La Oficina n° 1 de Miguel Otero Silva

Advertencia: Este análisis de Oficina nº 1 puede ofrecer detalles de la trama,
que quizás no quieras conocer si aún no lees la novela.

oficinaLo primero que sorprende de la novela es que continúa minutos después de donde quedó Casas muertas. Eso te da una falsa sensación de que leerás una continuación de esa novela. Por unos cuantos capítulos el eje central es Carmen Rosa, en este nuevo pueblo en formación, aún sin nombre, aún sin norte. Todos los elementos propios de la novela anterior son tratados con cierto desgano, que no por ello es inadecuado. Se agradece no tener que leer de nuevo una descripción física o psicológica de Carmen Rosa o de los otros tres personajes repetidos, ni tampoco tener que leer un recuento de lo anterior, porque además no resulta necesario.

Esa necesidad de no explicar demasiado las cosas que ya han sido explicadas, hace que los cuatro personajes en común con Casas muertas sean presentados casi groseramente. Y a lo largo de la novela se va a repetir esta fórmula, lo cual hace que termine de ser más acertado. Sin embargo, Otero Silva cae en la tentación de la descripción profunda, educada, de un puñado de los personajes. Y empieza a hacerlo en un punto de la novela en que uno, si no ha leído Casas muertas, podría estar más interesado en conocer detalles sobre estos personajes puentes. Esto empieza a restarle un poco de brillo a la novela.

Porque no parece terminarse de definir Otero Silva con respecto al hecho de si será un narrador grosero y seco, o uno meloso y modoso. Porque esto que ocurre con el perfil de los personajes, también ocurre con los escenarios y los eventos. Se pasa de una descripción mezquina de un evento llamativo, a la descripción detallada de una cadena de eventos que no agregan demasiado. Y la temporalidad de la historia, que transcurre, por necesidad, en un lapso muy largo, medido en muchos años, se va haciendo cada vez más escueta, y van apareciendo cada vez más personajes, y poco a poco Otero Silva, se va quedando sin recursos para hilvanar una noticia en la radio que despertó pasiones entre dos radioescuchas, la promesa de la construcción de una catedral, la caída libre de un empleado petrolero desde 90 pies de altura, y la consumación de un amor furtivo. Después de transcurridos dos tercios de novela, ya no queda ni rastro de la posibilidad de un protagonista (que tampoco de una historia multiprotagónica), y Oficina n° 1, ese pueblo creado alrededor de un taladro petrolero, bautizado con ese mismo nombre, se convierte en el único protagonista.

Pero tampoco pareciera que sabemos todo lo que deberíamos saber de ese personaje tan importante. Ya cuando ni Oficina n° 1 le sirve a Otero como protagonista, intenta este volver hacia Carmen Rosa y volverla protagonista de nuevo, como en el primer tercio del libro, cuando ya a los lectores nos parece un personaje irrecuperablemente aburrido (y ya, de hecho, no vuelve a emocionar), uniéndola a un personaje que, si bien nos había enamorado por sus acciones, no encajaba en aquella unión forzada con Carmen Rosa.

Una vez más parece que es Otero quien maneja a los personajes como títeres y, en el caso de Carmen Rosa, le dio lástima hacerla quedar virgen, y le buscó el pretendiente más coherente (porque de paso, y tristemente, no había otro pretendiente más coherente) como para que consumara el acto. Pero es todo tan repentino, todo tan forzado, que no es posible emocionarse por ello.

Cada una de las historias minúsculas que van apareciendo, subcapítulo por subcapítulo son tan inconexas entre sí, que pareciera que de alguna forma estuviéramos leyendo un libro de cuentos sobre ese pueblo, y no una novela (aunque efectivamente, y en ley, lo sea). Y uno como lector se descubre disfrutando cada subcapítulo como algo individual.

Esto le permite a Otero jugar mucho con los recursos narrativos, de modo que tenemos a un narrador con muchísimas voces, que siempre cuenta las cosas de una forma diferente. Y ver esos recursos tan bien utilizados llama la atención, alegra la lectura, y te hace olvidar un poco que allí, en realidad, no está pasando nada.

Entonces, creo que es una novela que merecía el doble de su extensión para poder jugar, de forma adecuada con sus personajes. Y merecía también una estructura diferente a la de Casas muertas. Porque, si bien la estructura de Casas muertas, de un capítulo dividido casi invariablemente en 3 subcapítulos, donde el título que arropaba a esos tres acompañaba a alguno de ellos de forma literal, al otro de forma simbólica, y al otro a través de una historia paralela, resulta hermoso y muy efectivo; en Oficina n° 1, por tratarse de una historia tan abierta, con tantos recodos, no pudo ofrecer la misma congruencia en su división.

Siendo los títulos de cada capítulo el nombre (o sobrenombre) de algunos de sus personajes (salvo 3 excepciones), quien venía de leer Casas muertas, esperaba que ese personaje acompañara literalmente una de las historias, simbólicamente otra y de forma paralela una más; pero aquello no ocurría. Un subcapítulo era sobre el personaje nombrado por el capítulo (y en ocasiones solo en una parte de él; a veces forzadamente), y los otros dos eran sobre otros personajes, sin relación visible. Entonces parecería que la solución habría sido volver cada subcapítulo en capítulo. Pero ello tampoco habría resuelto el problema, en tanto que muchos capítulos hubieran tenido que repetir nombre. Por ello, parece que no fue la decisión más acertada de Otero Silva en esta novela, la de la nominación de sus capítulos. Así como Otero Silva se tomó el tiempo para idear la estructuración perfecta para Casas muertas debió hacerlo con esta novela. De esta forma, habría saldado un paso más para lograr la integración de todos estos elementos aislados que, en pocas ocasiones, logró reunir y dar la sensación de una historia global.

Entonces, viene la pregunta de rigor: ¿Y la parte ideológica? Después de todo, es Otero Silva. Uno debe asumir que ese elemento estará presente. Pues, si bien está presente, el mismo está muy bien controlado. De hecho está controlado “casi bien”. La cuota de ideología, en muchos casos es la correcta, y está tan bien dosificada, que te deja con las ganas de más, con cierta impotencia, y te involucra en la reflexión al dejar la tarea a medias. En otras palabras, hace lo correcto. En ciertos otros momentos, comete los mismos errores de siempre; pero no pesan demasiado en sumatoria.

Entonces, termina por suceder lo inverso a lo ocurrido en Casas muertas. La parte que hace interesante a la lectura es la que te deja ese gusto ideológico amargo, pero efímero. Uno desea completar el panfleto, distribuirlo por la calle, hacer huelga y volcar gobiernos. Pero la historia, la parte narrativa de la historia, queda a medias, y no dan muchas ganas de completarla. Uno quiere pasar de largo las páginas para llegar al final y comprobar que, efectivamente, la novela termina sin dejarte nada a nivel narrativo.

Se trata, en definitiva, de una novela mezquina, que empieza con mucha fuerza, que tiene consigo la emoción de la creación, y que a medida que inevitablemente se va poblando de personajes, de calles, de casas, de taladros, mechurrios, hoteles, se va haciendo más incontrolable, más esquiva, más rutinaria y aburrida. A diferencia de Casas muertas no queda demasiado claro cuál es la forma de reparar la novela para volverla una novela grandiosa, aunque se sabe que es perfectamente posible.

Yo, sin embargo, sería capaz de recomendar (con mucha prudencia, eso sí) su lectura a cierto grupo de personas, y sé que la disfrutarían tanto como yo y que, igual que yo, aunque terminaran un poco decepcionados, un poco tan vacíos como empezaron, no se arrepentirían de haber invertido ese tiempo. Y es que Otero Silva tiene esa facilidad. Es un escritor fácil de leer, fácil de entender, fácil de recordar, fácil de criticar, pero difícil de evitar y de calificar.

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Si quieres leer el análisis de Casas muertas, haz clic aquí. O puedes revisar las reseñas de Cuando quiero llorar no lloro y Fiebre.

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7 comentarios en “La Oficina n° 1 de Miguel Otero Silva

  1. Pingback: Las Casas y las Causas Muertas de Miguel Otero Silva | convictoryconfeso

    • Lo siento amigo Jesús, pero ese no era el objetivo de este artículo. No lo indica el título, ni lo sugiere ni una sola frase del ensayo. Se trata únicamente de mi análisis global de la obra. Quizás debas culpar a google, que te trajo acá, aunque estabas buscando otra cosa.

      Suerte en tu búsqueda. Aunque quizás sea mejor leer la novela.

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  2. Pingback: La Fiebre de Miguel Otero Silva | convictoryconfeso

  3. Pingback: Reseña de Cuando quiero llorar no lloro | convictoryconfeso

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