La Fiebre de Miguel Otero Silva

1661502Primera novela de Otero Silva y se nota prácticamente en cada una de las líneas, pues resulta un trabajo poco maduro (sobre todo comparándolo con sus siguientes obras), debido a su excesiva y evidente necesidad de decir lo que piensa acerca de ciertos procesos políticos que vivió como protagonista, y su necesidad de contar esos eventos, quizás desde un punto de vista aleccionador e incluso panfletario, pues en rara ocasión la fuerza narrativa de la historia supera al tema político, cuyo bombardeo se siente como una venta de humo, con muy poca pericia. En cierta forma, todo ello le da mérito al título de su novela, porque es clara que la Fiebre revolucionaria de aquella Generación del 28 todavía está demasiado fresca, todavía no baja en el termómetro emocional, al momento mismo en que escribe la historia. Y no hubiera sido nada desacertado escribir una historia como esta, tan febril, tan íntima y dolida, estando ya en frío.

De hecho es curioso que la versión que nos llega a los lectores actuales, entre las que se cuenta la versión que he leído yo, es una versión reeditada sobre la original, que sufre de varios cambios, que el mismo Otero Silva anuncia en su prólogo.  Y esos cambios no consisten en bajar el nivel de calor político, diluir el intento de campaña, sino quizás en el hecho contrario. Otero Silva asegura que ha depurado a la novela “de oratoria antinovelística y palabras farragosas”. La verdad es que yo no soy para nada amante de las palabras farragosas, y la ausencia de estas es una de las cosas que he admirado siempre de la obra de Miguel Otero Silva. Pero también he admirado su espíritu antinovelista, transgresor con el lenguaje, con las fórmulas, y en ese sentido, sin poder conocer la versión anterior, siento que es algo que pudo dejar desvalida a la novela. Porque si bien Otero Silva no fue escritor de palabras farragosas, tampoco lo fue de palabras vacías. Sus palabras simples sabían configurarse con elegancia, con poesía, con locura y lúdica, para configurar hermosos pasajes y escenas grandiosas. Recuerdo, por ejemplo, en Cuando quiero llorar no lloro, aquella descripción del viaje psiconáutico de uno de los Victorino (lamento no recordar los apellidos de cada uno), toda una joya de la simplicidad, que sabe cómo no renunciar a la poética y el surrealismo.

Entonces, yo me pregunto, ¿esa fiebre excesiva es producto de una escritura en caliente o es una enfermedad de la que Otero nunca se pudo curar? Porque si tantos años después intenta refrescar la novela, pero le queda igual de febril, de panfletaria, podría parecer que se trata de que Otero no pudo nunca deshacerse de estas escenas y el dolor que le causaban, pero sobre todo de su necesidad de transferirnos ese dolor, esa fiebre, de forma gratuita.

Allí me surge la necesidad de comparar este trabajo con Los topos de Eduardo Liendo, que tiene una línea argumental bastante similar, pero que no se siente para nada febril, e incluso podría calificarse de hipotérmica, en ese sentido que le doy aquí al juego de las temperaturas corporales, pero no por ello carece del fuego propio de un tema, de un período vital, de nuestra historia como país, como el de las dictaduras y las guerrillas, que tiene la capacidad de incendiar voluntades incluso en los menos adeptos al tema. En Los topos se observan los mismos escenarios; la selva y la prisión, los mismos dolores por la muerte de los hermanos de batalla, el temor, el refugio en la lectura, etc.; pero todo llega a nosotros desde la distancia de quien ha crecido a partir de esto. De hecho, esta es una novela que se escribió desde el extremo opuesto de Fiebre. Se escribió desde el frío absoluto que se cuela al dejar pasar los años, dejar rodar las promesas de bar, y no sentarse a escribir esa historia que todos los que la vivieron querían que Liendo contara. Entonces, nuestro primer acercamiento a este territorio febril ocurre desde la abulia, desde el desgano de contarlo, desde la incongruencia de ver lo que son hoy aquellas personas que FUERON ayer, si es que acaso fueron algo. Y, por aquel viejo arte de la empatía, el lector empieza a identificarse poco a poco con lo que a estos sujetos les pasa y, por consiguiente, con lo que les pasó, hasta que la fiebre se instala y sentimos arder en nuestro pecho consignas que no necesariamente nos identificarían fuera de la ficción, fuera de las letras. Por ello no puedo dejar de pensar que, a veces, el querer decir, arruina el decir, y esto le pasa a Otero Silva en Fiebre.

Esta necesidad de decir, de repasar aquellas escenas en Palenque, aquella tragedia heroica de estudiantes saltando a la selva, cambiando los libros por las armas y la guerrilla, se va a repetir a lo largo de casi toda la obra de Miguel Otero Silva; pero en las siguientes encuentra progresivamente la forma de encubrirlo mejor, de modo que el panfleto no resulte tan evidente, y exista una historia digna de contarse de fondo.

Fiebre es, definitivamente, un libro que vale la pena leer si eres seguidor de la obra de Otero Silva y quieres comprenderlo más a fondo, al ver cómo se movilizaban sus letras en su adolescencia escritural, por decirlo de alguna forma, que no intenta ser una crítica al adolescente que escribe, pero sí al que escribe de forma adolescente fuera de esta etapa de la vida. Ahora bien, si no estás interesado en Otero, sino en buscar buenas historias, mi recomendación sería que la pasases de largo, y vayas directo a obras de mayor calidad, como por ejemplo Cuando quiero llorar no lloro, que es, a mi parecer, donde surge el Otero Silva adulto en sus letras, el que todavía sigue ardiendo en fiebre, pero al menos recuerda ponerse paños de agua fría antes de sentarse a escribir.

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Haz clic en cada título si quieres leer el análisis de Casas muertasOficina nº 1 o Cuando quiero llorar no lloro.

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