La desverosimilización de Guillermo Bustamante Zamudio

Los días 28 y 29 de octubre, el escritor colombiano Guillermo Bustamante Zamudio estuvo de visita en Venezuela, con una agenda microficcional: dictaría el Taller de Microficción, y participaría como Ponente en el I Encuentro de Microficción, ambos eventos realizados dentro del marco de la FILUC 2011. Yo estuve en ambas actividades y lo que sigue es mi impresión de ellas.

Pero empecemos por el marco contextual: Guillermo Bustamante Zamudio nació en Cali, en 1958. Tiene un título en literatura e idiomas, y otro como magíster en lingüística y español. Y la cuestión es que desde sus mismos años de universitario, 30 años atrás, Guillermo, junto a su amigo Harold Kremer, sintió el llamado de aquella cosa extraña que es la microficción, por no decir la picada de mosquito, y comenzó a editar, por juego, la que luego se constituyera como la primera revista especializada en publicar microcuentos de Colombia, Latinoamérica y quizás del mundo (con muchísima probabilidad esto último y ninguna duda de lo primero y lo segundo). Esta revista se ha convertido en una fuente de referencia continua para todos los estudiosos de este género, y por ende Guillermo se ha tornado también en un sinónimo de microficción, en una fuente de conocimientos y reflexión alrededor de la materia. No en balde, ha publicado una buena cantidad de antologías del microcuento, tiene sus propios libros donde explora este género ultracorto, y es citado constantemente a hablar, leer y discutir sobre este tema, tan viejo y tan nuevo, tan elemental y tan complejo. Lo impresionante es que, en todos estos años de vivir para la microficción, Guillermo Bustamante no hubiera dictado aún su primer taller para motivar la escritura de microcuentos. De modo que los que estuvimos en su taller de 2 días, no sólo tuvimos el placer de compartir espacio, pasión y conocimientos con un maestro de la microficción en todo el sentido de la palabra, sino que además fuimos los primeros.

El taller de Guillermo fue una mezcla interesante de conversatorio, foro de discusión y plataforma de análisis de ejercicios. Mientras otros talleres del género se preocupan más por dar espacio para la creación de textos de práctica, propiciando ejercicios por encima del despliegue conceptual, reflexivo o teórico, el taller de Guillermo nos dio espacio puntual para sólo dos ejercicios en dos días, y por el contrario, mucha teoría, mucha reflexión, mucha duda razonable. Y espero no malinterpretar la situación cuando digo que probablemente esto venga de la visión de Guillermo con respecto al valor pedagógico de los ejercicios demasiado automáticos para escribir microcuentos. Por allí, entre los no practicantes del género, y sobre todo entre sus detractores, existe la idea de que el microcuento es un género (si es que llegan a aceptarlo como tal) flojo y facilista. Se considera que el microcuento se escribe de forma inmediata, sin mediar largos procesos de depuración, de análisis, de búsqueda de precisión y belleza narrativa. Es por ello que algunos promotores de la escritura consideran al microcuento un género iniciático, en vez de un género donde la experiencia previa con otras fórmulas narrativas es requerida. De allí que involucren en sus clases, un cúmulo de ejercicios para realizar una cantidad indiscriminada de microcuentos, dando poco tiempo para su construcción, y como tal, dejando la falsa impresión de que esa producción maquinal e industrializada es lo que realmente define al género. Y no es que un espacio amplio para ejercicios de escritura sea ya de plano inadecuado. El año pasado, por ejemplo, yo participé en el Taller de Microficción dictado por Ana María Shua (del que siempre quedé en deuda con respecto a elaborar sus crónicas), otra ilustrada del género, y su forma de trabajar incluyó más de media docena de ejercicios. Pero en este caso, nunca dejó de hacer hincapié en que estos ejercicios no eran más que eso; pues la escritura de este género requería esfuerzos mayores, mucha autocrítica, un alto afán de correccionismo, un alto nivel de lectura, e incluso mayores conocimientos formales en narrativa. En otras palabras, mientras quede claro lo que es realmente el microcuento, no debería importar tanto la cantidad de ejercicios y el tiempo propuesto para ellos. Sólo se trata de estrategias pedagógicas diferentes, cada una de ellas efectiva en sus propios niveles.

En el caso de Guillermo, en este taller de dos días no dejó de resaltarnos en ningún momento la dificultad del género y el desarrollo narrativo necesario para enfrentarlo de forma adecuada, al mismo tiempo que nos motivaba constantemente a enfrentarnos a esas dificultades. Para elaborar los ejercicios se dio un tiempo más que adecuado, e incluso se dio la oportunidad de analizar con calma y detalle estas producciones, a modo de tormenta de ideas. En otras palabras, la única forma de promover la escritura no es a través de la simplificación de los pilares sobre los que se erige. Es posible motivar a otras personas a escribir mostrando la cara real de la literatura, sin engaños, sin juegos pedagógicos, sin falsas promesas.

Y en miras de descubrir la verdadera cara del microcuento, un nutrido debate se suscitó, dejando espacio para preguntas como: ¿Es la brevedad lo que define al microcuento?, ¿Es su cercanía con el cuento o su afinidad con cualquier otro género lo que le da vida?, ¿Es el autor la máxima autoridad que existe sobre su microcuento?, ¿Es legítimo hacer recortes de textos más largos y considerarlos microcuentos?, ¿Depende el microcuento de su análisis contextual?, ¿Depende el microcuento de la interpretación que cada quien le pueda dar?, ¿Es el microcuento una versión corta y fácil del cuento largo?, ¿Se puede motivar la escritura en general, usando al microcuento como catapulta? Y aunque quizás parezcan muchas preguntas, hay que aclarar que no fueron las únicas sobre las que conversamos. Lo que sí es cierto es que las conclusiones obtenidas en estos temas no fueron demasiado definitivas en todos los casos, y precisamente porque estas preguntas remiten a debates recientes (o de toda una vida) en los que nadie ha accedido a una respuesta lo suficientemente satisfactoria como para callar las bocas y pasar a otros tópicos. Y quizás por ello este taller haya resultado un poco oscuro para el que se inscribió en él en busca de certezas, de definiciones y estrategias de afrontamiento sin fugas. Debemos aceptar que el microcuento es un vórtice conceptual que todo lo traga y nada devuelve. La única forma de saber qué es lo que realmente es el microcuento (al menos lo que es para cada uno) es introducirse en ese vórtice, dejarse tragar por su complejidad y comunicarse cara a cara con su naturaleza interna. Lo que obtengas de esa comunión será lo que es el microcuento para ti, aunque el microcuento siempre sea algo más… o algo menos.

Para Guillermo, y espero de nuevo no poner como opiniones suyas ideas inadecuadas, el microcuento no se puede definir por su brevedad, o su afinidad con otros géneros, porque siempre será posible encontrar anomalías que escapan a la definición (tanto en éste como en todos los géneros) y donde falla lo específico no se puede generalizar. Opina también que el autor no es la máxima autoridad sobre el microcuento, en tanto que la escritura es un proceso muy complejo donde no siempre participa el intelecto, y por ende el escritor no puede dominar todos los elementos y todos los giros que tome un texto. A veces es el microcuento el que obliga algunos giros o algunos elementos, y el escritor nada puede hacer. Ello no implica, por supuesto, que quien escribe no tenga de verdad una premisa, un punto de partida, un concepto, una idea concreta, o que el resultado de ese “cuento autónomo” no lo logre reflejar. Pero sería ingenuo pensar que durante toda la escritura solamente entra en juego la voluntad de quien escribe. Caso contrario, pensar que el microcuento depende del contexto en que se crea o de las interpretaciones que le dé el lector, también es incorrecto; pues si el contexto definiera al texto, dicho texto sería prescindible, en tanto que sólo sería necesario estudiar el contexto para obtener el mismo efecto; lo mismo que sería prescindible si no tuviera una esencia real única, y adquiriera una forma distinta en cada lector. En este caso, el contexto y la interpretación individual serían valor agregado y efecto, respectivamente, mas no valor principal y causa de la microficción en sí. Éstas fueron algunas de las conclusiones a las que fue posible llegar en estos dos días de conversatorio.

Pero, para los que asistieron también al I Encuentro de Microficción, hubo una pregunta extra, bastante novedosa cabe decir, dentro de los debates vigentes en la materia: ¿Trata el microcuento de verosimilizar su realidad ficcional? Desde que tengo consciencia, el sistema educativo me ha explicado de todas las formas posibles que la fábula, el mito, la leyenda, la ficción en general, tiene como objetivo o punto de partida el hacer creíble lo increíble, hacer cotidiano lo extraño, hacer verosímil lo que nadie creería de otra otra forma o en otro contexto. De esta manera, la pregunta de Guillermo parece hasta un poco necia. Nadie con dos dedos de frente se preguntaría si el microcuento procura ganar verosimilitud, credibilidad y poder de persuasión entre sus lectores. ¿O sí? Pues la verdad es que sí. No se trata de una pregunta necia. Más bien es una pregunta necesaria. Violeta Rojo, investigadora apasionada de la “minificción” (que también leyó una grandiosa ponencia en este encuentro), ha descrito siempre al microcuento como un “degenerado” (nunca he visto la palabra escrita, así que no sé si ella escribe “desgenerado”), una cosa literaria que carece de género, y de allí lo intrigante de su estudio. Pero si carece de género hasta el momento es porque lo hemos estado tratando de analizar desde el mismo contexto en que hemos analizado al resto de la literatura, y al quedar en déficit o en exceso en algunos valores comparativos tendemos a dejarlo por fuera de cualquier nomenclatura. Pero es la pregunta de Guillermo la que podría (aunque seguro hay quien opine lo contrario) ayudarnos a conseguirle género a este “degenerado”.

Si comenzamos a darnos cuenta que el microcuento nace para romper con todo, podemos empezar a notar grandes diferencias con los demás géneros. Mientras la fábula nos vende una moraleja, el microcuento con fábula no quiere convencernos de nada. Su intención real (o al menos lo mejor que se puede sacar de él) es la de mostrar las costuras del modelo que copia. Mientras el cuento policíaco trata de burlar las posibilidades del crimen perfecto, tratando de hacer verosímil los más complejos móviles y las más increíbles coartadas, el microcuento que usa este imaginario, aún con una tan buena coartada y movil, con un crimen tan intrigante y complejo (que todo ello es difícil, claro está), lo que consigue es enfrentarnos al absurdo (y sé que la palabra no es la correcta) de estos rebuscados rompecabezas. Mientras el cuento de terror tiene tiempo de explicarnos su génesis, y persuadirnos de su realidad, el microcuento, que no cuenta con ese espacio, no se preocupa por convencer; sólo te ruge a la cara, dejando a la luz la semilla narrativa sobre la que se fundan estas historias, pero mostrándolas ajadas y débiles. El bestiario original nace de definiciones muy fantasiosas de animales reales o inexistentes, que deja en evidencia la credulidad de una generación. El bestiario como parte del microcuento no quiere que creamos nada distinto a la realidad, sino mostrarnos el simple valor estético oculto detrás de todo esto, y quizás también de reflejar esa ingenuidad que todavía tenemos. Así pues, queda explicada una parte, pero pareciera ahora que el microcuento sí intenta convencer al lector de las costuras que muestra. Pero ello tampoco es así, pues sabemos que estas muestras no tienen el poder de lograrlo, lo mismo que sus autores no están interesados (posiblemente) en conseguirlo. Por ello, es esa condición degenerada, “desverosimilizante” (si cabe tal palabra) del cuento la verdadera esencia de su género. Pero no podría decir más para convencerlos de esto, ni en mil microcuentos, ni en cien ensayos el doble de largos a esto; pues por más que intente hacer comprensible esta idea, el autor de la misma es quien sabrá expresarla mejor. Así que espero que alguna vez tengan la suerte de tropezarse con este fabuloso ensayo escrito por Guillermo, tan verosímil como pocas cosas escritas al respecto. Y mientras tanto, les invito a releer los microcuentos de siempre bajo la luz de esta nueva idea, y que sean ustedes mismos los que juzguen si tiene o no sentido. Yo, por mi parte, ya me he extendido bastante en las crónicas del taller/encuentro y es momento de generar las conclusiones.

Al ser Guillermo Bustamante un antologista del microcuento de toda una vida, los que hicimos el taller tuvimos el placer de ser guiados por un amplio imaginario microficcional, con textos provenientes de todas partes del mundo y de las épocas más disímiles, que él nos leyó, para ponernos a tono con lo que el microcuento es y lo que no es. Los dos ejercicios que realizamos fueron precedidos de una lectura larga de ejemplos asociados, que permitieron ajustarnos a la diversidad conceptual de los temas. El primer ejercicio consistió en realizar un microcuento en la modalidad de bestiario, y el segundo de elegir entre las muchas “féminas de ficción”, de los cuentos de hadas y símiles, y escribir una versión diferente a su historia conocida, haciendo uso del famoso valor intertextual de la microficción. Los dos cuentos producidos por mí los publicaré en entradas independientes, después de ésta. Lo cierto es que resultó para mí muy agradable la experiencia completa de pasar dos días dedicado a la reflexión profunda sobre este género que tanto me desvela, y que una gran parte de ese tiempo la haya timoneado Guillermo, una excelente persona a la que he tenido el gusto de conocer, y a quien seguiré conociendo a través de sus microcuentos… suponiendo que se pueda sacar algo de contexto, o algo de verosimilitud, de estas líneas difusas que representan la microficción en general, y en específico, la suya.

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