Fábula de un animal invisible

El hecho –particular y sin importancia– de que no lo veas, no significa que Wilfredo Machado no exista, o que no esté aquí, detrás de esta y cualquier historia de un animal imposible: de unos leones con habilidad para retardar la recompensa, de lobos capuletos drogados de amor voraz por corderos montescos, de monstruos de circos internacionales engendrados por bestias humanas, sirenas de voces vergonzosamente desgastadas por el tiempo, narvales buscando vindicta, palomas psicopómpicas, un camello saltador de ojos de aguja, un leopardo homosexual.

Muy bien, el leopardo homosexual es de Barrera Tyszka, pero precisamente esa es la grandeza de este animal invisible. Que está detrás de todo y todos los animales imposibles: las bestias de Arreola y Borges, los hermosos y frágiles animales de Denevi –los que nunca lograron bajar del arca–, el machete de Gálvez Romero, los zorros de Pu Sung-Ling, los monos pacíficos y conformistas de Halley Mora –los que fueron expulsados de los árboles–, el dinosaurio de despertares o el burro melómano de Monterroso, las mariposas oníricas de Chuang Tzu y las instantáneas de Elizondo, e incluso los cronopios de Cortázar o los animales parlantes de Esopo y La Fontaine.

No importa qué fue primero, si el huevo o la gallina, si Machado o cualquier otro animal invisible, como lo supo el Noé de Bustamante Zamudio, cuando elegía las aves de corral que entrarían al arca, y terminó encontrándose frente a frente con la protogallina y no sabemos si con una respuesta a este dilema. También lo supo Genette y, antes que él, Darwin. Todo animal sobre la tierra, factible o imposible, tangible o invisible, es un palimpsesto del primer organismo unicelular, pero también del último organismo multicelular. Porque los palimpsestos no tienen cronología. Viajan por autopistas transdiegéticas. Y en medio de esas autopistas, de esas páginas mecanografiadas, detrás de ellas, a un lado, de frente, siempre está el animal invisible mayor, Wilfredo Machado, mimetizado, confundiéndose con la tipografía, trabajando en equipo con tu miopía, para impedirte ver lo obvio: Fábula de un animal invisible es el ancestro común, el eslabón perdido, el hipotexto mayor.

El que no lo veas, no significa que Machado no esté allí, acechando desde algún lugar de la página en blanco, preparado y ansioso por saltar sobre tu animal, devorarlo y dejarte desnudo, sin letras, sin cuento, mientras él se regresa a su rincón, henchido o hinchado como la serpiente–sombrero de Saint-Exupéry, rizado o liso como las serpientes de Elphick, de frente o de retroceso como la culebra ciega de Brigue.

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