La literatura es un revólver

La literatura es un revólver y el escritor es el gatillo. El lector siempre hace lo que puede para esquivar las balas. Para su infortunio, las más de las veces queda herido. Leer entonces es jugar a la ruleta rusa. Una ruleta rusa no muy justa. Se entiende, de esta forma, su poder adictivo.

Él sentía que ya nada tenía significado. Había fallado en todas las formas imaginables de vivir, incluyendo la vida artificial, y en todas las posibles recreaciones de la muerte, incluyendo la muerte natural. Sabía que no podía morir a voluntad aguantando la respiración, pero sí podía atarse al fondo de una piscina y esperar a que sus pulmones estallasen en una sinfonía sorda. Así que construyó una piscina y de tanta anticipación por morir se ató a un conjunto de pesados bloques, mientras esta empezaba a llenarse con una delgada manguera. Se necesitaba un día y medio para llenar la piscina. Pero él no contaba con un día y medio y se soltó de sus amarras para idear un nuevo plan.

Tomó una antología del cuento mundial de unas 800 páginas y lo abrió al azar en un cuento llamado La literatura es un revólver, de un tal Víctor Mosqueda Allegri. Pero no se dedicó, como los suicidas indecisos, a acariciar a Víctor, rumiando posibilidades o tratando de sacar de su esencia de gatillo, amoral y neutra, la cuota de energía necesaria para presionarlo a fondo, o acaso la justificación existencial que tornase a su dedo índice en protagonista de su propia expiación. Él, sencillamente, se puso el revólver en la boca en ese universal acto lascivo de la literatura de tornarse un pene simbólico y pedirte una última felación si querías el beneficio de tragarte su semilla. Pero no fue una felación dedicada la suya. Apenas lo lamió y lo sostuvo entre sus labios, con animal indiferencia y casi con asco, o con una mezcla de asco y resignación. Y, como no pretendía lamerlo hasta que decidiese eyacular una bala, estimuló con su dedo su punto g, empujando con fuerza ese gatillo, devorando con profano apuro las casi 3850 letras de su cuento. Después de todo, se sabe que es más fácil complacer a un escritor singular que a la literatura plural. El chico parecía estar claro en lo que hacía.

La bala entró por su boca con una fuerza y una velocidad que superaban en demasía la capacidad de su masa corporal de detener su movimiento, y salió por un costado de su garganta, atravesando también la pared de su habitación y el tronco del árbol que estaba en frente, penetrando en un pájaro desprevenido que se disponía a descansar en una de sus ramas, antes de entrar en órbita con la Tierra.

Sangrando copiosamente por el cuello, se asoma por la ventana y ve que su piscina ya está casi al nivel de su nariz y que pronto podrá ahogarse en ella. Decide no tentar a la suerte con la posibilidad de morir desangrado, y baja al patio para atarse nuevamente al conjunto de pesados bloques al fondo de su recién construida piscina.

Mientras espera su inevitable muerte, ya con el agua sobre la nariz y agotando sus reservas de aire y sangre, piensa en un pequeño extracto de La literatura es un revólver y súbitamente abre sus ojos y se atraganta con su propia saliva, en medio de una insólita epifanía, cuando también súbitamente la bala regresa de su vuelta a la Tierra, con una pequeña desviación elíptica en su curso, y entra en medio de su cerebro, deteniéndose en seco, cuando también su respiración se agota y termina de botar toda la sangre que es humanamente posible.

El tiempo se detiene un último segundo para que él pueda concretar su postrera idea:

La literatura es un chopo improvisado que no puede asegurar la trayectoria o precisión de las balas que atraviesan su cañón. El escritor en muchas ocasiones suele engatillarse, impidiendo asesinatos, suicidios y legítimas defensas. El lector no necesita esquivar las balas que se propina a sí mismo. Ellas, la mayor parte de las veces, se encargan de eludirlo por su cuenta. Las pocas ocasiones en que un lector muere en manos de este precario instrumento, no se dejen engañar, es por una bala perdida. Se entiende, de esta forma, su potencial destructivo y su perfecta justicia.

Cualquiera podría pensar que la pequeña bala de Víctor Mosqueda Allegri se ha ensañado de esta manera con aquel sujeto para evitar que plasmase su epifanía herética; pero, al parecer, la epifanía es parte inseparable de la bala. Es, por así decirlo, la única parte de la bala que mata.

Claro que este chico murió ahogado en su piscina. No se hagan ilusiones. Si quieren acabar con sus vidas, esta bala no les resultará efectiva y este gatillo puede llegar a decepcionarlos. Sigan girando la ruleta.

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