La paradoja del minotauro

Como era costumbre, cada año soltaban a 14 vírgenes en los laberintos del minotauro, y ese año los primeros 5 habían estado deliciosos. O era solo el hambre, retrasada por todo un año. El minotauro seguía creciendo en tamaño, agilidad y agresividad, por lo que cada vez necesitaba más y los tragaba con más salvajismo. Después de haber devorado a los 13 primeros, solo quedaba uno por atrapar. Un joven escurridizo, que se había escapado ya en 3 ocasiones, mientras todavía el minotauro tenía otros jóvenes con los que entretenerse entre sus pasadizos. Pero, ahora solo quedaba él, y el minotauro le había arrinconado, en un pasillo donde las gardenias mareaban con su tufo. Así que el joven, en un intento por salvar su pellejo del destino inminente, habló al minotauro antes de que este le devorase:

–         He escuchado que este año también han introducido un unicornio en tus predios.

El minotauro brama molesto y le asegura que eso es imposible; que no puede haber nadie ni nada en su laberinto sin que él lo sepa. Le explica, además, que los unicornios son entes imaginarios.

–         Pues, yo he escuchado quien dice que los minotauros también son imaginarios.

El minotauro brama con más furia y arremete contra el joven, clavándole un cuerno en la pantorrilla, mientras le pregunta si ese dolor que siente le parece imaginario o real.

–         Ciertamente me parece muy real. Pero, yo también podría ser un personaje imaginario, creado únicamente para reforzar tu historia ficcional. El inconveniente es que los humanos no somos seres mitológicos, y no podrás probar tu irrealidad por medio de mi muerte, ni mi ingesta.

Ahora el minotauro había dejado de resoplar. Se encontraba algo confundido, y el joven aprovechó para darle un consejo a punto con la situación: buscar al unicornio antes de devorarle a él.

–         Busca al unicornio. Si le encuentras, sabrás que no te he mentido al revelar tu naturaleza imaginaria, y entonces me liberarás y dejarás vivir hasta que yo encuentre mi propia muerte de forma natural. Si, por el contrario, concluyes de forma lógica y empírica que te he mentido, entonces yo mismo meteré mi cabeza en tus fauces y, complacido, me convertiré en tu cena.

El minotauro aceptó confundido. Ahora sabía que había un unicornio en su laberinto, o que acaso podía no haberlo, y que debía asesinarlo, o al menos refutar su inexistencia. Pero le era imposible encontrarlo, lo cual, por un lado, le resultaba ideal pues, en la medida en que no lo encontrara, podía seguir declarándose vivo, real. Entonces el minotauro se repetía, para calmarse, que si no podía encontrar a ese unicornio era porque en realidad él no era mitológico como aquel animal de un solo cuerno. Pero, simultáneamente se sostenía impertérrita la idea de que era imposible que cualquier ente estuviera en su laberinto sin que él le encontrase; de modo que el minotauro no podía dejar de buscar, por la simple y vaga posibilidad. Era su naturaleza unidimensional de bestia mitológica, y ahora pasaría la eternidad sin poder detener su búsqueda que, como toda búsqueda, no es más que una de tipo interior.

Mientras tanto, el joven se hizo hombre y luego anciano, y se convirtió en el Patriarca de la población que se creó dentro de los predios de los Laberintos de Creta. Cada año eran soltados 7 mujeres vírgenes y 7 hombres vírgenes dentro de aquellos pasillos infinitos y enrevesados, pero no había ningún minotauro que los recibiera para asesinarlos. En cambio, les recibía el Patriarca, ya anciano, que les narraba su antigua hazaña para liberarse de su destino, y les aseguraba que no tenían nada qué temer, pues aquel Minotauro había desaparecido en los Jardines del Sur buscando un unicornio y jamás regresaría, pues jamás le encontraría, debido a que es la naturaleza unidimensional de los unicornios jamás dejarse encontrar. Bastaba con no acercarse nunca a los Jardines del Sur. Así, los nuevos vírgenes tributos eran asimilados dentro del sistema social creado en el Laberinto de Creta, y recibían un oficio, una vivienda y se les asignaba pareja, para que prolongaran la especie. Nadie, nunca, volvió a ver al Minotauro y, tras la muerte del Patriarca, su historia se llevó de generación en generación a todos los vírgenes que cada año llegaban al laberinto.

Afuera del laberinto, en el mundo real, cada año eran seleccionados los 14 jóvenes que serían sacrificados. Y una vez les dejaban dentro de la única entrada al laberinto, que no tenía salida, sabían que su destino era ser devorados por aquel ser horrendo, para pagar, durante toda la eternidad, aquella maldición que le había gestado y que era mejor no recordar.

Alguna vez, con el mundo ya más avanzado, digamos que unos 2500 años después de la construcción de aquel laberinto, algún científico intentó argüir que era imposible saber si existía el minotauro, basado en la simple evidencia de que ninguno de los vírgenes sacrificados regresaban. Entonces, le introdujeron al laberinto por hereje, y nadie, nunca, jamás, volvió a criticar la evidencia de fe en el mundo exterior al Laberinto. Ya dentro del laberinto, e incluido en el sistema social, el científico no se detuvo y defendió su idea original, alterada en función del caso, diciendo que era imposible asegurar que el minotauro se hubiese internado en los supuestamente infinitos jardines del sur persiguiendo un unicornio, por la simple evidencia de que jamás se le había visto en los jardines del norte. Entonces, le exiliaron a los Jardines del Sur, y como nunca le vieron regresar, nadie volvió a dudar jamás.

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2 comentarios en “La paradoja del minotauro

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