Marcas en la piel

I

La batalla ancestral de los náhuatl y los purépechas de Querétaro es una batalla de la lengua. Todos saben que la lengua náhuatl es la del don creador, y la purépecha la del don de persistencia. Creadores como son, los náhuatl no tienen consciencia del tiempo y la permanencia de las cosas. La lengua náhuatl, que todo lo sostiene, no es capaz de sostener lo que crea una vez lo ha creado. Es por ello que los mismos náhuatl han creado a los purépechas, para que su palabra sostenga la creación que sus monemas aglutinados hacen emerger. Pero, una vez más, ya creados los purépechas, la lengua náhuatl nada puede hacer para controlar la única creación autosostenible. Mientras los náhuatl desean el fin de la vida como la conocemos, pues su instinto los empuja a la creación continua, y para ello es necesaria la finitud de las cosas, los purépechas se han acostumbrado a la vida, y saben que si su palabra deja de sostener el universo un solo instante, ellos morirán y nada garantiza que vuelvan a ser creados.

Por ello los náhuatl crearon la colonización. Sabían que los purépechas serían catolizados y sólo entonces abandonarían su empresa. Pero, una vez más, hemos de suponer que si la civilización católica sigue en pie, es porque la lengua purépecha se ha encargado de sostenerla. Los purépechas notaron rápidamente que esta nueva civilización venida de un nuevo mundo podría llegar a dominar incluso a los náhuatl si ellos mantenían su presencia por el tiempo suficiente. Así que fingieron asumir la doctrina de los colonos para confundir a los náhuatl y dar tiempo a su eventual catolización. En la actualidad sólo un puñado de náhuatl y purépechas continúan la lucha inmemorial; los primeros tratando de arrasar Querétaro, epicentro deífico del universo, con cuantas catástrofes naturales posibles, los segundos sosteniendo la estabilidad orgánica para evitar las condiciones del apocalipsis, su apocalipsis, y el nuevo génesis para los primeros.

II

Eran las dos de la tarde. La ciudad estaba hecha un caos de tráfico, calor y malos humores. Parecía un Santiago de Querétaro que de pronto se quitaba la máscara de ciudad bendecida y mostraba sus afilados dientes. De ellos, comienza a salir una baba delgada que se forma en una lluvia desorganizada, como hecha de retazos de cielo nublado. En medio de la vía, tres autos podían estar mojándose casi al punto de reventarse el vidrio por la fuerza de las gotas, mientras que los diez autos contiguos veían sorprendidos la escena, completamente secos y atolondrados por un sol que los calcinaba. Cinco autos más atrás caía granizo y las carrocerías se abollaban en un radio de dos o tres metros, mientras una ventisca levantaba motocicletas desprevenidas a menos de doscientos metros del primer escenario. La gente salía de sus autos, los abandonaba en plena vía y entraban a través de cualquier puerta abierta a refugiarse de la indecisión del tiempo, cuando el tiempo no los atrapaba antes y los aniquilaba. Después de un par de minutos de azar meteorológico, la lluvia se vuelve sostenida y en cada rincón de la ciudad. El cielo se oscurece, y la noche llega con demasiada anticipación. Un eclipse solar deja todo en penumbras, con la lluvia de custodia, y el crujir de una ciudad, que grita, anticipando cada nuevo espuelazo de la naturaleza. La tierra comienza a vibrar y las paredes a quebrarse. Un hombre corre por el medio de la calle, gritando plegarias de arrepentimiento con una biblia en la mano. Un rayo le cae encima y lo parte en dos. Del suelo agrietado, comienzan a salir bestias extrañas, mitad humanos, mitad perros, serpientes gigantes, un jaguar de manos y pies de hombre, que nada más salir de la tierra salta hasta el sol. Algunas bestias devoran incautos, otras se mueven con sigilo, como buscando a alguien más. Edificaciones comienzan a desplomarse y del cielo comienzan a caer miles de relámpagos, que iluminan la oscuridad suprema, y puede verse, como escenario de fondo, una ola gigante, de cientos de metros de alto, que viene arrastrando todo consigo, arrastrando el mar atlántico desde su fuente. Una niña llena de tatuajes azules está en medio de la calle. La ola la arropa. Despierta empapada en su cama.

III

Los purépechas deben su permanencia en la tierra a la pureza de la infancia. Mientras que la lengua purépecha tiene el don de sostener el universo, de nada les sirve si no saben qué es lo que tienen que sostener. Entonces nace un niño purépecha, puro y elegido, tiene un sueño apocalíptico, y lleva consigo las marcas de la destrucción náhuatl, y ya el pueblo purépecha puede recitar sus versos, elevar sus cánticos, y permitir que sus palabras contrahagan los planes destructivos náhuatl. Cuando las marcas en la piel del niño elegido comienzan a borrarse, los purépechas saben que han dicho las palabras correctas, y el universo puede seguir su curso. Entonces nace otro niño, sueña, su cuerpo se llena de marcas, se interpretan, se recita y se canta, se revierte y nace un nuevo niño purépecha con los signos de la destrucción, sueña, se llena de marcas, se interpretan, se recita y se canta. Así ha sido desde siempre. Así será para siempre mientras los purépechas se sigan dedicando al arte del amor, y fecunden pureza, que después de todo es lo mejor que sabe hacer un purépecha: darle continuidad a la vida, prolongar el momento de la muerte.

IV

La niña se levanta empapada en su cama, gritando ahogada. El estruendo despierta a su madre, que dormía a los pies de su cama. Todo está mojado: alfombras, paredes, colchón, madre, hija. Despierta entre gritos a su esposo, a su lado, pues ha quedado paralizada. La niña queda inconsciente justo después de haber callado. El hombre trata de reanimarla. También está mojado de pies a cabeza. Le da respiración boca a boca. No oye su pulso. Golpea con fuerza su pecho. Sus labios tiemblan tanto y las lágrimas le confunden de tal forma que no hace el trabajo de forma correcta. Escupe a la niña en vez de insuflarla con oxígeno. Llora sobre su pecho. Lo golpea, lo presiona, su mujer al fin puede moverse y lo detiene, abrazándolo. La niña se hunde inconsciente en medio de un océano infinito, en el centro mismo de su sueño.

V

La batalla ancestral de los náhuatl y los purépechas de Querétaro es una batalla de la lengua. Los náhuatl crean vida y crean realidad pronunciándolas como palabras, pero una vez el aliento escapa de sus bocas, la vida y la realidad también, y se rigen por sus leyes propias. Si algo creado se torna en obstáculo, se pronuncia otra cosa que acabe con ello. Si un pez empieza a ensuciar las aguas, se crea otro más grande que lo devore. Si el nuevo, se torna agresivo, se dicen las palabras justas para que un nuevo depredador nazca, y si el último se torna en un tirano, se crea un monstruo marino que todo lo devore, pero se le crea con un corazón débil, para que muera y la vida en el mar pueda volver a ser nombrada y creada. Pero si un purépecha se vuelve tirano, ¿qué monstruo puede devorarle? Esta pregunta lleva siglos sin respuesta en las mentes náhuatl. Los purépecha la anticipan y la burlan. Pero los náhuatl se han preguntado ¿qué viaja más rápido que una anticipación? El odio, se contestan entre sí. Pero los náhuatl son seres ingenuos que no entienden muchas cosas de su creación y vuelven a preguntarse, como si no hubieran tenido la respuesta ante ellos, si un purépecha se vuelve tirano, ¿qué monstruo puede devorarle?

VI

Se había dejado arrastrar como una viruta de ceniza con el humo, hasta el granero, donde aquel indio salvaje la desnudó, la hurgó, la penetró, y cuando ya no podía pensar habló en una lengua extraña y ella sintió que su cabeza explotaba y una neurona quedaba flotando en el medio de la galaxia. Luego con otra palabra extraña, su cabeza volvió a quedar sobre su cuello, y ella pudo hablar. Le confesó que lo amaba y que no lo dejaría ir. Pero el hombre no tenía los mismos planes. Le explicó que no le era permitido el mestizaje, y le ofreció de nuevo su cuerpo a modo de despedida. Ella notó al fin que estaba desnuda y lo botó del lugar lanzándole herraduras. Se propuso odiarlo de por vida. 8 meses después, una niña con sus mismos ojos la miraba desde la camilla de un hospital. Esa noche trató de asfixiarla con una almohada, pero una palabra incomprensible salió de su garganta inmadura y la empujó contra la pared. La mujer decidió no volver a mirarla a los ojos y olvidar.

VII

La lluvia les cae encima, el cielo se oscurece, la tierra tiembla, les rodean dioses náhuatl, caen millones de relámpagos, una ola gigante se acerca hacia ellos. Los purépechas estaban desconcertados. Los náhuatl se les habían adelantado. La ola los atrapa. Querétaro entero se vuelve una playa. Flotan restos de mundo, y debajo del agua, un purépecha aún permanece consciente. Pronuncia una larga palabra, sale una docena de burbujas, y comienzan a subir a la superficie. Cuando cruzan el umbral, revientan y escapa el sonido ahogado del verso purépecha, que recorre el aire. La esperanza del pueblo viaja con la leve brisa, de una lluvia que ha cesado.

VIII

La niña se levanta de su siesta empapada en su cama, gritando ahogada. Su madre salta desde la cocina y entra en su habitación y ve todo mojado: alfombras, paredes, colchón, hija. La niña le habla en una lengua incomprensible, pero pronto se detiene. Comienza a gritar. El cuerpo le arde. Se quita la ropa y unas marcas de color azul comienzan a incendiarle la piel. Aparece sobre su pecho la imagen de una nube, de la que sale lo que parece agua, hielo, rayos y viento. En su abdomen un sol, cruzado por una luna. En su costado grietas profundas sobre la tierra. En su espalda, un puñado de monstruos y una ola gigante. El marido al fin se despierta. El hombre es incapaz de entender el panorama. La mujer grita, habla de posesiones demoníacas, de matar a la niña, de callar para siempre lo que han visto. El esposo es incapaz de reaccionar. La mujer toma una almohada y la coloca sobre la cara de la niña en trance, completando la tarea que debió hacer hace 8 años, a su primer día de nacida. Siempre supo que algo saldría mal con ella, que algún espíritu maligno la poseía; seguro el mismo por el cual había nacido. La niña tiembla bajo la almohada. La niña deja de temblar. La mujer remueve la almohada con cuidado, pero no logra ver nada. En cinco minutos, lluvia, granizo, eclipse, terremoto, y una ola gigante que se los traga, y saca la casa de tajo, que navega intacta como un barco, que navega intacta como un sueño.

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5 comentarios en “Marcas en la piel

  1. Hola. Éste es mi texto para la semana 9, y lamento haberlo publicado tan tarde. La semana pasada podría decirse que fue una de las semanas más ocupadas del año, y pues, aquí estoy, publicando a última hora, pero publicando. Ya nos pondremos al día también con los resúmenes y demás agregados en el blog del colectivo.

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  4. Me gustó. Está muy bien esta historia Víctor, me costó un poco entrar en ella, me costó seguir las descripciones tan detalladas del desastre sin protagonistas concretos, pero luego aparece la niña con su intrigante vida, el querer saber lo qué le ocurre guía al lector hasta el final del texto; me gusta la idea de los dos lenguajes que se coayudan; me gusta la idea de este génesis particular, en el cual se repite sin embargo la idea del génesis bíblico “lo primero fue el verbo, o la palabra”. Saludos cordiales.

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  5. Bueno, te confieso que tenía (y tengo) muchas dudas con respecto a esta historia. Primero por el hecho de haber inventado cosas sobre culturas realmente existentes como la náhuatl y la purépecha, y segundo por lo que mencionas: la dificultad para seguirla. Por ello tuve que crear al personaje de la niña. Surgió como una necesidad, porque yo mismo no me sentía cómodo leyéndola. Creo que éste es uno de esos cuentos que, si algún día llega a estar completamente listo, seguro pasará antes por cientos de cambios y depuraciones, y quien sabe si al final sólo sea rescatable una de sus partes. Igual, me halaga tu opinión. Muchas gracias por pasearte por aquí, como siempre.

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