Soplaré y escupiré

Los tres cerdos habían sobrevivido a los embates del lobo feroz durante años, hasta que este decidió empezar a cazar gallinas no antropomorfas, que son más fáciles de atrapar. Se diría que el lobo había aprendido la moraleja, pero las moralejas tienen una fecha de caducidad ligada directamente a la emoción del momento. En lo que desaparece esa emoción, el aprendizaje moral se borra. Por ello tampoco es de extrañar que los 3 cerditos volvieran a sus antiguas rutinas. Solo que ahora habían probado las comodidades de vivir en una casa bien construida, y decidieron quedarse allí, sin pedir autorización del cerdo trabajador. El más holgazán de ellos ocupaba su tiempo en ver televisión, mientras que el intermedio le había pedido a su hermano que le construyera un estudio de arte en un anexo de la casa, para explorar su vena creativa. Pero, igual nunca terminaba un solo cuadro o una sola novela. El estudio estaba lleno de obras a medio arrancar, pero él siempre estaba ocupado empezando alguna nueva. Mientras tanto, el cerdo mayor estudió ingeniería civil, armó su empresa de construcciones, y recibió un proyecto estadal para la construcción de una represa. Todos los días llegaba casi a medianoche a casa, únicamente para darse cuenta que debía recoger los destrozos de sus hermanos. La paciencia se le agotaba. A la mañana, salía de nuevo a la represa, dejando las viandas con las comidas de sus hermanos, y dejándole alguna nota cariñosa en la nevera, en un esfuerzo por limar asperezas, pero que él mismo sabía que nunca leían. Ya en la represa, pensaba en el poder arrasador de  los elementos. Una buena corriente de aire podía acabar con una casa de paja o de madera. Pero, el aire podía no ser suficiente para los bloques, las cabillas y el concreto armado. Toda el agua contenida en una represa, en cambio, podría volver papillas incluso a una casa hecha de puro kevlar y titanio. Eran las once y media de la mañana. Sus hermanos de seguro seguían durmiendo. Mira el plano y piensa que aquel número 10 debería cambiarse por un 5. Entrega el plano al jefe de obra: un imbécil descerebrado. Seguramente no se daría cuenta jamás del error. Regresa a su oficina, y empieza a dibujar los planos de la que, llegado el momento, sería su nueva casa. Un brillo de lobo ilumina su ojo derecho y un hilo de saliva se le escurre por la boca. Por el momento tocaba esperar, pero ahora la espera parecía más promisoria.

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Un comentario en “Soplaré y escupiré

  1. Pingback: Sobre “Las trinitarias y Barba Azul” | convictoryconfeso

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