponerle color a las fotocopias de los dibujos del libro con mi caja de colores. Más tarde llega el momento de aprender la presentación. Mi mamá me lee el contenido, me lo explica, me hace escribirlo dos veces en un cuaderno viejo, y luego empezamos a practicar la memorización. Después de poco más de un par de horas me lo he aprendido al caletre. El día del evento mi mamá me hace repasar en la mañana y todo está en orden. Ya en el salón, me ayudan a colocar mi lámina, recito mi guion, que reproduce palabra por palabra el contenido de nuestro libro, que yo ilustro además con las mismas fotografías del libro, y me felicitan. Me felicitan mucho y con una sonrisa franca en la cara. Como se felicita a los niños, hagan lo que hagan.

Me he sacado un 20 en mi primera exposición, y ello sembrará el camino para que adore exponer el resto de mi vida de estudiante, y termine decidiéndome a ser profesor. Pasan más de 20 exposiciones (por supuesto que es un cálculo sin mayor fundamento) antes de que me juzgue a mí mismo, pues nadie me ha dado pistas para ello, que quizás podría hablar de cosas distintas a las que aparecen en el libro, o hablarlas con mis propias palabras, ese otro pleonasmo con el que en el colegio nos trataban de decir algo como “vamos, improvisa por ahora, mientras tienes chance de aprender de memoria el libro”.

Muy bien. Empecemos a poner las cosas en punto. Probablemente un niño de los primeros grados de primaria no tiene todas las facultades necesarias para hacer una investigación documental rigurosa sobre ningún tema, y mucho menos para sacar conclusiones personales en forma de discurso lo suficientemente organizado, maduro y prolijo como para una exposición o un trabajo escrito. Al menos no con el rigor centrado en la repetición que nuestra educación espera. Así que no hay problema: pongamos al niño a repetir contenido controlado y previamente seleccionado para su edad y habilidades. Pero, ¿podría el niño entender que eso que aprende al caletre lo escribió alguien? ¿Entendería el niño, nuestro niño venezolano para no ir demasiado lejos, que detrás de cada libro, incluso de los “libros de texto”, hay hombres y mujeres generando contenido intelectual propio, y que merecen igual reconocimiento que el que le damos a las fuentes usadas en un trabajo de ascenso cuando somos adultos? Yo creo que sí.

Lo pueden hacer los niños de esta generación, que catalogamos de chicos intuitivos e inteligentes, y lo podíamos entender nosotros, que fuimos la generación de la curiosidad y la creatividad. El problema es que el sistema educativo no estuvo interesado nunca (ni lo está, ni parece en miras de estarlo) en hacernos respetar la propiedad intelectual, porque tampoco ha estado interesado jamás en motivarnos a convertirnos en autores intelectuales de nada.

Y esta historia de mi primera exposición la he visto repetida no solo en mis compañeros de clases (y miren que tuve muchos, pues estudié en ocho colegios y dos universidades de tres estados, cinco municipios y tres rangos socioeconómicos distintos), sino en las historias de otras personas que he conocido a lo largo de mi vida, e incluso de mis posteriores experiencias como docente universitario. Continuamente escucho a venezolanos quejarse (con lógica) de que en este país no se crea ni se produce nada propio o novedoso, y no puedo dejar de preguntarme, en esos momentos, cómo esperamos que haya creación propia en un país donde desde el primero hasta el último día de nuestra formación académica y profesional, e incluso durante nuestra vida laboral, no se nos desalienta a copiar el trabajo de otros sin reseñarlo, no se nos castiga por hacerlo con todo el descaro que es posible, y en cambio se favorecen todas las condiciones para que esto ocurra, con el beneplácito de todas las partes involucradas.

Cuando escucho a alguien quejarse de que Venezuela tiene un retraso profundo en lo que a desarrollo propio se refiere, no puedo dejar de preguntarme (aunque la mayor parte de las veces sé la respuesta) si esa persona ha creado algo propio, al menos breve e insignificante, a lo largo de toda su vida. En un porcentaje groseramente alto de los casos la respuesta es “no”. Esa persona no ha creado nada propio. Probablemente, ni siquiera una interpretación personal, realmente personal, de un texto ajeno.

Porque, cuando nos felicitan franca y pedagógicamente por nuestra primera exposición fusilada y sin fuentes, cuando nos califican positivamente por un “trabajo de investigación” que no es más que la transcripción de lo que ya habíamos leído en clases, cuando nos califican negativamente por fallar un par de palabras en la memorización de un cuestionario, cuando salimos impunes del uso de nuestra primera chuleta, nos dan una inyección de dopamina, que nos empieza a hacer adictos a lo fácil, a lo gratuito, a la comodidad del copy/paste. Y si bien el niño de primer grado hubiera podido entender con claridad el que detrás de cada texto, de cada fotografía, ilustración, fotograma, nota musical, hay un autor al que es correcto dar crédito, a medida que pasan los años, y tal como a los loros viejos, se va haciendo más difícil hacer llegar, de forma significativa, este conocimiento.

El chip del copy/paste ha sido instalado exitosamente

Para hacer un interludio, les dejo una lista de 5 anécdotas ilustrativas del estado actual de los hechos, y para dar el ejemplo, empezaré con una anécdota propia que me coloca en tela de juicio ante todo esto, y luego otras tantas propias desde el otro lado de la cerca, y unas cuantas más ajenas. Pero, como esta parte del texto no es necesaria, la colocaré como anexo, en un enlace aparte, y ustedes la revisan si lo desean, y además pueden saltar entre el contenido, leerlo a posterior, o leer solo las partes que más les atraigan.

Error en desinstalación del chip del copy/paste

Antes de estudiar psicología estudié tres trimestres de ingeniería en la USB. Y allí un compañero, en clases de literatura, recibió la asignación de escribir un relato que parodiara un cuento de hadas. Este chico, que nunca había escrito nada similar, se sintió amenazado por la tarea, y le pagó a un amigo para que escribiera algo por él. El amigo recibió el dinero e hizo el trabajo. Pocos días después, se le devolvió el texto, reprobado, junto a una citación a yo no sé cuál decanato, bajo la acusación de que había plagiado el cuento de un escritor latinoamericano famoso.

El supuesto plagio no era textual, y ello facilitó que el estudiante hiciera frente a la acusación, diciendo que él jamás había leído el cuento original y que juraba haber escrito el que entregó para la tarea. El caso se resolvió pidiéndole al alumno que escribiera un nuevo cuento frente al docente (se le dio el tiempo que necesitara) y el resultado fue esclarecedor: el cuento creado no tenía el nivel siquiera de habilidades en redacción del anterior, y se resolvió reprobarle la actividad.

No me interesa aquí analizar qué tan bien se llevó esta situación, sino hablar de lo que pensé a partir de todo esto. Durante esos días, en mi grupo de amigos, todos cercanos al acusado y al que supuestamente creó el cuento (hasta el día de hoy no sabemos si de verdad lo escribió o no), no hablábamos de otra cosa. Nos podía más la sorpresa de estar en un sitio donde se tomaban tan en serio el respeto a los derechos de autor. Y eso es porque nadie nos había enseñado que no respetarlos estaba mal. Y en mi grupo había personas de Zulia, Táchira, Carabobo y Caracas. Se podría decir que ese desconocimiento no era puntual de una sola región del país.

Durante esos días nos enteramos que en la USB el plagio podía pagarse incluso con expulsión indefinida y nos parecía una exageración, quizás recordando cuántas veces lo habíamos hecho en el pasado. Pero por entonces, yo tenía un par de años intentando escribir poesía y algo de narrativa, y supongo que ello ayudó a que empezara a ver la situación de una forma distinta. Conforme pasaban los días, ya no me parecía tan grosero el botar de una universidad a un alumno por una situación de plagio, e incluso empezaba a sentirme avergonzado de cuántas veces había caído en el copy/paste en el pasado. A partir de allí tomé la resolución de no volver a copiar contenido ajeno sin retribuirlo con su respectiva cita.

Pero no es fácil sacarse el chip del copy/paste cuando lo has tenido instalado por tanto tiempo. Primero que nada, a mis 18 años nadie me había enseñado a citar autores, ni comprendía muy bien los límites de la paráfrasis. Segundo, casi todos a mi alrededor copiaban sus trabajos, no recibían ningún escarmiento e, incluso, en ocasiones obtenían mejor calificación que yo. Soportar la tentación me resultaba difícil. Por último, muchos de los docentes que tuve promovían abiertamente el caletre, la copia, la reproducción, la repetición y el plagio, en diferentes niveles, cuando no es que ellos mismos lo practicaban.

En mis siguientes años, pasé de copiar alguna frase aislada ajena, a no copiar ninguna, pero todavía creía que eso era lo único que implicaba el respetar los derechos de autor ajenos. Tuvo que pasar un buen tiempo antes de que notara que usar imágenes, fotografías o videos de otros, sin citarlos o sin autorización también era una violación a los derechos de autor. Ahora, desde hace un tiempo, me he dado a la tarea de intentar ayudar a otros a desinstalarse el chip del copy/paste, no tanto por evitar lesionar los derechos de otros, sino para promover una cultura de la creación; y lo que recibo en casi todas las oportunidades son caras incrédulas o francamente desinteresadas (incluso ofendidas). Quizás no soy buen vendedor de estas ideas o tal vez sea que estoy vendiendo abrigos en el desierto. Un desierto de personas esperando que otros creen para ellos, que así es como les enseñaron que es más cómodo y pueden pasar por sujetos más astutos.

Instrucciones para desechar su chip ya usado

Antes de cerrar este artículo, hago una aclaratoria. En ningún momento estoy hablando aquí de promover la cultura del copyright, de la criminalización del uso justo del material ajeno. Tampoco lo contrario. Eso se lo dejo a los magnates de la industria y mientras tanto yo sigo manteniendo el contenido de mi blog con licencia Creative Commons, y esperando algún día poder firmar contratos editoriales donde se respete mi derecho de tener mis libros gratuitos para la descarga, en simultáneo con el mismo libro a la venta en físico.

De lo que hablo aquí es de respetar la creación y la autoría, pero sobre todo de promoverla. Si queremos tener un país donde se cree tecnología propia, donde se realicen innovaciones científicas, donde se aporte para el futuro de la medicina o se participe de forma más protagónica y en mayor cantidad en el desarrollo del arte, tenemos que empezar por crear nosotros, dentro del área que sea que nos encontremos.

Y no se trata de crear cosas complejas que cambien el mundo. Basta con dejar de copiar el material de nuestro uso diario y hacer un esfuerzo por desarrollar algo por cuenta propia. Puede ser algo tan simple como un manual de procedimientos, la actualización de un programa de gestión industrial, la regionalización de teorías o instrumentos provenientes de otras culturas, la personalización de las diapositivas que usamos para dictar una clase, la redacción de este trabajo de investigación que me toca para mañana, la escritura del cuento que leeré esta noche a mi hijo, etc.

Y mientras hacemos esto, promovemos en nuestros hijos la comprensión de que detrás de toda cosa hecha hay un creador, y que los creadores son personas normales; que él puede aspirar a ser un creador. Si les damos las herramientas para crear, si dejamos de rendir culto a la copia y la reproducción, es probable que el chip del copy/paste deba botarse antes de ser usado. Y si fuéramos muchos los creadores de pequeñas cosas, generaríamos el caldo de cultivo necesario para que se desarrollen esos grandes creadores de los que decimos que sí cambian al mundo, aunque sean las cosas pequeñas las que realmente generan el cambio.

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3 comentarios en “Crónica de un copy/paste

  1. muy bueno!! una anecdota personal si me permites: yo tenia un jefe que venia a mi oficina a oreguntarme cosas antes de una reunión con un cliente y yo le daba mi opinion muy personal el la copiaba en su cuaderno textualmente y nunca me llevaba a laa reuniones eso ademaa de otros traatornos del ego se parece al copy/paste que mencionas me lo imaginaba emitiendo “sus contundentes opiniones” hoy me río pero en algunos uellos tiempos me daba rabia y verguenza ajena

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    • Para mí eso cuenta como copiar/pegar. Y estoy seguro de que hay muchos empleados a los que les hacen eso. Porque lo más lamentable del asunto es que muchos de los que practican estas conductas son los que ocupan cargos “creativos” y como no saben crear por su cuenta, se aprovechan de sus empleados, sin darle ningún mérito.

      Le gusta a 1 persona

  2. Pingback: Todo sobre citas textuales, paráfrasis y plagio | convictoryconfeso

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