Sobre “Las trinitarias y Barba Azul”

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Tomé el libro de Carolina Álvarez del estante sin pensarlo demasiado, porque al cotejar la sinopsis en la contraportada con los títulos de los cuentos de la primera parte del libro, me generó una curiosidad competitiva, pues en este momento me encuentro escribiendo un libro, donde altero cuentos de hadas para llevarlos a una posible versión adulta y más contemporánea. Pueden ver algunos ejemplos aquí: 1, 2, 3.

Desde que empecé a escribirlo he estado consciente de que esto constituye un ejercicio una y mil veces repetido por narradores de todo el mundo. Tomar un cuento de hadas y hacer una parodia, o reescribir su final, o traer su historia al tiempo presente, etc. Podrían contarse en miles las alteraciones que han recibido los cuentos de hadas más populares, en cientos las de popularidad media y estoy seguro que hasta el más desconocido de los cuentos maravillosos tiene su propia versión paródica.

De modo que, ¿por qué comprar el libro de Carolina Álvarez? Por la promesa que representaba de ver un enfoque completamente distinto al que habitualmente se consigue en este tópico.

Ese enfoque es el de crear cuentos aparentemente sin relación con algún cuento de hadas, pero colocarles el título de uno de ellos, y en algunos casos una epígrafe con un extracto del mismo. La idea, si bien es probable que ya otro la hubiera explorado (yo no conozco otro caso), al menos resulta mucho más original que las simples adaptaciones como las que yo y cientos de otros escritores del mundo estamos haciendo. Pero lo llamativo no es solo titular como un cuento de hadas a un cuento que no lo es. Sino que titulándolo de esta manera, la interpretación del cuento se amplía.

Si el cuento llevara un título que no hiciera referencia a un cuento de hadas no perdería su esencia, ni resultaría incongruente o incomprensible, mas su significado quedaría limitado a los elementos narrados. Al colocarle el título de un cuento de hadas, el referente intertextual se activa inmediatamente en el lector, y la acción instintiva es empezar a buscar (o rebuscar en muchos casos, lo cual no es malo) las posibles relaciones entre la historia narrada y la que el título llama. Al conseguir el mínimo nexo entre las dos historias ocurre una suerte de pequeña revelación y la historia pasa a ser, entonces, dos historias a la vez, y la interpretación de sus elementos narrativos se amplía. Esto es, al menos, lo que en teoría supongo que se ha planteado la autora al empezar a escribir el libro. Y digo en teoría, pues lamentablemente no se cumple con la intensidad que prometen un par de cuentos, en el resto de ellos.

Como suelo hacer con la mayoría de los libros de cuentos, antes de empezar a leer sus relatos en orden cronológico, me decido a leer un par de ellos de forma aleatoria, de entre los que más llamen mi atención. En este caso, el azar quiso que el primer cuento que leyera fuera “La cenicienta”, y luego “En el país de las maravillas”. El primer cuento me dejó un buen sabor de boca a pesar de no convencerme del todo, pues sentí que su final era abrupto y poco elaborado; mezquino, tal vez. Pero con el segundo cuento el buen sabor de boca se convirtió en placer puro, pues resultó una pequeña joya de la literatura. Solo que para ese momento no sabía que estaba leyendo el mejor cuento de todo el libro (al menos para mi gusto), y tuve la desgracia de plantearme muy altas expectativas con el resto del libro.

El resto de las expectativas venían de saber que este libro había resultado ganador en el Concurso para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores en el año 2010, en tanto que de este concurso habían salido otros libros excelentes, como es el caso de “Cuentos con agujeros” de Krina Ber. Pero las que yo me formulaba eran expectativas incompletas, inseguras, pues no dejaba de pensar en el por qué el libro estaba dividido en dos partes, y en la segunda, ninguno de los cuentos estaba titulado como un cuento de hadas, ni como obra literaria alguna de rápido referente cultural. Los nombres de los cuentos de la segunda parte eran lisa y llanamente, títulos genéricos de cuentos de autor. No viene al caso si eran títulos buenos o malos. Solo que no eran títulos de cuentos de hadas y eso me hacía pensar que probablemente el libro solo mantendría un enfoque sólido y circular en la primera parte, y la segunda solo estaría compuesta por cuentos de relleno, para poder cubrir el mínimo de folios indicados para poder participar en el concurso. Sí, lo sé. A veces suelo ser un poco pesimista. Pero en este caso mis presunciones no han estado demasiado lejos de la realidad.

Pero lo triste del asunto es que este libro pierde su foco incluso antes de terminar la primera parte. Lo hace, específicamente en su séptimo cuento (“Aimone”) donde renuncia a su fórmula y elabora un cuento que explora la historia original de este mito austríaco, usando a sus personajes, para darle un final alternativo. Es decir, para hacer lo mismo que hemos estado haciendo todos los escritores desde que el mundo es mundo; que si bien no es algo inadecuado, sí lo es para un libro, que viene tratando de convencernos por el lapso de seis cuentos de que se trata de una propuesta diferente, y de pronto resulta que no lo es. Los siguientes tres cuentos (entre ellos “En el País de las Maravillas”) vuelven a la fórmula de cuento genérico con título de cuento de hadas, y los dos últimos cuentos de la primera parte (“Orfeo y Eurídice en los Campos Elíseos” y “Las trinitarias y Barba Azul”), el último de forma más disimulada, vuelven a cometer el error de “Aimone”, planteándose como revisiones de sus historias oríginales, donde sus referentes aparecen claramente expresados en la trama, y resultan imprescindibles para esta. Como vemos, tenemos una primera parte que contiene doce cuentos, de los cuales tres de ellos renuncian a la inteligente fórmula creada por la autora, y además lo hacen en momentos donde ya resulta irrescatable el intentar buscar un hilo conductor para el libro.

Pero no quiero que se malinterprete lo que digo. Nadie está obligado a crear libros de cuentos donde todas las historias narradas tengan cierta circularidad, ya sea en forma o en fondo. Todo autor está en su derecho a publicar un libro que no sea más que la recopilación de sus últimos cuentos escritos en total desorden. El problema está en la promesa que se genera con los primeros textos de un libro, y la relación que guarde esto con el título del mismo. Por ejemplo resultaría aberrado crear un libro llamado “Cuentos que se desarrollan en Macondo”, donde los seis primeros cuentos se desarrollen en Macondo, el séptimo se desarrolle en Nueva York, los tres siguientes en Macondo, y los dos últimos, uno en París y el siguiente en Aracataca. Esto es exactamente lo que pasa con el libro de Carolina Álvarez. Se le hace una promesa tácita al lector, que se rompe demasiado tarde. Si el primer cuento se desarrollara en Nueva York, el segundo en Macondo, el tercero en Aracataca, y los siguientes de nuevo en Macondo, al menos el lector se hubiera preparado desde el primer texto para leer un libro sin enfoque claro, lo que facilita la lectura, y mejora la disposición con la que se hace. O ya de plano, se podría hacer un libro donde ningún cuento se desarrolle en Macondo y que lleve el título ya mencionado. Las opciones para no generar expectativas en base a promesas tácitas son varias, y probablemente hay cientos de formas de reordenar los cuentos del libro de Carolina Álvarez, donde esto pueda lograrse. Pero en su caso, las ha desaprovechado, y esto desalienta la lectura desde demasiado temprano.

Ya luego, al entrar a la segunda parte del libro, donde efectivamente solo hay cuentos genéricos (no hablo de calidad, sino de ausencia de fórmula, propuesta o circularidad), te enfrentas a la certeza de que el libro fue construido, muy probablemente, con retazos de los cuentos que la autora consideró podían entrar para cumplir con el mínimo de folios exigidos en el concurso. Y al llegar a esta certeza, se entiende más claramente que cuentos como “Aimone” y “Orfeo y Eurídice…” que están en la primera parte y no cumplen con la fórmula creada por la escritora, están allí para hacer bulto. Lo que resulta incomprensible es que la autora elija darle título a su libro, usando el mismo título de uno de los cuentos que también renuncian a su propia fórmula, aunque es claro que aquí no resulta tan evidente como en los otros dos casos. Lo cierto es que, al tener todas estas piezas en las manos, te das cuenta que este es un libro sin foco, que lamentablemente se vende como un libro con uno muy bien pensado.

Sin embargo, esto no representaría demasiado inconveniente si todas las historias, o la mayoría, cumplieran con ciertos estándares de calidad literaria, o cuando menos resultaran reflexivos, o despertaran emociones, o entretuvieran. Pero esto, a mi parecer, tampoco ocurre. El libro está lleno de cuentos, con muy buen planteamiento y un mediocre final, como es el caso de “Mambrú”, donde se apela a la triste estrategia de ocultar un detalle justo hasta la última línea del texto, dejando la sensación de que has leído una adivinanza en vez de un cuento. En “La beata”, también intentan ocultar detalles, pero que en este caso resultan predecibles, y apelan a lo que se sabe que es resultón, pero que por ello, ya no lo es más. El caso de “Como conejos” es uno donde el planteamiento es adecuado, pero de pronto deja de explorarse el leit motiv de la historia (la idea de que en los barrios viven como conejos, que queda inconclusa y desolada) y la escritura parece apresurarse hacia un final que no agrega demasiado y termina por volver a lo que pudo ser un cuento en una simple anécdota. Por último, y para no ofrecer más ejemplos, “Cervezas confesionales” intenta apelar al recurso del diálogo urbano como estrategia para contar, pero se equivoca al mezclar, sin orden ni concierto ese diálogo urbano con otras formas más literarias, lo que muestra un manejo pobre en el desarrollo del perfil de los personajes, que termina de notarse en una nueva búsqueda apresurada del final, que deja al cuento convertido en una anécdota sin más.

Definitivamente se trata de un libro donde la selección se ha hecho cayendo en una decena de los errores de siempre, pero extraña por figurar como un libro premiado. Sin embargo, es un libro que podría rescatarse en una segunda edición si se atendiera a eliminar ciertos cuentos que no hacen falta, reordenando el resto en una única parte, donde no sea posible generar una promesa tácita de nada en el lector. Esto no lo transformaría en un libro bueno, ni mucho menos memorable, pero lo elevaría a la categoría de “pasable”. Hay allí historias que valen la pena, y es una lástima que se pierdan dentro de esas páginas únicamente por una serie de desatinadas decisiones editoriales.

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