Sobre una relatividad

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“TODO ES RELATIVO”

Albert Einstein.

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Adoramos repetir lo que oímos sin comprender sus implicaciones reales. “Todo es relativo”, decimos, y creemos que se trata de una fórmula semántica, que existe para explicar situaciones en las que, dos puntos de vistas humanos, chocan entre sí. La causa puede ser cualquiera: el tiempo transcurrido en una espera para una cita pactada, el cansancio producido por una actividad de alto desgaste energético, el uso del espacio geométrico y el color en el cubismo u otras artes, entre millones de nimiedades de la experiencia humana cotidiana.

Difícilmente nos damos cuenta que la relatividad poco (o nada) tiene que ver con esto. La relatividad del espaciotiempo se preocupa por los fenómenos naturales en los que la velocidad es cercana a la de la luz, la cantidad de materia es tal que produce fuerzas gravitacionales, y las distancias son astronómicas (literalmente). Y, a menos que tu masa corporal sea similar a la de un planeta, te traslades de un lugar al otro a unos 290 mil Km/seg., vayas en caída libre dentro de una caja de Einstein, o liberes energía por fisión o fusión, la relatividad no juega un papel relevante en tu vida. Lo que nos enseñaron de física en el colegio, es suficiente para explicar nuestra experiencia.

No necesitamos saber que en otro espaciotiempo una pelota de tenis caería más rápido que un balón medicinal, si el planeta tuviese un núcleo electromagnético y frotaras la pelota contra tu cabello o una alfombra, porque el Torneo de Wimbledon nunca cambiará su sede, y podemos tener confianza en los controles de calidad de las pelotas ahí utilizadas. Es cierto que nuestros mapas no representarán la realidad, por aquello de las rectas relativas curvas, pero nunca lo hicieron y pocas veces nos perdimos, al menos no sin formar nuevas ciudades y nuevas razas mixtas.

Lo que explica que los humanos experimentemos estímulos iguales de formas diferentes, y que no existan dos opiniones exactas sobre un asunto, no es la relatividad de ese asunto o estímulo, sino, simplemente, y no hay por qué sentir decepción o miedo, la independencia de nuestras funciones mentales, que tienen la capacidad de regalarnos distorsiones hermosas que llamamos auto, secuoya, sostén, sangre, poder, yuxtaposición, y que logramos reconocer por acuerdos funcionales, que nos permiten la interacción, la subsistencia, el error y la polémica, conceptos todos tan objetivos como la realidad misma, y que no tenemos ni la menor idea si son azules o tristes, porque jamás hemos visto el azul o la tristeza. La relatividad, concepto tan absoluto como cualquiera, es solo la forma como nos disculpamos por la única cosa no absoluta de nuestra literalmente mundana existencia: la experiencia. El resto absoluto es azul mezclado con tristeza, si se me permite la alegoría musical y la muy pobre licencia poética.

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“EL TIEMPO VUELA COMO LA LUZ, PERO LA FRUTA VUELA COMO LAS BANANAS”

Graffiti encontrado en un baño de Berkeley por el doctor Terry Machen.

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¿Quién es o fue el fulano que escribió este graffiti en un baño? La respuesta nos lleva a otra pregunta: ¿A quién le importa? Si otro fulano con un doctorado pensó que esta frase merecía ser robada, ¿Quién puede restarle valor? ¿A quién le importa si su autor no se inspiró en la relatividad sino, por ejemplo, en la música; buscando alguna lírica irreverente para su nueva canción?

Este es el problema con las frases de culto. Tendemos a convertir en fetiches ciertas frases que tienen una sonoridad pegajosa, para usarlas hasta desvirtuar su intención original.

Dos interpretaciones relativistas explican el sentido de esta frase, sin desestimar el beneficio de la duda. La luz es una partícula que se comporta, a la vez, como una onda, y por no tener masa puede viajar a esos fantásticos 300 mil Km./seg. aproximados. Los humanos creemos “erróneamente” en un tiempo lineal, cuando este es diferente según el sistema de referencia desde el que se mida. El de la Tierra (y desde la tierra), por ejemplo, es parabólico, tal como la luz, y el movimiento de las bananas, o cualquier objeto móvil o inerte. Solo que el centro de gravedad de las bananas, distinto al de la mayoría de las frutas, la hace realizar piruetas más intrincadas que las de una manzana cayendo en la cabeza de Newton. De igual forma la luz no siempre viaja en ondas, ni el tiempo, o los objetos que vemos.

Ante esto, las interpretaciones son:

1. La relatividad es la mejor muestra de que ni ella es completamente relativa, porque se deja seducir por la tentación científica del absoluto y,

2. La relatividad, concepto humano, está tan manipulada a conveniencia de favorecer nuestros sentidos, confundidos de tanto no percibir, como las frases que robamos de un baño.

Todo lo que percibimos ya es pasado; si pudiésemos sentir, mirar, oír, el presente absoluto por un solo instante, la ciencia ya no tendría razón de ser…

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“YO SÉ LO QUE ES EL TIEMPO, HASTA QUE ALGUIEN ME PIDA QUE LO EXPLIQUE”

San Agustín.

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Les voy a hacer un fabuloso acto de magia nunca antes intentado. ¡Voy a desaparecer el universo! Sí, sé que es osado; pero les aseguro que no representará un peligro para ningún ser vivo, ni para átomo o partícula subatómica sobre la faz del infinito; así que no tienen por qué temer. Entonces, ¿se quedarán a mirar? ¡Perfecto! Pero, para que la magia funcione necesito un voluntario. Bueno, mejor no, un voluntario no. Necesito 6 mil millones de voluntarios. A decir verdad, necesito 6 mil millones de voluntarios, o el número que sea el que represente al total de la población humana sobre el planeta Tierra en la actualidad, menos uno de esos humanos, que soy yo, el mago, y mi bella asistente aquí a mi derecha (para los que me ven desde la primera mitad del mundo; izquierda para el resto); pero también necesito todos los voluntarios animales, vegetales, minerales y afines (esto es porque siempre he sido muy cobarde para entrar en especulaciones teológicas sobre la pertenencia del alma, así que me manejo con todo producto de la naturaleza, incluso de otros planetas, estrellas, satélites y demás cuerpos celestes, por el puro beneficio de la duda). ¿Sí podré contar con su apoyo, entonces? ¡Excelente!

Lo único que tienen que hacer es cerrar los ojos. Pero no se alarmen. No es una estafa infantil. No se trata de que tengan que cerrar los ojos por un minuto o hasta que yo les diga “ya”, mientras yo monto una capa reflectiva sobre el universo para que ustedes crean que lo desaparezco. Me basta con que parpadeen todos al mismo tiempo; incluso si el parpadeo tiene proporciones infinitesimales. No necesito más que eso. ¿Creen que lo puedan hacer? ¡Fabuloso! ¡Son un público increíble! Yo voy a dormir una siesta con mi asistente. Ustedes practiquen la sincronización del parpadeo. Cuando logren el unísono, sea lo que sea que dure, habré logrado desaparecer el universo por ese fabuloso tiempo. Y si quieren me lanzan tomates luego. Yo sé que soy el mago más grandioso del universo; así como San Agustín fue el físico más glorioso, aunque no sabía cómo explicar al tiempo que corría e interactuaba con el todo, de forma tan explícita, dentro de su genial cabeza.

Yo descubrí, como algún otro logró hacerlo, a medias, más adelante, que el tiempo nace en la mirada, en los sentidos, al igual que lo hacen el universo y la realidad. Pero, para nuestro cerebro es necesario que el mundo (la realidad) esté organizado: ¡Debe ser un mundo con significados! Solo observamos cosas y eventos con cierto nivel de organización. Esta es una realidad perceptual y cognitiva.

Nuestro cerebro es sumamente participativo en la organización del mundo que va a observar, y de los acontecimientos en los que vaya a intervenir. Nuestro cerebro prepara al mundo que vayamos a observar. Lo que captamos a través de nuestros sentidos entra más o menos desorganizadamente en nuestro cerebro, y es este el que le da forma y sentido al cúmulo de información que le llega. El mundo que percibimos no existe fuera de nosotros.

El mundo de ahí afuera carece de significados por sí mismo, porque es un mundo realmente objetivo; pero ese mundo generado por nuestro cerebro, es un mundo cargado de significados. Tengamos presente, entonces, que el mundo que existe, es el mundo que percibimos a través de nuestro propio cerebro, y no el mundo real, con el que jamás hemos contactado. Así que no es demasiado rebuscado parpadear y pensar que el mundo se toma un descanso en su interfaz visual, mientras continúa en presencia para otros sentidos; al igual que no lo es taparnos los oídos, y saber que el mundo descansa su garganta, o anestesiarnos y percibir a un mundo en huelga táctil. Lo que conocemos de la realidad, nunca es verbalizable; de modo que lo que verbalizamos no es la realidad.

Y todavía hay quien llama “la etapa egocéntrica” al período del desarrollo cognitivo del niño en el que se tapa los ojos y cree que nadie más le puede ver. ¿Egocentrismo no sería querer creer que realmente le miramos, cuando jamás hemos “visto” algo?

¿Lograron parpadear todos juntos? ¡Soberbio! ¡Son el mejor público del universo!

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“CADA CABEZA ES UN MUNDO”

Anónimo.

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Esta frase parecería ser la promulgación formal de la teoría de la tolerancia, pero, siquiera pensarlo, es no entender lo que nos dice. Si acaso hay una fórmula relativista por la que se rige la realidad psíquica, de seguro debe ser esta. Y precisamente por ello, no podemos ponerla en un altar de infalibilidad.

Cada cabeza es un mundo, un universo, una realidad independiente de las demás, aunque se influya de todas ellas. Así pues, la falta de tolerancia es uno de esos mundos, y los que “no toleramos la intolerancia”, podemos ser (o no) tolerantes a esto. La realidad final es que, la misma tolerancia, es relativa.

¿Éter?, ¿Cuarks?: ¡Patrañas! El universo está constituido de conceptos, errantes por demás; él mismo es otro de ellos, porque, para poder medir realidades, como bien lo dijo Nietzsche, el hombre debe crear una ficción previa sobre la cual hacer la confrontación. Y si la tolerancia es relativa a la persona que la mida, antes del patrón inventado para poder medir, no existe sino el suceso a interpretar, desnudo e inerme.

Y una vez entendamos esto, adjetivos a los que damos una importancia capital en nuestra vida como bueno, malo, mejor, peor, útil, inútil, válido, inválido, etc., perderán su valor, sabiendo con anterioridad que, de nuevo, toda esta formulación permisiva, no es más que una nueva ficción, que usamos de patrón para medir nuestra realidad cambiante (que no sería posible si no se percibe el cambio, y no se cree en él primero).

Caso distinto al que ocurre con las instituciones que rigen nuestra vida, que están obligadas a adaptarse a los cambios paradigmáticos de la sociedad, y ofrecernos una buena media aritmética, bandeja servida para decidir si vamos a favor, o en contra, de su ficción. Porque el fallo final es siempre individual, único e irrepetible.

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Un comentario en “Sobre una relatividad

  1. ¿Queda algo fuera de lo que existe que sea real?

    Más bien lo que existe es una medida de lo real, tenemos una relación íntima con lo que ya no existe y lo que no existe todavía. Cuando lo que existe pide ser lo único que existe, que ha existido, que existirá, pierde contacto con la realidad, como una regla que mide sin ver lo que mide o un adivino sobrio.

    Para mí que todo es relativo habla del todo y no de sus instancias aplicadas. Es decir, uno puede perfectamente seguir preguntando ¿qué más es relativo?

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