El amor en tiempos de plaza

“El viejo y los pájaros”, por Pierre Belhassen. Perteneciente a su álbum “Retratos”

Las palomas son las ratas del cielo. Representan una plaga para la mayoría de las ciudades modernas. Su excremento es altamente corrosivo, y lo dejan por doquier, sin ningún tipo de consideración. Son cobardes, egoístas y malolientes en solitario, lo mismo que cobardes, egoístas y malolientes en grupo. Son animales voraces, repulsivos  y destructivos que, en muchos lugares se busca exterminar de cientos de maneras, lamentablemente no muy efectivas. ¿Cómo es posible, entonces, que una persona sienta algún tipo de atracción por esta ave? Porque no estamos hablando de esas palomas blancas, que simbolizan la paz, con costumbres igual de burdas, pero un tanto más agradables al ojo. Estamos hablando de esas palomas gordas y toscas, gris pizarra, negro hollín y azul ajado, con plumas llenas de piojos, garrapatas y quién sabe cuántas otras cochinadas; que se adueñan de nuestras plazas y arruinan nuestro patrimonio arquitectónico. Hablamos, en concreto, de las ratas del cielo; ni más, ni menos.

Pero me detengo. Lo sé. Quizás exagero con esta descripción. No todos son obsesivos compulsivos como yo, que asocian su cercanía con riesgo bacteriológico. No todos creen que el batir de sus alas despliega bacterias en el aire, en un radio de 10 punto 5 metros. Pero esta descripción desafortunada resulta necesaria como punto de partida para lo que voy a hablarles aquí. Ahora sí, continuemos, y volvamos a la pregunta original.

¿Cómo es posible sentir atracción por un animal como la paloma? Esto, tal vez, sea similar a preguntar cómo es posible sentir amor por un criminal. Sea objetiva o subjetivamente, podemos hacer de ellos descripciones tan desafortunadas como la que hemos hecho de la paloma. Y aun así, sabemos de cientos de casos de criminales, lo mismo que de sujetos igual de recriminables, pero que no matarían ni a una mosca, que han sido, son y serán amados, por una o más personas, unidas o no por lazos de sangre. ¿Qué variable es la que permite que el amor surja en condiciones como estas? Yo me aventuraría a decir, que es la misma que permite que cualquier otra forma de amor surja en cualquier otro tipo de blanco u objetivo: el tiempo. Más adelante regresaremos a este punto.

Pensemos, por el momento, en estereotipos. Parece haber un estereotipo en la personalidad habitual de las mujeres que buscan criminales. Existen tesis al respecto. Carencias emocionales, patologías, búsqueda indiscriminada de riesgos, agresividad, deseos de quedar expuestos y ser vistos, etc. Una amiga realizó una investigación para tratar de verificar la correlación entre el trastorno de personalidad antisocial, como signo masculino, y el trastorno de personalidad histriónico, como signo femenino, dentro de las relaciones de parejas formadas en las prisiones. La correlación de factores asociados a estos trastornos de la personalidad, que era la hipótesis, no fue comprobada, pero se mostró que habían ciertos rasgos aislados, tendientes a estas patologías, que se observaban en las personas estudiadas. Existe un estereotipo en estos casos, en otras palabras. Y quizás exista un estereotipo de rasgos requeridos para cada manifestación de amor, solitaria o compartida.

De modo que también debe haber un estereotipo para los amantes de las aves que hoy nos ocupan, las mentadas ratas del cielo, y ese estereotipo está muy bien representado en la fotografía que acompaña a este texto. Esta imagen no tendría la misma fuerza de tener como protagonista humano a un hombre de 32 años, porque él no representa al estereotipo de los amantes de las palomas. Pero, ¿cuáles son los rasgos presentes en los ancianos, que los vuelven el estereotipo adecuado para esta relación? Ciertamente sería un tema interesante para explorar con un abordaje más cientificista, pero yo me voy a arriesgar a tratar de comprenderlo desde el terreno literario, haciendo uso de esta licencia dentro de lo que se supone un ensayo.

Si vemos con poca atención la fotografía que precede a este texto, podríamos pensar, a juzgar por el contexto urbano y otros factores más sublimes, que el anciano allí retratado es un vagabundo. Ciertamente hay falta de prolijidad en la limpieza de aquel hombre, hay descuido en su peinado, y se presiente un cansancio físico, que se reafirma en los pliegues, en los acomodos de la piel, que dan la sensación de estar curtidos por el sol y algunas otras desdichas del tiempo. Pero no podemos engañarnos. Hay otros factores que niegan esta procedencia supuesta. Uno de ellos es la ropa, limpia y planchada, si obviamos el excremento de paloma que tiene el suéter y algunas migas de comida. De esta forma, a mí se me hace más fácil imaginar a este hombre como un jubilado, quizás recién enviudado, con algo de energía física sobrante, pero muy poco de energía emocional.

Si me tocará novelar un poco más el retrato diría que la ropa se mantiene limpia y planchada gracias a un hijo que viene de vez en cuando a cumplir esta labor, para calmar la voz de la culpabilidad que le genera ver a su padre así de desolado. Pero, fuera de estos instantes compartidos, el anciano pasa gran parte de su vida a solas, acompañado quizás por un radio, la televisión, la soledad pura o algún libro releído mil  veces, que en realidad se hace las veces de leer, mientras se piensa en cualquier otra cosa, esperando que llegue el sueño. Despertándose a las 5 de la mañana, después de un sueño confuso e intermitente, no han pasado dos horas cuando ya ha resuelto los 3 crucigramas de los periódicos del día, y a las 4 de la tarde ya ha adelantado la cena congelada, que el mismo hijo le lleva una vez a la semana. Entonces, surge el deseo de contacto, los recuerdos adoloridos, la ansiedad creciente de la infinitud de la casa, de la vida, y solo puede sentir calma cuando piensa en ir a la plaza para alimentar a las aves.  De modo que se quita la ropa de dormir, que tiene desde las 7 de la noche del día anterior, y se viste con una coquetería en desuso, para su encuentro del atardecer, para su brecha a la soledad, que dará algo de impulso para llegar al siguiente día.

Muy bien. Me detengo de nuevo. Lo sé. Quizás exagero una vez más. De seguro he abusado del estereotipo y forzado la metáfora hasta un límite absurdo. No es necesario un conjunto de desdichas y soledades tan pronunciadas, como para sentir apego hacia la rutina de dar de comer a los pájaros de una plaza. Pero, una vez más, es una descripción terca y desafortunada que se plantea necesaria para llegar al punto que, tarde o temprano, será planteado. Así que continuemos y retomemos el asunto del tiempo como variable necesaria para que surja el amor, el apego o la amistad ante criaturas desagradables y nocivas, del tipo que sean.

Así como el tiempo muestra las costuras de cualquier persona, cosa o evento, también termina por revelarnos su belleza, su fragilidad, su valor, su virtud. De esta forma, el tiempo es capaz de hacer surgir el amor por una persona que a simple vista no tiene más que defectos. Es el tiempo el que permite restarle fuerza a estos defectos y llevarle luz a las zonas menos iluminadas, las menos evidentes, las que reflejan el lado humano de estos sujetos. El lado amable; la potencialidad de ser amado.

No resulta extraño, entonces, que comencemos a sentir amor, afinidad o apego por alguien despreciable con el que hemos compartido tiempo e intimidad. A ojos de los demás resultará absurdo, pero para los involucrados quizás no exista nada con más sentido. Pues, esto es similar a lo que pasa cuando vemos a un anciano darle de comer a las palomas de una plaza, mientras deja escapar de sus ojos un afecto incomprendido para los observadores externos. Pero, aunque tiene similitudes de forma, no es exactamente lo mismo de fondo. Porque resulta muy poco probable que el anciano se haya tomado el tiempo suficiente para conocer a fondo a estos animales, lo  mismo que no es probable que estas experiencias las haya vivido siempre con los mismos animales, que de seguro variarán de día en día.

De modo que, a diferencia del ejemplo del criminal, lo que ama el anciano de las palomas no es las virtudes que le han mostrado el tiempo de ellas, sino un concepto automatizado, creado antes de conocerlas, antes de interactuar con ellas. Porque, así como tenemos un estereotipo para estos ancianos, también tenemos uno para las palomas que con ellos comparten. Y ese estereotipo, además de describir a un animal repugnante, con mayor o menor énfasis del puesto aquí, también nos habla de un animal oportunista, muy fácil de complacer, que va a acercarse a cualquiera que le facilite el trabajo de buscar alimento, siendo capaces de maquillar cierta cercanía afectiva, como la que vemos en algunas mascotas, como la que vemos en esta imagen.

Aquí tenemos una fotografía hermosa, que nos muestra a un anciano sirviendo de repisa a siete ratas del cielo, ahora un tanto menos toscas, un tanto menos repulsivas y más humanizadas, gracias a la expresión de ensueño que envuelve al hombre, que cierra sus ojos como para contenerlas, para mantener esa sensación efímera de compañía y contacto. Parece que no es el obturador, sino los ojos cerrados del anciano los que vuelven estático a este momento, y nos permiten verlo con detalle. Parece que si atinara a abrir los ojos, la foto dejaría de representar una escena inmóvil, las palomas se marcharían y él quedaría de nuevo solo. De hecho, parece que esto es lo que teme el hombre repisa. Porque seguro este hombre ya ha descubierto la trampa detrás de esta relación de doble conveniencia. Ellas le sirven a él para emular sensaciones que no experimentaba desde hace un tiempo, ahora que no tenía a quien proteger, a quien hacer crecer, a quien mostrarle su humanidad. Y él les servía a ellas para la tarea de obtener mejor alimento que el que puede conseguirse en basureros y otros contextos similares.

Conocer esto es lo que genera esta expresión de ternura contenida en el anciano. Esa expresión que parece estática por acción de la fotografía, pero que muy probablemente no cambió en el entorno real donde la foto fue tomada, hasta que las palomas decidieron abandonar su repisa humana. Después de todo, la cantidad de comida que tenía el anciano encima de su ropa, que es la razón de que estas estuvieran encima de él era limitada. Para el momento en que fue tomada la fotografía, de hecho, ya solo quedaban migas, alguna de las palomas había defecado, y todas miraban las ropas del anciano, en busca de más alimento. Parece que la imagen fue tomada después de varios segundos de picoteo encima del anciano repisa. Quizás de allí viene esa sonrisa como de cosquilla en retroactivo, que hace contraste con el rictus de ansiedad, de la sensación de saber que todo estaba ya acabando.

Volvamos, entonces, al tema matriz. ¿Cómo es posible que alguna persona sienta atracción por este tipo de aves? La respuesta no es muy complicada, pero da luces sobre un tema bastante complejo. La atracción surge de la promesa de una relación fácil, sin conflicto, sin realidad, sin drama. Una relación que permite una ilusión de afecto, de cercanía, de contacto, de amor. Porque de jóvenes vamos por la vida enfrascados en la certeza de que el amor existe, de que incluso es posible cultivarlo a través del tiempo, y verterlo sobre todo tipo de personas, sin importar la cantidad de defectos que tengan, o lo nocivos que nos resulten. Porque de jóvenes parece haber tiempo suficiente para cultivar el afecto, mantener la cercanía, prolongar el contacto, sostener el amor. Pero, de ancianos el tiempo no es precisamente el factor más abundante. Y mucho menos las ganas o la capacidad de aguante. La vejez viene de la mano, en muchas ocasiones, de ciertas certezas poco agradables, a las que nos negamos mientras las canas y sus respectivos duelos no llegan. Los amores no duran para siempre, el afecto se corrompe, el contacto deja una huella efímera, la cercanía tiende a convertirse en distancia; es mejor no exponerse. Parece lógico encontrar ancianos en las plazas, con bolsas de maíz en las manos, mientras los jóvenes cultivan el amor en las alcobas con sus propias estratagemas.

Y parece lógico, también, encontrar los mayores detractores de las estas aves entre los jóvenes. A casi ninguno nos agrada demasiado la idea de ver reflejada nuestra ingenuidad con respecto al amor, de patas y alas de seres vivos tan horrendos. Preferimos salir corriendo y espantarlas, para así continuar creyendo que el amor existe, aunque todavía no lo encontremos porque no hemos invertido el tiempo o el maíz suficiente.

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6 comentarios en “El amor en tiempos de plaza

  1. Un desarrollo honesto; tanta realidad, que no deja para mas… es tan sabido, que las palomas han de causar dolores de cabeza en las urbes, que es mejor lanzarse estrepitosamente y ver como huyen despavoridas. como también es cierto, que se cree vanamente que los ancianos, son los únicos simpatizantes de estas “RATAS VOLADORAS”.
    La descripción que haces del viejo, aunque cueste aceptarlo, básicamente pasa siempre así; El que es solitario, sin ilusiones, al que le falta todo.. y es que tristemente, aunque se proteja y se atienda; hay algo interno en ellos, que los vulnera a tal grado, de dejarlos tal como tú lo reseñas.

    tomando estas lineas:

    “Los amores no duran para siempre, el afecto se corrompe, el contacto deja una huella efímera, la cercanía tiende a convertirse en distancia”

    “Parece lógico encontrar ancianos en las plazas, con bolsas de maíz en las manos, mientras los jóvenes cultivan el amor en las alcobas con sus propias estratagemas”

    resume para mí, el día a día, allá afuera, en la calle.. donde nadie ves mas lejos que sus narices,
    y donde los ancianos serán de por vida estigmatizados.

    Grande tu interpretación a esta fotografía..!!
    Saludos

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    • Gracias Edward. Me gusta las líneas que escogiste como resumen del texto. Y sí, lamentablemente, mi estereotipada descripción imaginaria de la vida del anciano, es algo que, en mayor o menor forma, ocurre con una frecuencia mayor a la que es posible asimilar sin sentir culpa. No parece extraño que se unan a animales tan mal vistos, cuando todo afecto ha socavado, o al menos cuando las costuras de los afectos queda a la vista.

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  2. Estoy de acuerdo en que es en el último párrafo donde se resume mejor la tesis de este ensayo, por otra parte muy elaborado y detallado. Me quedo con la idea de que al llegar a la vejez uno acepta que lo mismo es un beso de paloma que uno de un nieto, por ejemplo. Saludos.

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