Cuento para leer en el metro

Entre la cola para entrar, la dificultad de encontrar algún asidero, un muñón, un apéndice del vagón de donde sostenerse; entre la necesidad de levantar la mirada ante cualquier mujer hermosa que pase, cualquier fantasma de belleza que se pueda retener con la mirada cuando menos un instante; entre los penosos interludios que ocurren en cada estación, con bestias saliendo y bestias entrando, con un ecosistema que muta cada par de minutos; entre los anuncios del sistema de megafonía y los duros recuerdos de aquella conversación telefónica de hace tres días que te hiciera sentir un paria de las letras, un renegado de los beneficios de ser un escritor; ya solo alcanza para leer historias tan cortas como esta, tan vacías y despojadas. La literatura muere y el tren sigue llenándose de personajes sordos.

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