Atados

El capitán del navío estaba agotado de las pérdidas humanas en su embarcación. Cada vez que atracaba en un puerto o asaltaban un barco enemigo, o encontraban algún tesoro escondido, las celebraciones les llevaban a quedar más borrachos que una cuba, y luego con el barco en movimiento, los grumetes ebrios resbalaban de cubierta y caían al mar. El capitán no podía hacer nada para remediarlo, pues detener el barco en la oscuridad para iniciar la búsqueda casi nunca traía resultados positivos. Así que no había otra opción que dejarlos a la deriva, a merced de los monstruos marinos y su propia fuerza limitada.

Conseguir nuevos grumetes nunca fue un inconveniente, a decir verdad. En cada puerto eran decenas de hombres ansiosos de mar y de sangre los que le ofrecían sus servicios. Pero ese cambio constante en la ficha de empleados empezaba a colmar los nervios del capitán. Así que decidió amarrarlos a todos del pie derecho con una driza de unos ciento cincuenta metros, que les permitía cumplir sus funciones dentro del barco y ser rescatados inmediatamente de una eventual caída. Al principio los marineros rechazaron la orden, pues les hacía sentirse esclavos en vez de piratas de salitre curtida. Pero cuando, tras la primera semana de prueba, notaron que 8 grumetes se habían salvado de caídas al mar, empezaron a verlo como una ventaja personal y aceptaron de buen grado estar atados.

Pasado un mes del experimento las cuerdas habían salvado 57 caídas al mar y no había muerto ningún grumete. Esa sensación de protección les llevó a sentirse invulnerables y ahora bebían más tras cada altercado, de modo que el capitán contaba con una tripulación de borrachos perpetuos. El alto nivel de alcohol en la sangre de los marinos más temprano que tarde terminó por despertar hasta el último de los impulsos agresivos; y los hombres de mar atados pasaban el día y la noche entre puños, espadas, navajas, patadas y botellas rotas. Esto de alguna manera no prevista aumentó sus destrezas en ataque y defensa, de modo que cuando asaltaban navíos enemigos, incluso borrachos a muerte, acababan con todos en la mitad del tiempo, recibiendo la mitad del daño, y sin soltarse de sus amarras. La driza los obligaba a actuar como un cardumen, como un ente con un cerebro colectivo; habilidad que utilizaban tanto para limpiar la cubierta de su barco, como para arrasar con piratas hostiles. Por ello el capitán no se quejó y les permitió seguir bebiendo y peleándose. La tasa de muertes había bajado de 6 a 8 semanales por resbalamiento a 2 0 3 quincenales por peleas internas.

Pero pronto el alcohol subió hasta el último rincón que quedaba sin ser afectado, y los marinos rasos empezaron a sentirse gloriosos, megalómanos, imbatibles. No pasó mucho tiempo antes de que cada hombre sobre aquella embarcación sintiera que podía ser un mejor capitán y que era justo el derrocamiento por sangre, hasta que todos fueran sus subordinados. Ahora las peleas eran porque nadie quería obedecer a nadie al tiempo que todos querían ser obedecidos. La batalla final se hizo inminente y a los pocos días estalló. Más de la mitad de la tripulación murió en el enfrentamiento interno y una buena parte quedó atascada en medio de los nudos que se hicieron durante la batalla, cuando las drizas tuvieron que enfrentarse entre sí en todas las direcciones.

Una alianza temporal de cinco guerreros, que habían asesinado a la mayoría, logró apresar al capitán al mástil del barco. Su destino sería decidido al día siguiente. Pero, primero, los cinco jefes de facto debían mostrar su autoridad y exigieron que se detuviera la carnicería. Prometieron a los supervivientes que cada uno tendría su propio barco para capitanear a finales del año si le ayudaban a ellos cinco a emprender la última gran empresa como equipo, que dejaría dividendos prácticamente infinitos. Los sobrevivientes aceptaron y comenzó el festín. Destaparon dos docenas de barriles de cerveza y vino y bebieron hasta no reconocerse sus propias manos. En menos de tres horas todos estaban ya dormidos.

El capitán, entonces, aprovechó para desatarse del mástil y se acercó hasta la base de las cuerdas de los cinco líderes de facto y las royó con su cuchillo sin terminar de reventarlas. Luego regresó al mástil y se ató de nuevo, con tiempo suficiente para dormir un par de horas antes de ser despertado por sus mercenarios sublevados, que se preparaban para ejecutarle. Pero, antes de que lograran hacerlo, consiguió que le concedieran hablar a todos por última vez.

Les advirtió de la ira de Poseidón contra los sublevados, les confesó que fue el mismo Dios de los Mares quien le habló en sueños para decirle que debía atar a sus hombres, pues era el destino de ese navío encontrar el más grande de los secretos humanos, superior a cualquier tesoro o la suma de todos. Poseidón le dijo que él pondría su protección al que tuviese la cuerda y le daría invulnerabilidad a costo de su fidelidad. De modo que los pocos hombres que habían muerto desde la primera atada solo lo habían hecho porque Poseidón les había encontrado infieles e indignos. El Dios de los Mares también le había advertido de esta batalla. Sabía que era necesaria para limpiar las últimas trazas de infidelidad. Y le dijo que había una única prueba posible. Debían vaciarse los depósitos de alcohol en una noche y los que amanecieran vivos eran los elegidos por Poseidón para ver sus glorias. Y para probar la grandeza del capitán, este debía estar atado sin ninguna atadura.

Muchos escépticos pusieron su voz al aire, pero los contraargumentos llegaron a tiempo para detener las dudas. Si el capitán intentaba cualquier cosa errada, había derecho abierto para matarle, y si caía al mar moriría en minutos en las aguas heladas. Su única escapatoria era sobrevivir, según lo indicado por el presagio de Poseidón. Se ofreció la oportunidad al que lo desease de desatarse y probar su grandeza, pero los hombres ya se habían vuelto dependientes de sus drizas como una extensión de su sensación de invulnerabilidad. Solo uno de los cinco capitanes de facto se atrevió a separar su pierna de la driza. Acto seguido, el capitán sentenciado a muerte metió sus dedos en la garganta y vomitó las llaves de la bóveda principal.

Treinta y dos barriles de alcohol, de entre ellos una reserva especial de alcohol puro destilado, veneno puro en las manos de un inexperto en la bebida, y fueron bebidos durante todo el día, toda la noche y parte de la madrugada. El capitán sentenciado brindó junto a todos los marineros y luego no bebió una gota más. A las horas empezaron a resbalar desde la cubierta los primeros borrachos, como siempre sucedía. Cuando regresaban ilesos a la embarcación, la sensación de ser elegidos por Poseidón le hacía beber con más ahínco. Algunos se cayeron al mar, que ese día estaba especialmente picado, dos o tres veces, y dos o tres veces fueron rescatados. A la llegada de la noche cayó el primer capitán de facto, y la tensión de la caída reventó su cuerda, ya sentida. Sin embargo, el mensaje no fue captado hasta que se reventó la cuerda del segundo. Ahora sí parecía razonable todo lo dicho por el sentenciado.

El tercero y último en caer fue el que se había rehusado a la cuerda. Los otros dos jefes de facto habían sobrevivido, pero a esas alturas el mensaje era lo suficientemente claro: Poseidón les había dado una segunda oportunidad para vivir una vida dedicada a resarcir su fidelidad con el verdadero y único capitán del barco, quien había sobrevivido sin el auxilio de una cuerda.

A la mañana siguiente, el capitán tomó el timón del barco y marcó rumbo noreste, sin decir una sola palabra a sus subordinados, que tomaron sus utensilios para empezar las faenas de limpieza del barco, también en silencio, con las cabezas latiéndoles de resaca y los corazones llenos de culpa y arrepentimiento. Las cuerdas se quedaron en sus piernas, atadas, firmemente, como debía ser.

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