Luminoso amarillo de Mempo Giardinelli

MempoGEstoy consciente de que al expresar mi opinión acerca de Luminoso amarillo y otros cuentos de Mempo Giardinelli no estoy haciendo más que el ejercicio de verter mis pensamientos, para no perder la capacidad de reflexionar sobre lo leído. Esta reseña, por ello, no persigue fin académico alguno. Lo único que intenta ser es un comodín personal, para que lo recién leído no se pierda en el extenso mar de mis recuerdos mal alimentados. Y no intento nada de envergadura con este texto, pues, he de confesar que tras la lectura de él, he quedado con más dudas que certezas. Presumo que esto se debe a que “Luminoso amarillo…” es el primer libro de este autor que he tenido entre mis manos, y mientras no lea otra de sus obras voy a sentir esa falta de asidero que me impide expresar mi opinión con más rigor. Quedan advertidos, entonces, sobre lo que podrán conseguir a continuación. 

——————–

Compuesto por 19 cuentos, de corta y mediana extensión, Luminoso amarillo y otros cuentos es, cuando menos, un libro raro. Se trata de una simple selección de cuentos, sin orden ni concierto, y eso se nota desde temprano, pero tampoco es que se extrañe una estructura diferente. A decir verdad, esto puede facilitar que la lectura del libro se haga a modo de picoteo, leyendo primero un cuento por acá y luego otro por aquel lado, pues no hay secuencia ni tema central. Con tantos libros de cuento que manejan una estructura que exige un rigor en su lectura, podría agradecerse una selección despreocupada de cuentos, que permitan libertad al leer. La estructura simple, digamos meramente acumulativa, de este libro de Mempo, hace posible una lectura libre y voluntaria, que permite que cada cuento se asuma como una unidad. Pero es esa misma estructura acumulativa, la que me hace pensar que no he leído un solo libro de Mempo, sino varios colapsados en uno solo. Y allí es donde comienzan mis mayores confusiones.

Si bien, al leer este libro, te tropiezas con obras de arte excepcionales como “El tipo” (mi favorito, sin duda alguna, de todo el libro), o con cuentos pulcramente escritos como “Naturaleza muerta con odio”, también te encuentras con otros relatos, que por el momento prefiero no poner sobre el tapete, donde parece haber una constante, que resulta, al menos a mí, bastante desagradable. Nos encontramos con personajes, que si bien son productos claros de la cotidianidad, la extrema cercanía lograda a través de la narración, muy detallada y consciente, los vuelve sujetos complejos, hondos, reflexivos, que te llevan, a lo largo de unas 5 o 7 páginas, a través de un paseo mágico, donde sientes un in crescendo emocional levísimo, pero que aun así te lleva a pensar que todo puede pasar, que la naturaleza humana está llena de anomalías tan absurdas como líricas, y que el germen de una buena historia puede estar en casi cualquier minucia. Pero, luego de todo este preámbulo, hermoso, quirúrgicamente escrito, el autor se lanza a un final insípido, poco trabajado, que no le hace honor a lo que le precede.

Uno podría decir que se desboca en el final, como le pasa a muchos autores, que no logran controlar las riendas de su cuento, y el temor les hace lanzarse a un barranco penoso, que lleva al cuento a un final abrupto e irrespetuoso. Pero, a mi parecer, esto no es lo que pasa con Giardinelli. Mempo lleva sus riendas bien firmes a lo largo de todo el relato, y luego, cuando llega el obstáculo más alto que su bestia debe saltar, el último, para cerrar una carrera limpia, sencillamente, y con el pulso perfectamente sereno, le pide a su bestia que se detenga, ante la mirada atónita del público. Es decir, parece una decisión consciente del autor, detener sus relatos de forma tan seca y desabrida. Como si se hubiera aburrido de escribir.

——————–

Para continuar con este análisis informal, es necesario que traigamos a colación el tema de la narrativa oral, pues parece ser, según mi interpretación, una influencia fuerte en esta obra de Giardinelli, sino en forma, cuando menos en fondo.

Cuando nosotros contamos una anécdota curiosa de nuestra vida, no es obligatorio que la misma tenga un final de impacto, y mucho menos que nosotros, como narradores orales, sepamos cuándo y con qué justas palabras detener nuestro relato, para dejar a nuestra audiencia, con la sensación de que nuestra anécdota es grandiosa. Por lo general, el relato oral, por ocurrir de forma espontánea, como sucede en la mayoría de sus casos, no permite una planificación de lo dicho, ni mucho menos de los recursos para decirlo. Básicamente, el éxito de un relato oral depende de dos cosas: que la anécdota sea entretenida y que el narrador tenga habilidades de oratoria que permitan mantener la atención de quienes le escuchan.

Pero, la narración oral también es un arte. Hay quien no se toma esto a la ligera, y planifica hasta el menor de los detalles de lo que narrará oralmente, y se entrena para pulir sus habilidades de oratoria. Para estos sujetos, no existe aquello de “es que es una anécdota tonta”. En sus manos, o en su boca más propiamente, hasta la más tonta de las anécdotas, puede volverse un relato que mantenga en un hilo la atención de sus espectadores de principio a fin, y los deje con la sensación de querer más.

Volviendo a Mempo, lo que me confunde es que, llevándolo a territorio de la narrativa oral (solo para facilitar la expresión de mi idea), no sabría si catalogarlo de: 1. aquel que cuenta ante su auditorio, con gran tino pero con despreocupación estructural, una anécdota de impacto, que lamentablemente tiene más fuerza en su desarrollo que en su clímax, o 2. como un sujeto que se prepara conscientemente para narrar algo insípido, que ha vuelto grande gracias a sus habilidades, pero que a su final, decide acabarlo tan insípidamente como en realidad siempre fue.

La duda de esto viene de que la mayoría de los cuentos narran anécdotas sencillísimas: un niño ansioso por conocer el mar, un hombre solo en una fiesta de navidad, un adolescente que desea sexualmente a su tía, etc. Pero también hay otros cuentos que narran anécdotas raras, como El libro perdido de Borges, La máquina de dar besitos o Kilómetro 11 (otro de mis favoritos del libro). Tanto en los de anécdota sencilla como los de anécdota complicada, nos encontramos con ejemplos donde el final parece puesto a propósito para decepcionar. Donde parece que el autor se ha planteado sacarnos de la clásica estructura que apuesta todo por el clímax. Como decía, en la anécdota oral, muchas veces el clímax no existe, o aparece desperdigado en momentos estructuralmente inoportunos. En estos casos, el énfasis está puesto en el desarrollo mismo de la historia, pues no hay más que eso para contar.

Lo que lastima la comparación con el género oral es el preciosismo y excesivo cuidado del lenguaje, y sobre todo la profunda atención al detalle en los dos primeros tercios de cada cuento. Llegados a este punto, toda posible comparación con el género oral se acaba, pues como había dicho antes, el que cuida los detalles hasta este nivel en la narrativa oral, es porque domina a consciencia sus formas. El que se entrega al desarrollo, sin preocupaciones formales, por lo general no llega a un lenguaje similar al de Mempo. Entonces, es claro que no podemos decir que este sea un libro que intente explorar el universo de la narrativa oral, a través de la escrita. Pero de no colocarla como referente, entonces habría que dejar peor parado a Mempo como autor.

Uno de los cuentos que podría dar más pistas al respecto es El castigo de Dios, donde se presenta un doble narrador, siendo el narrador principal, uno de tipo oral, de estos que se preocupan por refinar su arte. Pero así como cuida cada pequenísimo detalle de su narración oral durante los dos primeros tercios del cuento, de la misma forma que Mempo se descuida al final, y termina el cuento (un cuento que se vislumbraba desgarrador y emotivo) sin ninguna gracia. Lo curioso es que el narrador principal, cuya mayor función es acelerar el relato a través de elipsis, también se encarga, a lo largo del texto, de juzgar al narrador oral, por su metódico cuidado del lenguaje, y cómo esto no resulta funcional. Textualmente dice: “… agrega el Toto, en su estilo florido, esa retórica de abogado que le jode todo lo que escribe y que -parece mentira- sigue intacta”. A ese punto de mi lectura, no pude dejar de preguntarme si aquello no era una irrupción de Mempo en el relato, tratando de decirse algo a sí mismo. Pero, de nuevo, sin haber leído nada más de él, no es mucho lo que puedo concluir.

——————–

Lo cierto es que hay algunos cuentos donde esta estructura funciona. Y en esos casos es porque el tratamiento que se hace a lo largo de esos dos primeros tercios, que invariablemente son los más desarrollados y trabajados, permite anticipar el final abrupto, o acaso lo vuelven necesario. Los casos más evidentes podrían constituirlos los cuentos de corte erótico. Sabemos que el sexo es más desarrollo que clímax (cuando hablamos de literatura) y después del clímax es poco lo que queda: bañarse y vestirse. Por ello no resulta extraño que los cierres se precipiten después de que los actos concluyan. Los tres cuentos eróticos de este libro comparten la misma estructura: Tensión sexual sostenida, acto sexual, separación.

No en balde, se podría decir que esta es la misma fórmula de todos los cuentos de este libro, eróticos o no: Tensión argumental (generalmente de tipo psicológica), acto dramático principal, (muchas veces más pequeño de lo que se anticipaba) salida de los personajes (por lo general demasiado silenciosa). Entendemos que el sexo se acaba con el clímax y luego no hay mucho más que ver. Allí es natural que la fórmula funcione. Pero no todas las acciones se manejan en esos mismos términos. Existen acciones dramáticas que una vez hechas es cuando realmente comienzan. Mempo parece olvidar esto en muchos relatos. Sin embargo, como ya había dicho, hay algunos cuentos (no todos eróticos) donde esto funciona. Otros de esos ejemplos podrían ser El tipo y Kilómetro 11. En este caso, se trata de cuentos cuidadosos, pues durante todo su desarrollo te van advirtiendo que su final será repentino, pero sin acciones complejas.

A mi modo de ver, había maneras de que cada uno de los cuentos terminaran de la misma forma en que Mempo los termina, pero que no se vieran afectados, debido al tratamiento hecho antes de su final. Con una preparación al lector, o acaso con un argumento que vuelva necesario al final abrupto, en todos los casos posibles, estaríamos en presencia de un libro de lujo, pues las anécdotas contadas, atípicas o no, bien valen la pena ser leídas. En cualquier caso, leer los dos primeros tercios de cada cuento es un placer absoluto, aunque después de cierto punto empieces a sentir el duelo preventivo de encontrarte con un final que no satisfará tus expectativas.

——————–

Mempo Giardinelli es un tipo con un dominio del lenguaje altísimo, y eso hace grandes sus cuentos, terminen como terminen. Por todo ello, incluso con todo lo dicho, jamás podría decir que se trata de un mal libro. Pero sí se podría decir que es uno que, tras cerrarlo, no deja demasiado. De modo que el final de su lectura se parece mucho al de cualquiera de sus cuentos. No hay más que cerrarlo y pasar a otra cosa, como si nada hubiera pasado.

Anuncios

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s