Homofobia

Compuesta únicamente de escamas, sin ojos, sin boca, sin nariz, sin extremidades, sin sexo, cada una de esas escamas es en realidad un minúsculo espejo. Probablemente, por debajo de esas escamas, no sea más que una masa gelatinosa informe y cambiante, y cuando toda su corporeidad se posa frente a alguien, lo transforma, lo trastoca como un espejo de feria, volviéndolo un monstruo indecible en continua transformación, en continua mutación, hasta que acaba por absorberlo. Allí adentro, o cambia o se queda hundido para siempre.

Quien queda frente a frente con este amasijo hecho de azogue y vidrio, ve cómo su propio rostro, su propio cuerpo cambia, segundo a segundo, y lo que se delata allí es un conjunto de realidades espantosas y aplastantes. Los brazos se vuelven tentáculos blandos que eructan jugos blancos y espesos y los depositan en la boca de su dueño mientras le abofetean. El cuerpo se vuelve una llaga sólida, cruzada por gruesas venas moradas, inyectadas de sangre, tiesas como ríos congelados y el hombre no puede evitar excitarse; se vuelve una cavidad rosada y húmeda, rodeada de baba pegajosa, y la mujer no puede evitar el orgasmo. La cabeza se torna una mucosa rugosa y los ojos desaparecen junto a los oídos.

Pero a medida que se pasa más tiempo frente a esta bestia hecha de espejos, su capacidad reflectiva aumenta y lo que puede verse, ahora, no es el cuerpo del espectador, sino su alma, su  sombra psíquica, formada por toda la basura reprimida. El sujeto de pronto se encuentra con todo lo que había rechazado de sí y cada una de esas piezas sueltas es como una sanguijuela que se pega a su piel, abrasándola y succionándole la cordura. El espectador no puede evitar llenarse de imágenes vívidas cuando las sanguijuelas se posan sobre su sexo. Se siente sexualmente abusado, y ve sobre sí mismo las imágenes de orgías de sujetos de su mismo sexo, que le poseen, le gritan obscenidades al oído, le muerden los labios, le hacen pedir clemencia y le arrancan más placer del que jamás ha sentido, y se siente perdido en un laberinto del que no es posible escapar.

El espectador queda atrapado dentro del monstruo hecho de espejos, y su corazón se llena de odio, de temor, de ira, de amor, de violencia, de sumisión, de confusión y se adquiere la consciencia de que no hay más de dos salidas de allí. Dentro de las escamas de la bestia, flotando en medio de la masa gelatinosa, se está como en una crisálida, y la única forma de romperla orgánicamente es cambiar. Volverse lo que se odia, lo que se teme, lo que se ama, lo que agrede, amenaza, seduce y confunde. Es eso o empezar a tragar toda la masa gelatinosa que rodea, cada escama que la recubre y guardarlo en lo más hondo del ser, en lo más oculto, esperando tener la suerte de que no salga nunca más. Si la suerte es aún mayor, es posible que se pueda seguir viviendo de forma pasiva, odiando y temiendo, sin tener que transformarse ni mirarse por dentro, sin volver a tropezarse con otro maldito espejo, aunque eso sea una esperanza inocente en este mundo que cada vez está más lleno de escamas, que brotan desde cualquier cuerpo.

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