Manifiesto actoral

Los asistentes a la función podían contarse con los dedos de una mano. Afuera del teatro, unos pocos caballos se aburrían pisando sus propias heces. Adentro del teatro, los actores representaban sus roles con desánimo. Pero la protagonista no estaba desanimada. Tan solo no podía dejar de pensar en el director, su hombre, acostándose con aquella extra de poca monta, una simple pueblerina que aparecía en el tercer acto diluida entre otra decena de actores sin nombre. No podía dejar de ver cómo la lamía por todo el cuerpo en su propio camerino. Así que paró la obra y le gritó sus verdades al director, su hombre, haló por los cabellos a la actriz de segunda y destrozó el decorado, para terminar desnudándose y exigiéndole al público que le dijera quién tenía mejor cuerpo. Sin saberlo, había inventado el reality show. Al día siguiente, la función tuvo asientos llenos y fue mucha la mierda de caballo que se acumuló en la entrada.

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