El laboratorio de Ángela Hernández Núñez

A poco más de una semana de finalizado el taller de elaboración de cuentos dictado por Ángela Hernández Núñez en la FILUC 2011, todavía me queda el agradable sabor de boca de haber compartido una experiencia de creación narrativa con una escritora tan remarcable, y además una persona tan espectacular.  Ella tituló su taller “El Cuento: Laboratorio de Exploración y Libertad Creativa”. Y fíjense que ya aquí, desde el mismo punto de partida, tenemos una hermosa dualidad. Y es que todo esto de laboratorio nos remite a algo frío, calculado, rígido, un lugar donde se hace ciencia y técnica, donde se crean cosas pero de forma metódica y regulada. La otra parte de esta moneda está en el asunto de la exploración y la libertad creativa. Este otro conjunto nos lleva a escenarios diferentes, más cálidos, espontáneos, deslastrados, quizás más pasionales, lugares donde se hace arte y musa, donde la creación no tiene límites.

Pero de plano sería errado decir que la literatura es una de estas cosas o la otra, sin lugar a comuniones. La literatura no es espontaneidad pura, lo mismo que no es solamente método. Es, como Ángela deja claro desde el inicio, una combinación, inteligente pero también sentida, de técnica y libertad. “Un escritor no es un técnico sino un artista”, nos dice Ángela, pero agrega, y parafraseo, el escritor debe conocer y dominar la técnica. Es solamente conociendo y dominando la técnica que el escritor va a poder acceder a una espontaneidad real en sus letras, que va a repercutir en grandes cuentos. Las técnicas para lograr buenas piezas narrativas son como esas múltiples instrucciones que recibimos cuando manejamos un auto sincrónico por primera vez. En un principio se hace casi imposible no atender conscientemente a todas las acciones que hay que realizar para que el auto se mueva, pero llegado a un punto de la práctica, es posible conducir el vehículo sin atender a lo que se hace, e incluso prestando atención a otros estímulos del entorno (exploración creativa) y dándonos espacio para hacer algunas maromas en la vía (libertad creativa). La idea entonces sería que el escritor en desarrollo, explore de forma consciente estas técnicas, hasta que las mismas puedan ser manejadas sin consciencia plena, y se integren al repertorio de elementos que volcamos sobre una hoja cuando abrimos el espacio libre de la creación. En resumen: a la inspiración hay que educarla, a la técnica hay que inspirarla.

Ángela nos procura algunos conocimientos para comprender mejor el cuento y aprender a escribirlo. Nos dice cosas como que un cuento debe generar el mínimo de interés como para ser leído de una sola sentada, y que por tanto, el cuentista debe tener control de principio a fin de todos los elementos de su cuento. En la medida de que sea observable ese control total de parte del escritor, el lector sentirá que el cuento es una unidad sólida, imposible de leer en más de una tanda. Para que esto ocurra, además, el cuento debe mantener una tensión constante, y debe ser verosímil dentro de su universo ficcional (debe tener la capacidad de persuadir al lector). También nos aclara Ángela que ninguna de estas reglas es ortodoxa, pues es posible encontrar escritores con opiniones diferentes, con trabajos igual de bien logrados. Por ello nos agrega, al final de este conjunto de ideas, que “la verdad del escritor, hombre o mujer, es su mirada libre”.

Hablando ya un poco más dentro del área técnica, Ángela nos explica que autor y narrador no son lo mismo, y que es el autor quien elige al que narra (elige el punto de vista), pudiendo ser externo, participante o testigo, pudiendo estar en el presente, el pasado, o escribir desde el futuro. Esta selección dependerá de lo que desee lograr el autor con su historia, y muchas veces, de esta decisión dependerá el tipo de cuento que se podrá conseguir, pues aunque es una decisión a tomar con libertad, muchas veces debe intervenir la inteligencia de saber cuál es el mejor punto de vista para una historia, y no sólo cuál es el que nosotros queremos usar de marco. Sobre la base de estas premisas, Ángela nos invitó a realizar nuestro primer ejercicio, dividiéndonos en 3 grupos. Uno de ellos debía escribir con un narrador omnisciente desde el presente, otro con un narrador ambiguo desde el futuro, y otro con un narrador en primera persona desde el pasado. Yo estuve en el último grupo mencionado. En una siguiente entrada transcribiré el cuento que entre todos escribimos.

Ese primer día yo tuve que marcharme antes de tiempo y no tuve la oportunidad de conocer más sobre los otros tópicos hablados, entre ellos uno por el que sentía mucha curiosidad, que era el de las frases ganchos (aquellas que están al inicio de un cuento y prácticamente obligan al lector a seguir leyendo). Para el siguiente día de taller quedó la conversación sobre las técnicas narrativas (o estrategias, palabra que Ángela prefiere). Se exploraron 4 técnicas, propuestas por Mario Vargas Llosa con unos nombres ya de por sí muy narrativos, que despiertan inmediatamente la curiosidad, aunque son técnicas que suelen conocerse con otros nombres para otros autores. Se habló de los vasos comunicantes, de la caja china, las mudas y el dato escondido.

Los vasos comunicantes son “dos o más episodios unidos en totalidad narrativa, por decisión del narrador, a fin de que esta vecindad o mezcla los modifique recíprocamente, añadiendo a cada uno de ellos una significación, atmósfera, simbolismo, etc., distinto del que tendrían narrados por separado”. Con respecto a los vasos comunicantes, nos cuentan Ángela y Vargas Llosa que “La mera yuxtaposición no es suficiente, claro está, para que el procedimiento funcione. Lo decisivo es que haya comunicación”. Se habló de la película “Las horas”, que funciona como ejemplo de esta técnica, en tanto son 3 historias independientes, unidas entre sí (en comunicación), a través de muy sutiles leitmotiv, bien sea de coincidencias simples en movimientos hasta eventos emocionales profundos, que se repiten casi idénticamente en los 3 personajes. Sobre la base de esta técnica realizamos dos ejercicios. El primero de ellos fue un cadáver exquisito, en su forma clásica: ningún punto de partida, nadie lee nada de lo que ha escrito el otro, una hoja en forma de abanico para lograrlo. Para el otro ejercicio se nos pidió unirnos de nuevo en equipo para realizar un cuento, que quedó realmente excelente. Es una lástima que no me haya quedado registro de ninguno de los dos ejercicios, porque realmente los resultados fueron grandiosos. No solo funcionaron bien los vasos comunicantes de la historia misma que creamos (poema en el caso del cadáver exquisito), sino los vasos comunicantes del grupo, que más conectados al fin común no pudieron estar. Ojalá esta crónica la lea algunos de los que estuvieron en mi grupo y tienen registro de aquel cuento, para que lo publiquen aquí. Porque he pensado que podría reescribirlo yo solo; pero estoy convencido de que el resultado sería más pobre, porque se trata de un cuento nacido de un nivel de comunicación más profunda de la que puedo lograr yo solo.

La siguiente técnica a explorar fue la de la caja china, que básicamente se trata del recurso literario conocido como abismación, o mise en abyme según su nombre en francés, que se puede unir a un repertorio de nombres bastante largo, como: estructura matrioska, estructura de muñecas rusas, puesta en abismo, construcción en abismo, estructura abismal, relato enmarcado, entre muchas otras. Mi nombre favorito es abismación, que lo considero increíblemente poético, pero es claro que el nombre de “caja china”, si bien no poético tiene un marco ya muy narrativo de partida. Esta técnica se fundamenta en colocar una narración dentro de otra, y posiblemente una nueva dentro de la última, generándose una suerte estructura piramidal, donde cada historia, si bien puede ser independiente de las que le preceden, dependen de forma progresiva de cada una de ellas, en al menos un elemento, que le transforma o le completa. Eso quiere decir, también, que en las cajas chinas suele haber una fórmula jerárquica, con una historia principal que contiene a las siguientes y genera su marco, aunque es posible, según esta técnica, que una historia de menor jerarquía sea la que concluya la trama propuesta en una de las historias principales o en todas ellas. Éste es un recurso que utilizado de forma inteligente puede dar pie a complicados rompecabezas literarios, como el ejemplo clásico al hablar de este tópico, que es el libro de Las Mil y Una Noches, realizado enteramente usando esta estructura abismal. Una vez hablamos de este recurso, se nos invitó a hacer un ejercicio de caja china, unidos en grupos nuevamente. En vista de la dificultad (y quizás ya del cansancio) de trabajar en equipo, en mi grupo se propuso que cada uno escribiera un microcuento de lo que quisiera, y luego se verificaría si había forma de conectar unos con otros, a través de la abismación, o sino se elegiría uno de esos cuentos, como punto de partida para realizar la caja china. Yo me mostré escéptico de la posibilidad de conseguir que 5 microcuentos aislados pudieran conectarse, y los demás me insistieron en que todo era posible. Al final tuve que aceptar mi equivocación, cuando todos leímos nuestros microcuentos y notamos la perfecta estructura abismal que había entre ellos. Lo único que debimos fue ajustar algunos pequeños datos, para que un par de historias calzaran con otras, y se decidió el orden en que se leería. Las 5 historias completas no las tengo, tristemente. En una siguiente entrada, publicaré sólo la mía, a la espera de que los otros 4 del equipo, lean el cuento, y envíen sus aportes para agregarlos.

Ya para este momento, nos quedaba muy poco tiempo de taller, de modo que apuramos el trabajo, y se habló rápidamente (pero con detalle) de las dos últimas estrategias: las mudas o saltos cualitativos, y el dato escondido. Las mudas son transformaciones estructurales que recibe el cuento, en uno o más de sus elementos. Encuentro difícil explicarlo de otra forma. Es posible encontrar un cuento que comience narrado en primera persona y termine siendo narrado de forma omnisciente. También es posible que empecemos narrando desde el pasado, y luego lo hagamos ubicados desde el futuro. Lo mismo ocurre si un personaje de nuestra historia sufre una transformación importante. Podríamos tener un narrador que es humano en sus primeras líneas y luego se transforma en un pez (como ocurre en un cuento de Cortázar), y ya lo que sigue será desde la perspectiva del pez. Se entiende que los saltos cualitativos funcionan mejor en la medida en que sean menos evidentes, que se note menos el momento del cambio y el cambio mismo. El arte de las mudas está en hacerlas imperceptibles al lector, naturales, congruentes, necesarias. Esta estructura narrativa es muy compleja y se presta para muchísimas variaciones, por lo cual, tratar de resumirla en este espacio es hasta grosero. Lo cierto es que Ángela nos dio un acercamiento a este recurso, hablándonos de su teoría, de sus divisiones, y mostrándonos grandiosos ejemplos. Y ya para finalizar hablamos del dato oculto, que, como su mismo nombre lo indica, se trata de ocultar deliberadamente un detalle crucial de la historia que contamos y no hacerlo público nunca. Podemos notar que hay sub-géneros, como el del cuento detectivesco, que se cimientan sobre la base del dato oculto, pero quizás lo más interesante de este recurso lo podemos ver en otros modelos narrativos en donde no es requerido, y por lo tanto genera un mayor impacto. Así pues, se nos pidió escribir un cuento donde simultáneamente se observara alguna muda o salto cualitativo, y donde se hiciera uso del dato escondido. Nos reunimos en dos grandes grupos, y en el caso del grupo en que yo estaba, decidimos rescatar la historia anterior, la de las cajas chinas, y agregar un nuevo capítulo, que le diera un cierre más impactante, donde lo principal a saber estuviera oculto, y donde los personajes se fusionaran en uno solo, a través del salto cualitativo. En una siguiente entrada voy a colocar este cuento final, con mi aporte dentro del cuento de las cajas chinas. No es tan impactante ver estas dos historias juntas, como impacta al leer las seis originales en total, pero algo es algo.

Una vez terminado y leído el último cuento, llegó la hora de la despedida, y nos tomamos una foto con Ángela (que me encantaría tener algún día), y nos dedicamos a acosarla para que nos firmara su último libro, “El peso del rocío”, al que apenas un par de horas después le haría la presentación en ese mismo salón de la feria del libro. Ella, como siempre, fue muy cálida y nos despidió motivándonos a continuar explorando con libertad nuestra creatividad literaria y nos dejó un poquito de esa nostalgia que ocurre cuando las cosas buenas acaban. Ya espero que los vasos comunicantes de nuestras historias nos permitan encontrarnos de nuevo en alguna otra ocasión, sea real o dentro de los confines de libertad del cuento.

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2 comentarios en “El laboratorio de Ángela Hernández Núñez

    • No puedo creer que nunca me había dado cuenta de este comentario. WordPress nunca me lo informó por correo, como hace siempre o yo lo borré sin notarlo. Y creo que lo peor de todo es que, después de escribirlo, creo haber releído este artículo al menos unas 2 veces (3 con esta) y nunca me había fijado si había comentarios. Lo contesto ahora, después de tanto tiempo, con la esperanza de que te hayas suscrito para recibir los nuevos comentarios de este post. Aunque tampoco es mucho lo que tengo que decir… y se resume en: gracias por pasearte por mi blog y dejarme tus palabras. Espero que sepas que todavía recuerdo muy gratamente esos 2 días de taller de narrativa contigo, y que mi esposa y yo devoramos el libro que le firmaste a ella, y de vez en cuando volvemos a él, así como hoy yo he vuelto a leer esto, impulsado por el recuerdo, esta vez tras haber leído a Clarice Lispector y sentir cierta similitud con tus letras. Espero que la comparación no te resulte desagradable, pues al menos para mí no lo es. Me despido con un abrazo.

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