Esa otra parte

Frustración, por Gabriela Machado

Constantemente el mundo trata de taparnos los ojos. ¿Para qué? Hay cientos de razones y cada una entra en juego en el momento justo. Si la venda es colocada antes o durante un evento delicado, social o personalmente, puede que ello nos impida ver lo que de otra forma nos haría levantarnos en protestas o desacuerdos. Eso resulta conveniente para muchos de los que detentan el poder; ya sea un poder de masas o sobre pequeños grupos; digamos una familia o un trío de amigos. El desconocimiento es un arma poderosa. Un arma dañina y llena de conveniencias políticas. Aunque también se nos puede cegar para protegernos, temporal o indefinidamente, de algo que podría dañarnos, dada ciertas condiciones de vulnerabilidad, reales o supuestas, en quien es vendado.

Pero, ¿qué tanto protege la ignorancia? Por allí dicen que no es lo mismo darle a un hombre el pescado que enseñarle a pescar. Aquí podríamos decir que no es lo mismo vendarle, que enseñarle a soportar, darle herramientas para que aprenda a integrar lo negativo, lo crudo a lo que sus ojos inevitablemente se enfrentarán. Pero, ¿qué pasa cuando hemos sido vendados muchas veces, ya sea por protección o por motivos del poder, y sentimos que esto nos hace vivir mejor, más ligeros, más calmos? ¿Qué pasa cuando somos nosotros los que, espontáneamente, comenzamos a vendarnos, por los beneficios que ello nos trae a nosotros? Parece evidente que la relación se hace más compleja cuando “vendador” y “vendado” confluyen en un mismo sujeto. De modo que no podemos analizar esta situación sin ver su naturaleza dual.

Cuando vi la foto de Gabriela Machado, no pude dejar de notar ese ángulo curioso que forma su mano derecha acariciando (aunque lo más objetivo sea decir sosteniendo) su mejilla izquierda. Dada las condiciones de iluminación y los colores del retrato, no podía separarme de la sensación de desrealización, de estar frente a una suerte de defragmentación del cuerpo, ante la presencia de una mano, que si bien era de Gabriela y acariciaba a Gabriela (insisto en acariciar, porque la subjetividad priva en la mirada), parecía estar fuera de Gabriela y, desde allí, tocarla. Enseguida me dije que aquella mano le pertenecía al vendador y el rostro al vendado. Pero, luego no estuve tan seguro de quién era quién en este retrato. Creo que solo de esa forma puede sostenerse este sistema simbiótico. En la medida en que no sea posible distinguir entre quién procura el vendaje y quién se deja vendar, el vendado continuará ciego, sin saber si debe oponer su resistencia hacia sí mismo, o hacia “esa otra parte” de él. Sería más fácil pensar, convencernos de que es siempre “esa otra parte” la que nos venda; pero creer en ello no sería más que vendarnos de nuevo.

Y, ¿qué pasa cuando el vendarnos se ha hecho más que nuestra herramienta de afrontamiento? ¿Qué pasa cuando nos pesa la anticipación del momento en que al fin podemos dejar de ver la realidad? En casos de secuestros prolongados solemos ver ejemplos de víctimas que terminan enamorados de sus captores, o terminan por convertirse a sus causas. Le llaman Síndrome de Estocolmo. ¿Es posible que terminemos por enamorarnos, por hacernos de las causas de “esa otra parte” que llega de tanto en tanto con la venda y nos ciega, para mantenernos cautivos?

No sería de extrañar, en condiciones como estas, que el sujeto cautivo comience a hacer uso de sus facultades de seducción, para mostrarle a su captor que ha caído en sus redes, que le pertenece en espíritu, que se ha rendido, que le ama, que desea emularle, que le entiende, que profundamente y con intensidad puede entender cada pequeño movimiento que hace y cada pensamiento que emite. Y una vez que la artificialidad del primer enmascaramiento ha sucedido, no podemos distinguir claramente quién es quién. No podemos saber si es Gabriela o “esa otra parte” de ella quien se perfuma, se maquilla con maquinada dedicación, se adorna con joyas, se deja acariciar y sonríe con un éxtasis contenido, por el placer del rito, por la anticipación de tener de nuevo la venda cubriendo los ojos; y todo lo que ello trae, que no es lo que nos preocupa en este escrito, pero que también resulta digno de analizar. Porque llega un momento en que ni siquiera resulta necesario que la venda sujete firmemente. Porque llega un momento en que vendarnos es la forma que tenemos de hacernos el amor. Un amor corrupto, nacido en cautiverio, con las reglas propias de los privados de libertad.

Cuando vi la fotografía de Gabriela por primera vez, o quizás a la segunda, no supe distinguir que rol cumplía la mano y qué rol cumplía el rostro. Pero más tarde, no pude dejar de preguntarme cuál es el rol del manto negro. Es evidente que ya él no resulta necesario para mantener los ojos vendados. La transformación se ha dado y el rostro es simultáneamente la mano; los ojos son simultáneamente la venda. Ha cambiado la forma de mirar de esos ojos en su búsqueda por no ver, y ya la venda no es requerida. Pero qué pasa cuando una relación surge dentro de un sótano lleno de moho y mugre, con un cuerpo encadenado y el otro sosteniendo el látigo. Luego de eso, al final de eso, una habitación iluminada, llena de sábanas limpias, con las muñecas sueltas, no será capaz de contener la máscara del amor, y será necesario, para captor y cautivo, regresar, de tanto en tanto, al sótano enmohecido, repetir el rito, para sentir el vértigo una vez más. De vez en cuando será necesario volver a cubrir el rostro con el manto, llenarnos de joyas, perfume, maquillaje, anacronismos; para poder sostener esa dualidad que mantiene a nuestro brazo derecho siendo simultáneamente rostro, y a nuestros ojos siendo simultáneamente venda. Ante tal beneficio, resulta una molestia mínima y que se paga con gusto… al tiempo que se cobra.

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7 comentarios en “Esa otra parte

  1. Por cierto que, me pongo a pensar, Nadia, que mientras tu das, en tu texto, argumentos grandiosos para no diseccionar la foto de una mujer, yo en mi texto no hago otra cosa. Y justo son esas las cosas que me encantan de proyectos colectivos como este. Permiten la existencias de visiones diversas, e incluso antagónicas, como las nuestras.

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  2. Pingback: Semana 1 en Letras Instantáneas: el manto oscuro «

  3. Hola Víctor. Interesante texto, lleno de disquisiciones intelectuales, que se aleja y se aproxima a la imagen de la fotografía como la lente de una cámara y sí, estoy de acuerdo en lo dicho, fragmenta y analiza todos esos aspectos que giran en torno a la idea de la conciencia/inconciencia del mundo. Se adivina el psicólogo tras esas letras. Buen inicio de proyecto. Felicitaciones a todos por un nuevo proyecto tan interesante como el anterior. Saludos cordiales!

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    • Gracias Cristina, por tus palabras. Me gusta eso que dices de que se logra adivinar el psicólogo detrás de lo escrito, porque esa era precisamente mi intención. La verdad es que el trabajo que hice en este texto, y el que pretendo hacer con los venideros, no es muy original. El intento de reflexionar a partir de lo que la imagen ofrezca es algo que ya otros autores han hecho, y que, en concreto, Juan José Millás ha hecho con una maestría irrepetible. De modo que yo no estoy haciendo más que caminar por la brecha ya transitada y quizás desgastada. Mi única esperanza es, sin embargo, ofrecer a esta fórmula mi toque personal, dándole una aproximación más psicológica, que es lo que más domino yo, mientras que los textos de Millás se aproximan a las imágenes más sociológica y políticamente, aunque su espectro de acción es realmente bastante variado. En fin, gracias de nuevo por tu comentario. Saludos.

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