El síndrome de la Bella

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Título: Reassurance. Autor: Julie Dillon

Cuando la Bella conoció a la Bestia, el mundo estaba sumido en una cruenta guerra entre los reyes y las hadas. Las hadas, magos y brujas reclamaban el poder que creían les pertenecía, por encima del de los reyes, por ser criaturas fantásticas que realmente podían hacer del mundo un lugar mejor, mientras que los reyes hacían como podían para sostener su poder y sus riquezas. Muchos campesinos eran llamados a pelear del lado de los reyes, junto a sus milicias. Pero eran también muchos los militares y campesinos que desertaban su labor, seducidos por las promesas de los seres mágicos, y empezaban a pelear del lado de estos. El padre de Bella, un mercader, antes rico, ahora venido en menos, ansiaba en creer que con el ascenso al poder de las hadas, el mundo sería más justo y él recobraría su antiguo estatus, con el que podría darle de nuevo una vida digna a sus 3 hijas, pero en especial a Bella, que era su favorita de las 3. Por ello, comenzó a batallar del lado de los seres mágicos, y Bella todas las noches le rogaba que abandonara la batalla, mientras sus hermanas le aupaban, esperanzadas también en que la victoria de las hadas les permitiría a sus cuellos volver a lucir las lujosas prendas que antaño tuvieran, y que la crisis les obligó a empeñar. La Bestia, desde su castillo, peleaba del lado de los reyes, príncipe como había sido alguna vez y maldecido por un hada, como estaba desde hace mucho tiempo. Su odio por los seres mágicos, sumado a su astucia y fuerza animal lo convirtieron pronto en un bastión de gran importancia de la guerra. Su castillo se había vuelto campo de tortura y prisión de toda clase de seres, humanos o mágicos, que peleaban en el bando contrario. En una de esas celdas fue a parar el padre de Bella. Y cuando el caballo de su padre llegó a la casa sin él, ella supo que algo malo le había pasado, y se lanzó en su búsqueda. No tardó en encontrar el castillo de la Bestia y, viendo a su padre, disminuido terriblemente por las torturas que había recibido, le suplicó que le dejase libre, y que la apresase a ella en su lugar. La Bestia, al ver la frágil belleza de aquella mujer, aceptó con la condición de que ella fuera su compañera sexual. El padre fue botado del castillo entre súplicas de piedad por su hija, que no fueron escuchadas. La condena de Bella apenas empezaba.

Pasaron exactamente once semanas, en las cuales la Bella recibió de la Bestia toda clase de torturas inconcebibles y donde vio cómo otros seres, humanos y mágicos, recibían algunas peores. Pasó exactamente ese tiempo antes de que la Bella comenzara a sentirse enamorada de su captor. Y no tardó un par de semanas más en sentir empatía por sus luchas. Así se lo hizo saber una tarde después de que este yaciera con ella, ya sin sus antes habituales gritos y lágrimas. Le dijo que lo amaba, lo besó en todo su pelaje y este se transformó en un apuesto y elegante príncipe. La nueva investidura no sorprendió de más a Bella, quien solo le pidió que la pusiera al servicio de la guerra, y la Bestia, ahora príncipe, cumplió asignándole pequeñas tareas, al inicio, y tareas importantes antes de cumplido el primer mes. Ahora Bella era la responsable de buena parte de las torturas, y parecía tener un don para hacer que los rebeldes confesaran sus secretos. Así fue como hizo encerrar a su padre y a sus hermanas. Él ya se había recuperado y estaba de nuevo en el frente de batalla. Era evidente que necesitaba un escarmiento. Y ellas, pues sencillamente eran unas cabezas huecas, que merecían un castigo inusitado por su frivolidad. Las torturas propinadas al padre, mermaron su salud de tal forma, que murió después de 3 días de no poder procesar los alimentos, por el daño masivo a su sistema digestivo. Las hermanas, en cambio, no tuvieron tanta suerte. Bella ordenó a una de las hadas presas que transformara a sus hermanas en estatuas, pero que les mantuviera la consciencia, para que sufrieran por la eternidad, viendo su felicidad. A estas alturas, el príncipe estaba más que enamorado de Bella, pero ahora temía de ella, pues al perder su condición de bestia, también se había esfumado gran parte de su odio, y su activismo político le parecía cada vez un constructo más plástico. Así se lo hizo saber a Bella una noche en que sus responsabilidades le dejaron espacio para dormir juntos. Bella supo inmediatamente lo que tenía que hacer. Lo arrastró desnudo por todo el castillo y lo llevó hasta la celda donde ella alguna vez había vivido. Allí lo encerró, lo torturó y lo humilló durante semanas. Cada noche volvía, abusaba de él y lo dejaba en el suelo como un trapo mugriento. No perdía las esperanzas de que el cambio al fin le llegara, y sintiera de nuevo, como ella alguna vez lo sintió, el llamado a la guerra, el llamado a ser de nuevo una bestia.

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3 comentarios en “El síndrome de la Bella

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