La princesa y el guisante

Aquello de príncipe encantador ya le estaba rompiendo las bolas. Él solo era capaz de encantar mujeres imbéciles, muñecas perfectas para una película muda, con la misma cantidad de celulitis en el trasero que de materia gris en el cerebro. Y la culpa era de sus padres: con una educación tan elevada como la que le dieron, hasta las duquesas de gustos, modales, humor e intelecto más refinado, le parecían meros perritos de esos que aprenden trucos, pero que al primer descuido tratan de morderse el propio trasero. Y todo fue así hasta que a su castillo llegó la mujer más hermosa que había visto. Se llamaba Génesis y venía leyendo una novela de Camus, con semblante algo aburrido. Le entregó una Carta Real, donde se le pedía autorización al rey para que ella pasara allí la noche, pues iba a medio camino de un largo viaje. No parecía tener ningún título nobiliario. Era no más que una estudiante de artes liberales, que hacía a pie la ruta a Guernica y Luno, para elaborar su tesis… que no, no versaba sobre el cubismo, el arte postguerra, ni Picasso, y parecía cansada de que todos le preguntaran lo mismo, pero tampoco ofrecía mayor detalle al respecto. Tampoco ofrecía detalle de cómo había logrado tal amistad con el rey, como para que él mismo le ayudara a buscar posada. Sin embargo, el príncipe no le dio importancia a nada de esto, obnubilado como estaba de su seguridad y belleza, y él mismo le dio la autorización de hospedarla y, así mismo, decidió ponerle toda clase de pruebas durante su estadía, para demostrarse que era la mujer perfecta. Su instinto le decía que en ella encontraría a la indicada.

Le dio a leer Puedo escribir los versos más tristes esta noche de Neruda y le pidió su opinión. Ella le dijo, secamente, “prefiero su poesía política”, y él anotó el primer punto positivo. Le hizo ver una película de Tarkovski, y no anotó un punto positivo hasta asegurarse que la viera completa sin dormirse. Discutieron sobre comunismo, teoría de cuerdas, lenguas romances, comparativa de costumbres necrofílicas en tribus africanas y ciudades modernas, entre otras cosas de la misma calaña. Todas las pruebas pasadas con honores. El príncipe la invitó a tener sexo, entonces, y ella aceptó, con el mismo semblante aburrido con el que llegara al castillo. El príncipe colocó un guisante bajo el colchón, que era  uno de esos que salen en los comerciales, que les lanzan una bola de bowling y no se caen ni los pines que están justo al lado, porque tienen resortes independientes o alguna tontería por el estilo. Después de una sesión bien variada en posturas y acrobacias, el príncipe anotó otra docena de puntos positivos, pero esperaba ansioso por el punto final.

Le preguntó cómo se sintió tener sexo en aquella cama, esperanzado en que su sensibilidad hubiera sido tal que detectara el guisante, lo que indicaría que ella era la elegida, que tenía sangre azul, que debía casarse y que le impediría seguir con su viaje. Ella le contesta que aquella era la cama más cómoda para tener sexo que jamás había usado. El príncipe la bota inmediatamente de su castillo, sin darle ninguna explicación, profundamente decepcionado. Ya lejos del castillo, la chica saca un celular y redacta un mensaje:

“Infanta Augusta, adjunto verá un documento con todas las respuestas a las preguntas y temas de conversación que domina el príncipe, y que debe memorizar si quiere parecer tan culta como él. La verdad no es demasiado difícil. El hombre no es más que un hipster mediocre, que repite los mismos 3 o 4 tópicos de confianza. Y si es invitada a dormir o a tener sexo, haga parecer que su cuerpo la ha pasado muy mal (aunque no por el sexo, claro está), pues ha sentido en todo momento algo como un guisante bajo la cama, que es precisamente lo que él le pondrá, para probar no sé qué clase de imbécil punto. La verdad es que ese príncipe es todo un patán, un hijo de mamá al que convencieron de que tiene el más alto pedigrí y que en base a ese supuestamente supremo perfil es que debe elegir su compañía. No puedo comprender cuál es su interés en agradarle. En cualquiera de los casos, esa no fue la razón por la que me contrató y, dado que esa función ya la he cumplido, espero que me transfiera el resto del dinero esta tarde, para que se haga efectivo mañana en la mañana, y que no olvide mandarme por correo el número de seguimiento de la transferencia, que la vez anterior lo olvidó. Hasta entonces”.

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