Sobre “Breve manual para reconocer minicuentos”

portada 1.AIEmpiezo con la contundencia que creo necesaria: el mejor libro que he leído sobre microficción. Sé que Violeta prefiere el término minicuento, pero yo todavía no me convenzo (más que todo por un asunto de sonoridad), de modo que sigo diciéndolo de la forma en que me acostumbré. Con un excelente abordaje teórico y una selección genial de microcuentos, este libro es un buen ejemplo de aquello de los dos pájaros que se pueden matar de un solo tiro. Aunque eso sería así solo si se le lee con visión limitada. De otra forma, este libro puede llevarnos a matar media docena de pájaros de un solo y minúsculo tiro. Nunca un libro teórico había sido tan fiel a la forma del tópico que estudia. Es un libro breve que habla sobre la narrativa más breve de todas. Y es un libro que se hace extenso en las interpretaciones que se pueden hacer de él, en la utilidad que es posible sacarle, justo como el género al que estudia.

Ya antes dije que la selección de cuentos es genial, aunque es importante entender que este no es un libro de cuentos, ni una antología o una selección. Los cuentos en este libro están allí por un fin pedagógico, para ilustrarnos ciertos puntos abordados en el magistral discurso del libro. Y es fabuloso leer microcuentos harto conocidos (entre algunos más extraños) a la luz de las explicaciones y conceptos de Violeta Rojo (o los otros autores citados). Si eres de esos que se ríen cuando le cuentan el chiste y cuando se lo explican, no porque a la primera no lo entendiste, sino porque disfrutas de la narración y su posterior metanarración como dos historias diferentes, de seguro entonces te entretendrás el doble con los microcuentos contenidos en el libro. Yo recomiendo por ello, hacer la lectura de la selección, por separado, antes de leer el libro (su parte teórica), y luego leerlos en el orden en que el discurso lo va obligando. Así cada historia se multiplica en su alcance y de pronto podemos encontrarnos ya no con el microcuento, sino con el autor, desnudo, escribiéndolo, y esa es otra historia que vale la pena contarse.

El discurso del libro es perfectamente pedagógico y accesible (como podría deducirse de lo anterior), incluso para el que jamás se ha acercado a este “género desgenerado” (como dice ella). Pero no por ello es menos profundo. Así que no hay excusas, ni para los que dicen que no les gustan las cosas complejas o que no tienen una lectura entrenada a la teoría, ni para los que dicen que no les gustan las cosas fáciles por demasiado unidimensionales. Las conclusiones a las que intenta llegar Violeta Rojo son maduras, pues son personales a la vez que conscientes de todo lo dicho y comentado acerca de la microficción por otros autores. Es por eso que este libro también es un reservorio vivo de muchas de las cosas más importantes que se han dicho o escrito sobre microficción. La investigación bibliográfica que sustenta al libro es envidiable, y mucho más en un tema donde las fuentes están escondidas con un celo casi irracional, o se han perdido por la falta de espíritu compilador. Por ello este libro es presente y pasado de la microficción, apuntando clara e inteligentemente al futuro. Es una hemeroteca comentada resumida, pero también es un libro de autor en toda ley.

Sabemos, además de lo que se ha comentado hasta ahora, que “Breve manual para reconocer minicuentos” es un resumen de la tesis doctoral de Violeta Rojo, y que a pesar de lo sencillo de su apariencia, se entiende perfectamente que es un trabajo complejo, con estructura propia de quien ha seguido las metodologías que dicta la academia, y por ello resulta muy valioso como instrumento de conocimiento y reconocimiento de este género, y no solo de manera informal (como lo leí yo, por ejemplo). Por ello es natural que con los años se haya vuelto casi un libro de culto dentro del reducido grupo de los estudiosos de la microficción (o sus hacedores), y que se le cite y se tome como referencia (tanto al libro como a su autora) en casi cualquier conversación sobre narrativa donde alguien use los prefijos “micro”, “mini” o cualquier otro parecido.

Cuando leí este libro tenía ya un par de años haciendo microficción y leyendo de forma desprolija sobre esta (en la narrativa de más extensión llevaba unos cuantos años más). Lo cierto es que su lectura resultó para mí una catapulta hacia la inspiración y hacia el uso más consciente de los componentes que debe tener una buena historia. Por ello, los días posteriores a la lectura estuvieron llenos de nuevos cuentos, tanto “micros” como de extensión regular. Este es de hecho, uno de los libros que más he rayado en mi vida (cosa que hago muy rara vez) y algunos de los rayones hechos fueron cuentos o esquemas de ellos. Si tuviera que hacer un repaso de todos mis libros, diría que este es el más vivo de todos cuanto he tenido, en tanto lo leído, releído, rayado y vuelto a rayar. Además, es uno de los libros que más he prestado, y afortunadamente siempre me ha sido devuelto (que debemos saber, es otra rareza de esta empresa de la lectura). Ahora está en mi biblioteca, un poco arrugado y doblado, pero muy lleno de vida. Por ello, cuando digo que este es el mejor libro de microcuentos que he leído, quizás más que exageración o falta de tino (lo digo ateniéndome a quien no opine igual a mí), lo que influye es la afectación personal. En definitiva, se trata de un libro que llegó a mis manos en el momento exacto y de allí el aprecio que le tengo.

Mentiría, entonces, si no digo que este libro representó una influencia y un empuje muy importantes en la búsqueda de mi voz narrativa (independientemente de la extensión con que la intentara) y que todavía para la fecha, sus enseñanzas siguen siendo recordatorios perennes sobre lo que debo y no debo hacer al escribir microficción, y otro tanto cuando escribo narrativa más extensa. No digo, por supuesto, que sea el mejor alumnno de sus enseñanzas, o siquiera que realmente las haya entendido de una forma productiva para mis letras. Digo que su influencia, para bien o para mal, está en todo lo que para la fecha soy capaz de escribir (al menos en microficción). Para mí, eso es meritorio, teniendo en cuenta toda la teoría que había leído previamente, y que no había producido ningún efecto similar.

Estoy seguro de que todo esto que les cuento no es más que el producto de una interacción muy personal que viví con la lectura del libro, de modo que no sería sensato decir que este efecto es esperable en cualquier lector. Me refiero sobre todo al asunto de que el libro propicie un alza de inspiración para la escritura. El asunto es que yo siempre he creído que a la inspiración hay que educarla. Ese es un principio por el que me he guiado desde mucho tiempo antes a que este libro llegara a a mis manos. Y una vez llegó, no ha hecho más que corroborar esta premisa. Por ello, sí me atrevería a decirle a otro posible lector que el mérito de este libro está en la posibilidad de educarnos como lectores o escritores de microficción, y que no hay educación que valga si no es puesta a prueba, si no se practica lo aprendido. Así que, una vez leído el libro, no estaría nada mal hacer lo que Picasso, y ponernos a trabajar para que la inspiración nos encuentre en buen momento, pero ahora, además, educada.

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