Tapefobia*

Entra en escena sin aviso previo, como el golpe de efecto de un drama griego, de un film de misterio, de un chiste morboso y malo; como el cierre gestáltico que produce la mente consciente y reproduce el brillo lunático de los ojos, cuando nota que su abdomen ha sido apuñalado y que le brota sangre por la comisura de los labios. Hay quienes la evitan a voluntad toda una vida, pero cuando menos a su final ella se encargará de hacer acto de presencia. Los menos afortunados se la encuentran tras cada esquina.

Es capaz de asumir una y mil formas y de allí su habilidad de camuflarse con la cotidianidad. Hay los que llevan un registro formal de sus máscaras y contabilizan decenas de millones de ellas. Y siguen apareciendo más. Nada puede detener su afán de renovarse. En el día puede resultar diminuta e indefensa, lo mismo que entre grandes grupos de personas. Pero la noche y la soledad la crecen. La enfermedad, en cambio, la vuelve una gigante. Mientras más crónica, mientras más terminal, mayor su tamaño, mayor su hambre, mayor su fuerza de arrastre.

Una vez te ha dominado, lo primero que hace es robarte la volición y arrastrarte hasta los escenarios donde puede hacerte verdadero daño, donde cuenta con refuerzos tan poderosos como ella misma. Se trata de entornos claustrofóbicos, sin importar su tamaño, porque de ninguno de ellos se puede escapar. Puede tratarse del más arcaico de los ataúdes, con 6 láminas de madera mal rematadas y mal martilladas, hundido como hueso de perro a no más de dos metros del piso, que pesan como si se estuviera en el mismo núcleo de la Tierra, que ahogan como humo del Inframundo entrando por tus fauces. O puede tratarse de un mausoleo digno de un príncipe hindú, con estatuas de oro fundido adornadas de coronas, diamantes y lajas.

Allí sobrevuelan los espíritus de dioses groseros, que festejan la farsa de un nuevo polizón en el limbo de los no muertos, de los enterrados vivos. Escupen a la víctima de turno, entran por sus oídos en forma de risas fatuas, manosean su humanidad, como una preparación para el acto final.

Una tribuna llena de héroes esperpénticos, de próceres carcomidos por los gusanos, de luminarias reducidas a sacos de huesos ambulantes, de dioses aburridos y contaminados de omnipotencia subutilizada, se sienta a presenciar el espectáculo. Corre el dinero, las joyas, viejas monedas y dientes de oro dentro del panteón, dentro de la urna. Corre también la sangre y el esperma rancio. Hay lujuria, fermentada como alcohol barato, dentro de las gradas. Hay ojos desorbitados y deseosos de acción. Algunos apuestan que no lo logrará, que acabará con su propia vida, para evitar el ahogo del encierro. Las conjeturas sobre los medios para el suicidio hinchan las entrepiernas de los próceres. Otros, menos afectados por el cinismo que es posible alcanzar en ese estadio del alma y el cuerpo, apuestan por el agotamiento natural, el rictus que todo lo apaga sin más, pero esperan ver un largo sufrimiento, uno que haga valer la espera. Y un último grupo, el de los que aún conservan cierto romanticismo, apuestan por nudillos y dedos reventados y una eventual salida del lugar de encierro equivocado, una victoria como la que hubieran deseado para sí mismos.

Una vez afuera, los dioses y sus invitados no pueden salir, pero la del millón de máscaras sí. Y apenas afuera empieza a oler la cercanía de la noche, la soledad, la enfermedad, y se acerca, como si un delirium tremens la moviera, hacia los ojos inatentos de un incauto, que no puede evitar el golpe de efecto, el repentino terror, como si una puñalada le hubiera atravesado, como si un infarto hubiera vuelto piedra su corazón. Y allí no hay grito que valga. Toca empezar a arañar la madera, romperse las manos, comer tierra, para escapar y, tarde o temprano, volver a ser atrapado.

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* Este cuento fue escrito para la revista literaria Los Hermanos Chang, para su número 50: Panteón de los Hermanos Chang. Léela por aquí.

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