Las rutas salvajes de Jon Krakauer y Sean Penn

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Pocas veces el cine me ha golpeado tan duro como lo hizo con Into the Wild (Hacia rutas salvajes), de Sean Penn. Esta película, que narra la historia real de Chris McCandless, que narra su aventura recorriendo a pie, a kayak, a dedo, a pulso, la mitad de los Estados Unidos, para culminar con su travesía por la Senda de la Estampida en Alaska, es sencillamente una prueba de fuego para las emociones, para dejar expuesta nuestra vulnerabilidad por medio de la proyección y la empatía. A simple vista podría parecer una road movie más, pero aquí pesan más los interludios estáticos que el movimiento, pesan más la conversación, la lectura y el diálogo interno que la acción.

Así que sí, en efecto es una road movie, pero también es una cosa muy distinta, más profunda, más salvaje y más simple. Para terminar de descubrir qué es eso que distingue a esta historia de otras del género, es necesario adentrarse en el libro, el reportaje novelado de Jon Krakauer, que se encarga de pasar la lupa a cada pequeño detalle, permitiéndonos contestar todas las respuestas que deja abierta la película, o que pudo haber dejado la historia real.

Aquí trataré de hacer un pequeño análisis de ambas producciones, y convencerlos de que se acerquen a las dos si aún no lo han hecho. Por ello, trataré de mantener el asunto de los spoilers al mínimo.

Empecemos haciendo un pequeño resumen sobre la obra (sobre ambas obras): Chris McCandless es un joven modelo que recién termina sus estudios universitarios, y decide romper con todo lo que hasta ahora lo ha arropado en su vida: su familia, su dinero, su “futuro”. O acaso el futuro que le habían trazado, el dinero en el que nunca creyó, la familia que en mala hora le tocó. Porque parece ser que parte de lo que lleva a Chris a tal acto de desprendimiento y desarraigo es un conflicto añejo con sus padres, con su ideal de vida, pero sobre todo con la hipocresía que veía en este. Dentro de ese ideal de vida, el dinero, el conseguir y hacerse de un buen dinero, era parte fundamental. De allí que Chris desarrollara progresivamente un rechazo por este instrumento. De allí que ese “futuro” que le habían trazado le generara tanto asco. Sin embargo, soportó el peso de ese “futuro”, de esos dictámenes familiares, de la presión por el dinero, hasta que hubo terminado su carrera, que posiblemente a sus ojos significaba el haber cumplido el simbolismo de ser el hijo modelo, para ahora permitirse deshacerse de ese rol por completo. Así que dona todo su dinero, toma las llaves de su auto (que más tarde dejaría a la deriva para continuar a pie) y se fuga del mundo sin avisarle a nadie, y con el corazón poseso por una idea: lograr vivir en lo salvaje, en la naturaleza, sin más recursos que los que esta acepte proveerle, durante el mayor tiempo posible. Para ello toma la ruta hacia Alaska, pues es allí donde cree que debe ser su prueba final. Y antes de llegar a ese lugar, recorre la mitad de los Estados Unidos, conoce a gente increíble y debe enfrentarse a experiencias que parecen diseñadas dentro del marco de la ficción, y que continuamente nos llevan a olvidarnos de que lo que consumimos es una historia real.

Y he allí uno de los puntos más importantes de la obra; de ambas, pero sobre todo del libro: el manejo decoroso de los elementos fantásticos dentro de esta historia real. Es realmente meritorio el trabajo compilatorio que ha hecho Krakauer para completar este libro. Porque ha buscado en cada uno de los rincones donde esta historia se sostuvo, hasta los más pequeños, y en cada uno de ellos encontró oro narrativo. A ratos (muy continuamente) parece insólito que todos los elementos que rodean a esta historia sean tan increíbles, tan “escritos”. Sabemos que existe el tópico sobre la realidad que, en ocasiones, supera a la fantasía. Pero la realidad, cuando roza lo ficcional, no necesariamente lo hace en todos sus tentáculos. En la historia de Chris McCandless sí. Y ello es lo que hace que este reportaje se torne en novela. Los personajes secundarios también tienen una participación profunda, se enfrentan a decisiones dramáticas, y parecen pintados por guionistas que buscaban generar un efecto en su audiencia. Incluso el Datsun de Chris, el auto con el que parte hacia rutas salvajes, tiene una historia de fondo interesante, y desligada de Chris; independiente de él.

Pero de nada hubiera servido encontrar este oro narrativo, si la forma de verterlo en el texto hubiera evidenciado la sorpresa del autor, la necesidad de volcar todo el amarillismo posible, de darnos golpes con el dedo en la frente mientras nos repite una y otra vez “¿Viste cuán genial es esta historia, cuántas cosas fantásticas pasan? Y las descubrí yo solito”. Ese tipo de tentaciones está muy presente en los libros documentales. Recientemente, de hecho, he completado la lectura de otro reportaje novelado que no pasa esta prueba, aunque aquí no venga a cuento el nombre o el autor. Entonces, el verdadero mérito de Jon Krakauer es mantener el equilibrio entre presentarnos con fanfarrias estos hallazgos y presentarlos con humildad y decoro. Sabiendo que después de todo fue la vida quien inventó esta historia y no él, que tampoco fue su descubridor, aunque sí su investigador más afanado.

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Esto también se observa perfectamente en la película. Solo que el libro se lleva el mérito por presentar muchas más de estas historias secundarias, estando la película más centrada en Chris McCandles, su familia y algunas figuras claves conocidas en el camino. Por dar un ejemplo, la anécdota del Datsun no se presenta en la película. Pero ello también es celebrable. Porque la película es un producto muy distinto al libro, y estas decisiones sobre qué presentar y qué no es lo que la convierten en una obra mucho más desgarradora que el libro mismo, sin necesidad de alterar pasajes o llenarlos de drama innecesario. Se podría decir que, en base a esta selección de las anécdotas secundarias, el libro se vuelve un producto más reflexivo y cerebral y la película un producto más empático y emocional. Aunque el libro también busque y consiga la empatía, lo mismo que la película propicie y alcance la reflexión.

Por esta razón, pienso que el orden correcto para consumir la historia de Chris McCandles es, primero la película, para emocionarse, sufrir, tentarse a querer vivir su aventura en carne propia, segundo el libro, para comprender las decisiones de Chris, que en la película quedan más oscuras, para integrar y cerrar el ciclo emocional que la película abrió. De consumirla en el orden contrario (que es el orden real de publicación), es probable que la película no emocione, porque toda lo cerebral del libro ha anulado la posibilidad. Aunque en ese caso, asumo que el libro se volvería un objeto más emocional, pues también es cierto que la película le roba parte de ese aspecto. Son cosas que simplemente presumo y no puedo saber, porque mi experiencia, que fue primero película y después libro no es intercambiable, y no hay forma de saber cómo se daría de otra forma. Sin embargo, quedan advertidos, pero sobre todo quedan invitados a intentarlo de esta forma, porque una de las cosas más grandiosas que es posible sacar de esta historia es el remover emociones que quizás ni sabíamos que teníamos.

Allí, entonces, es donde se crece el trabajo de Sean Penn como director. En psicoanálisis se habla del goce como una suerte de disfrute que convive con el sufrimiento. Muchas de las cosas que experimentamos en nuestra vida nos dan un disfrute que es tan alto como el mayor de los placeres y tan doloroso como el mayor de los sufrimientos. Recrear estas emociones tan complejas en el cine no es nada fácil, y Sean Penn lo logra con maestría. Toda la alegría que produce la historia de Chris, todo el positivismo, la sensación de victoria, viene a mezclarse también con la frustración, la rabia, la tristeza. Y no hablo de que diferentes escenas produzcan cada grupo de estas emociones polares. Hablo de escenas que producen en simultáneo todas estas emociones, y de una película que es un viaje continuo por ese goce tan difícil de traducir a palabras, pero que tan diáfano se siente en el pecho.

Es la elección del orden de las escenas, de las revelaciones, de los diferentes puntos de clímax, lo que te lleva, sin mayores posibilidades de control, a este escenario. Y por supuesto que ayuda la representación de Emile Hirsch en el papel de Chris McCandless, lo mismo que todas las demás actuaciones, cada una en el mismo nivel de depuración que la otra; lo que no es de extrañarse viniendo del trabajo de dirección de Sean Penn, quien es un genio de la credibilidad en sus trabajos como actor. Mientras se lee el libro, incluso haciendo uso de una imaginación prolija y aventajada, es bastante difícil recrear las escenas, los diálogos, los escenarios con el mismo nivel de realismo con el que la película lo plantea. De seguro, nuestro actor interno, el que se encarga de leer los diálogos transcritos por Krakauer, no lo hace tan bien como Emile Hirsch, como Catherine Keener, como Hal Holbrook. Es de agradecer, entonces, tan buenas actuaciones, tan pulcra fotografía, tan lograda musicalización, tan limpio guion, para llevarnos por esa ruta emocional, que es el verdadero sello de calidad de este trabajo.

Podría continuar escribiendo más detalles a favor de ambas obras: cómo el hecho de que Krakauer fuera alpinista lo vuelve el hombre ideal para contar la historia, cómo el afán intertextual, las historias de otros personajes reales similares a Chris, nos ayudan a comprenderlo mejor, cómo el libro y la película son una invitación a la lectura, por sus múltiples citas, etc. Pero me tomaría muchas más líneas de las que probablemente sea coherente si mi objetivo es convencerles en vez de aburrirles, pero sobre todo si mi objetivo es mantener la promesa de una reseña libre de spoilers. Lamentablemente, muchos de los mejores argumentos a favor de ambas producciones pasan por el filtro de tener que contar detalles importantes de la historia, que se la pueden arruinar a quien no la haya visto. Por eso, probablemente, lo adecuado sea poner el punto de cierre, no sin antes invitarles, aunque a estas alturas parezca redundante y obvio, a entrar en estas rutas salvajes, las de Sean Penn y las de Jon Krakauer, de ser preferible en ese orden. Y los espero luego en los comentarios, para compartir nuestras experiencias.

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Todas las imágenes son propiedad de Paramount Vantage, y aquí solo se utilizan con fin ilustrativo.

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