Las Casas y las causas muertas de Miguel Otero Silva

Advertencia: Este análisis de Casas muertas puede ofrecer detalles de la trama,
que quizás no quieras conocer si aún no lees la novela.

casasLo primero que resalta al tomar la novela es la intensidad emocional que consigue elaborar Otero Silva solo en la primera página. Después de una primera oración tan intrascedente como la más de ellas, comienza un in crescendo emocional, muy sutil, que le permite al lector sentirse ya completamente involucrado.

En un principio puede dar la sensación de ser una mala imitación del inicio de Crónicas de una muerte anunciada (al menos a mí me dejó esa sensación), aunque puede que esa comparación sea anacrónica.

Con un entierro como primer evento, donde el finado es un personaje claramente desconocido, pareciera que las probabilidades de empatía son pocas, y es allí donde se da la sorpresa, pues tras pocas líneas, casi sientes la angustia, el dolor y la impotencia por que haya muerto un sujeto tan increíble como el narrado. Sin embargo, esta grandiosidad emocional se va tornando para el lector en una suerte de sensación de estar siendo burlado, mientras más avanza el libro. Ese personaje, que en un principio es narrado tan heroicamente, resulta ser luego descrito de forma sencilla, intrascendente en los términos principalmente propuestos. Da la sensación de que, después de una descripción tan increíble del personaje, y sobre todo del efecto de este personaje en el pueblo de Ortiz, el mismo Miguel Otero no supo cómo llevar las riendas, y luego solo se conformó con tratar de repetir cada tanto, como una fórmula comprobatoria de la veracidad de lo dicho al principio, que aquel personaje (llamado Sebastián) era de los hombres más fuertes que cruzaron Ortiz en sus últimos años; aunque esa fuerza no hubiera sido usada jamás para el beneficio de Ortiz, como parece indicarse al inicio.

Se trata únicamente de un viajero (venía del pueblo de Parapara), que pisaba Ortiz cada domingo para visitar a su novia, Carmen Rosa, el mayor (y en cierta forma) forzado vínculo para su siguiente novela, Oficina n° 1, que explora el universo contrario de casas muertas.

Lo cierto es que todo esto resulta un tanto triste, porque hace que el lector se arme de expectativas muy altas sobre las acciones de Sebastián (e incluso Otero las alienta con un grupo de acciones aisladas, que así como empiezan, desaparecen, sin que más de 4 personas de todo Ortiz se enteren), que nunca terminan de cumplirse. De modo que, a medida que se va acercando esa inevitable muerte, anunciada desde la primera línea de la novela, el lector se va decepcionando más ante la evidencia de que nada pasará.

Ahora bien, surge la pregunta: ¿Esto arruina el esplendor de la primera página de la novela? En lo absoluto. A lo sumo arruina el posible esplendor de la novela. Porque, lo más triste (o quizás intrigante) de todo esto es que, los elementos estaban dados para hacer de Sebastián, durante el desarrollo de la novela, el héroe que se logró vislumbrar durante esa primera página gloriosa. Entonces, pareciera que se trata de una novela floja, donde Otero Silva se dedica únicamente a utilizar a sus personajes como títeres para decorar su escenario en deploración continua; lo cual podría afirmarse que es lo único en lo que no economiza su poder narrativo. De pronto necesita explicar en qué consiste la fiebre, y toma a un personaje comodín y lo hace morir de ella, para mostrarnos todo el proceso, desde el mismo ciclo de vida del mosquito. Quiere que sepamos cómo se vislumbraba un asunto político delicado (y reiterativo además, en la obra de Otero) como el asociado a la vida de los presos políticos en la prisión-carretera de Palenque, y hace que por Ortiz atraviese un autobús lleno de jóvenes aherrojados. Y para justificar tamaña coincidencia de eventos, no encuentra mejor explicación que decir que Ortiz quedaba de camino a tal prisión; lo cual era la razón, además, de que tantas mujeres pasaran en auto por esa vía, tratando de cazar noticias sobre sus hijos o esposos. Entonces, uno no se explica cómo es que ése fue el único autobús que pasó por ese recodo del mapa, y cómo en caso de que haya habido otros, ése fue el que causó tal alboroto.

Termina, entonces, y ya definitivamente, quedándote la sensación de que esta no es sino que otra de sus novelas-panfletos, donde reúne un posiblemente bonito argumento, un conjunto de escenarios bien elaborados, unos personajes perfilados con cierto esmero, para volverlos serviles esclavos de sus intenciones ideologizantes. Y es triste que desaproveche recursos tan narrativamente valiosos como los que es capaz de crear, en beneficio de la creación de un panfleto flojo que, de paso, no termina de arriesgarse a ser un panfleto, de modo que queda en un limbo siempre incómodo entre literatura y escribanía política.

Quizás valga la pena sumar a la interpretación el hecho de que esta es su segunda novela. Y colocando a esta en contraste con Fiebre, la primera de todas, podemos ver el crecimiento en su narrativa, como si se tratara de la primera obra, versus la de la mitad de su carrera.

Fiebre es una obra que carece casi completamente de una estructura narrativa adecuada para soportar una historia como la que pretende y darle el correcto tratamiento, mientras que la estructura política salta demasiado a la vista, y no puedes dejar de pensar en ningún momento que se trata de un escritor que está tratando de cambiar, con poco resultado, los nombres y lugares de los eventos que vivió en carne propia para que parezca que la historia es ficcional, y no un intento de volverse a sí mismo un héroe (o lo contrario).

En ésta, en cambio, se ven mucho más controladas esas ansias de decir, pero nunca al nivel que podemos observar en Cuando quiero llorar no lloro, que es una novela en todo el sentido de la palabra, y una novela experimental ejemplar, por decir más, donde la historia (compleja, rica, profunda, hermosa) existe, es autosuficiente, y es el motor bajo el cual se mueven los personajes, se presentan los escenarios, se construyen los acontecimientos. Lo ideológico (existente también, como es de esperarse en Otero Silva), es tan sutil que te da la posibilidad, como lector, de reflexionar más al respecto, porque no se trata de una imposición reflexiva que irrumpe tu necesidad de continuar leyendo una historia.

Volviendo a Casas muertas, entonces, el equilibrio entre historia y panfleto, si bien está mucho más logrado que en Fiebre, todavía no convence demasiado, por mucho intentar convencer. Da la sensación de ser un escritor joven, con una pasión demasiado fuerte por decir, que necesitará explorar por dos o tres novelas más, antes de poder permitirse realmente narrar. Pero, que eso pasara en Fiebre, donde la historia no es demasiado emocionante, no parece tan malo. Uno hubiera esperado que drenara su pasión por decir en otras novelas del mismo nivel de Fiebre, antes de tomar el reto de escribir Casas muertas.

Y es que el poder oculto que queda en esta historia por todo lo mencionado es tan grande que yo me atrevería a decir que, de manejarlo de la forma adecuada, esta novela, junto con Oficina n° 1 (asumiendo que en esta última también mejorara lo aquí dicho), sería la versión venezolana, propia de la narrativa del boom, de Cien años de soledad, solo que narrada a dos tiempos y en desorden cronológico: primero el derrumbe de un pueblo, luego su nacimiento (o el de otro pueblo, en este caso).

Entonces surge la otra pregunta: toda esta necesidad de decir, ¿arruina la novela? Y esta es una pregunta más difícil. Yo diría que arruina la novela como unidad indivisible de todos sus componentes. Pero no sería capaz de afirmar que arruina la historia contada (la que, después de todo, se logra contar).

La historia contada, aun cuando no termina de ser todo lo que realmente pudo ser, es tan grandiosa, tan simple, tan bella, sensible, elocuente, necesaria, que es difícil sentir que puede ser arruinada. Lo que sucede entonces es que el lector (y hablo por mí como si ello fuera norma, aunque ignorando si lo es), tras darse cuenta de esta carencia, comienza una doble lectura de la novela. Instintivamente toma los retazos de historia y los coloca a un lado, y toma los retazos de panfletos y los coloca a otro lado. Con los primeros arma una novela, y con el otro arma la vida de Otero Silva (otra novela, entendida desde la perspectiva metaficcional), como para tratar de explicarse esa necesidad suya de decir, y de paso, de decir lo mismo que ya ha dicho. Y no es que en los elementos políticos esté esa historia de la vida de Otero. Es solo que, hay un metanarrador allí, que es el mismo Otero, contándote de sí, y tú como lector lo puedes leer entre líneas.

En otras palabras, es el lector quien transforma el panfleto en una historia secundaria. Y si el lector puede transformar en historia el panfleto, entonces es capaz también de transformar en novela los trazos sueltos de historia. Por más floja que es la historia, no podemos dejar de imaginar todas las demás cosas que la harían una novela ejemplar. Nosotros mismos, movemos los hilos de Sebastián para hacer que movilizara la revolución, movemos los hilos de Carmen Rosa para que intente salvar el pueblo. Seguramente todos serían intentos infructuosos; pero terminarían de constituir nuestra novela, tal como la terminan de constituir en nuestra imaginación.

Entonces, hay 3 Casas muertas: la que escribió Otero Silva, la que se consigue seleccionando solo los retazos sueltos de historia y la que el lector completa. Y solo la tercera es magistral.

Pero al convivir esta tercera dentro de la primera, es casi inevitable, y de algún modo frustrante, decir que esa primera novela, la Casas Muertas de Otero Silva, es un gran libro, es un gran panfleto, es una gran historia, es una gran novela.

 ——————–

Si quieres leer el análisis de Oficina nº 1, haz clic aquí. O puedes revisar las reseñas de Cuando quiero llorar no lloro y Fiebre.

Anuncios

5 comentarios en “Las Casas y las causas muertas de Miguel Otero Silva

  1. Pingback: La Oficina n° 1 de Miguel Otero Silva | convictoryconfeso

    • Muchas gracias por tu comentario, Miguel. Esta también fue la segunda novela de Otero Silva que leí. Antes había leído Fiebre. Y justo ahora estoy intentando leer “La piedra que era Cristo”, su última novela, pero no me ha enganchado hasta ahora. Ya dejaré por acá mi reseña cuando la termine.

      Me gusta

  2. Pingback: La Fiebre de Miguel Otero Silva | convictoryconfeso

  3. Pingback: Reseña de Cuando quiero llorar no lloro | convictoryconfeso

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s