El traje nuevo del emperador

A veces la política parece sucia. Pero hay cosas que un hombre decente debe hacer para mantener su poder. Después de todo el poder es lo único que nos permite separarnos del resto de los individuos de una sociedad, con la posibilidad de hacer un bien o no hacer ninguno. Es claro que con poder se puede hacer mucho mal, pero sin poder el alcance de cualquier bien será demasiado limitado como para tomarlo en cuenta.

Y la cuestión es que vivimos en tiempos convulsos. Yo mismo confieso no entender las necesidades del pueblo que lidero. No entiendo qué pasa por sus retorcidas cabezas como para que ciertas acciones aberradas, como nuestros viajes televisados de safari cazando animales en peligro de extinción, nos aumenten en la escala de popularidad. Yo confieso que odio la caza. Me parece una actividad cruenta e inhumana. Pero mis asesores me dicen que las monarquías necesitan regresar a los tabloides si no queremos perder el último hálito de influencia que nos queda. Allí volvemos al asunto del poder y cómo mantenerlo.

Entonces un grupo de analistas se sientan en una mesa redonda, escriben como locos en post-its de colores que luego pegan en todo el salón, porque así les enseñaron en la universidad que se estimulan todos los sentidos. Entonces gritan, cacarean, hacen ejercicios de confianza dejándose caer de espaldas sobre los brazos de los otros miembros de su equipo, beben café, usan ula-ulas mientras explotan globos con palabras al azar que deben asociar a una idea, hasta que al final del día, con pintura de labios sobre todo el rostro, han logrado crear una nueva estrategia: El rey debe cazar elefantes y posar indolente en una foto, que se volverá pública pagando a cada diario a lo largo y ancho de nuestro reinado.

Y viene la parte donde yo debo cumplir y tomar el asqueroso fusil y hacer lo que me ordenan. Y los malditos tienen razón. Tres semanas después las encuestas indican que el pueblo cada vez cree menos en la monarquía, pero eso es justo lo que los analistas buscaban, pues la lástima vende, la polémica vende, y de pronto estoy de nuevo de giras, firmando acuerdos importantes y soy de nuevo alguien con autoridad y poder. Confieso que debo estar demasiado viejo, o el mundo debe haber cambiado sin que lo notara, pero no entiendo cómo es que esto sirve de algo. Siento que reino un pueblo de idiotas sin criterio.

Ahora mis asesores se han vuelto a reunir conmigo, mostrándome cifras desalentadoras, que pueden cambiar si aplico la solución a la que han llegado. Debo salir desnudo a un acto público y mediatizado. O en todo caso debo salir vestido con un traje invisible. Un traje que efectivamente es tan invisible como inexistente, pues en realidad no vestiré ninguna pieza de ropa, pero me pararé ante las cámaras y diré que llevo puesta ropa invisible, que solo los inteligentes pueden ver. Mis asesores tratan de calmarme diciendo que no es tan grave como pienso. No se trata de imitar el cuento de Andersen, sino de usarlo como alegoría.

Después de asegurar que llevo un traje, tendría que desmentirme, incluso a pesar de lo obvio. Tras desmentir lo dicho, tocaría interpelarlos. Cuestionarles por su falta de fe en mí. Les recordaría que en épocas de cuentos de hadas un rey podía caminar desnudo y decir que vestía telas mágicas que solo los inteligentes podían ver, y nadie se atrevía a llamarle senil o idiota. Pero que estaba seguro que eso era lo que había pensado cada uno al verme así, y lo mismo que pensarían si me hubiera parado allí completamente vestido, a decir que tengo planes para modernizar la monarquía, demasiado arcaica y vetusta. Hablar de modernizar sin usar un gesto moderno, es poner palabras en sacos huecos. Mi desnudez, se supone probaría, no solo el nivel de mi cordura y criterio político, sino mi compromiso con el cambio. Luego de eso, tendría que excusarme y regresar para ponerme algo de ropa, no sin antes agregar que en una siguiente rueda de prensa haría públicas las nuevas medidas para modernizar la monarquía. No podía decirlas en ese momento, no solo por no extender mi desnudez, sino porque mi grupo de asesores aún no había pensado siquiera en la primera medida. Se les había acabado todo el confeti solo en la idea del traje invisible. Ya tendrían tiempo de pensar lo demás, me decían, aunque quizás nunca hiciera falta.

Definitivamente no entiendo el mundo en el que me tocó reinar. A veces la política parece sucia, alimentando el beneficio de la duda, y el resto de las veces sencillamente es sucia sin ninguna duda. Aunque precisamente apelando a eliminar esa sensación de suciedad, mis asesores me han recomendado que afeite mis genitales, pues las encuestas dicen que la población confía más en los hombres lampiños, y de esa forma mi desnudez pública tendrá más credibilidad. Jamás he usado una navaja para afeitar esas partes de mi hombría, y temo hacer un mal corte y morir desangrado.

No sé por qué, pero he empezado a pensar que mis asesores están buscando la forma de que yo mismo acabe con mi vida, mi carrera o mi credibilidad, y sencillamente les da igual cuál de todas las cosas se acabe primero.

He decidido no afeitarme y que se jodan esos afeminados idiotas. Puedo cazar animales y salir desnudo en público, pero hasta allí. Toca hacerles entender que el rey soy yo. Espero que me crean.

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3 comentarios en “El traje nuevo del emperador

  1. http://goo.gl/9hw9FU Así mismito me he quedado después de leer tu historia, B. Casi me engañas y aunque tiene una perfecta lógica eso de “no importa si es bien o mal, lo importante es que se hable” en la publicidad, sigo dudando de que esa sea la razón por la que se encuentren reyes en este siglo cazando animales en peligro de extinción. Si bien es cierto que ser el centro de atención otorga cierta influencia en el público, un acto de ese tipo solo sirve para seguir debilitando un sistema ya caduco (como los mismos que los lideran) y sólo contribuye a su cuestionamiento tanto funcional como ético y moral. (Esa monarquía en concreto no creo que necesite más publicidad de la que ya sus señora hija y su respectivo esposo le están dando) Ahora bien, dicho esto, debo decir que la historia me ha encantado y de hecho se me ocurren algunos lideres (no necesariamente reyes) que más de una vez han usado el fulano traje para opacar a todo lo que no sea ellos y funciona de maravilla. A la perfección. Yo misma he caído en la dinámica de distraerme con lo que no es importante.

    Frase favorita: A veces la política parece sucia, alimentando el beneficio de la duda, y el resto de las veces sencillamente es sucia sin ninguna duda.

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    • Jejeje. Me da mucha risa la cara con la que quedaste. Eso significa que hice bien mi trabajo. Fíjate que “El traje nuevo del emperador” es una historia sobre el engaño. Un emperador que se deja estafar por supuestos asesores de imagen. Aquí la idea es que quede la duda (al estilo Fry) de “no sé si es que esto definitivamente me hará subir mi popularidad, o estos asesores por el contrario quieren hundirme”. En cualquiera de los casos, yo tampoco creo que lo de las cacerías de animales en vía de extinción sea algo tan orquestado. Simple y pura espontaneidad de quienes creen que el tamaño de sus fortunas debe ser relativo al tamaño de los animales que matan. O puede que sin querer queriendo haya descubierto la verdad tras como se decidió tal acto de anacronismo.

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  2. Pingback: LDI. 9na Entrega. A veces la política parece sucia | Escriturama

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