Dos de la mañana

Eran ya pasadas las dos de la mañana. Reptó en silencio, como una salamandra ciega, por las escaleras de incendio, hasta el último piso. Conforme subía más alto, se alejaba de la última fuente de luz —la coctelera encendida y muda de una ambulancia estacionada en la esquina— y ya solo le guiaba su instinto. Ya había pasado el cuarto piso y no se preocupaba demasiado por guardar silencio absoluto. Desde el tercer piso hasta el séptimo, todos los apartamentos habían sido abandonados por sus propietarios: orden de desalojo dictada por el departamento de bomberos. Seguro querían prevenir una futura tragedia, pero eran demasiado imbéciles o insensibles para preocuparse de los inquilinos de los dos primeros pisos. A él le daba igual. Entraría en ese apartamento para morir.

Escogió el séptimo piso para que existieran menos probabilidades de que le molestaran antes de que su cuerpo se volviera un enjambre de gusanos. Burlaría la cerradura de la ventana, entraría, sellaría con lo que tuviera a mano todas las posibles salidas y se dejaría morir de inanición. Mientras tanto, dejaría registro escrito de su agonía y de todo cuanto pasara por su cabeza. Un mes, dos meses, tres años después, cuando descubrieran su cuerpo, descubrirían también su manuscrito; algún imbécil lo leería, pensando en la demencia que puede rozarse cuando se enfrenta a la muerte, lo archivaría en un estante de evidencias y quince o veinte años después, en una revisión de casos fríos, vaciarían los estantes, y su manuscrito pasaría irremediablemente a la basura o a una editorial, lo que realmente no haría mucha diferencia, transformado en un costal de huesos como estaría. Eso siempre que el edificio no se derrumbara antes de que su cuerpo fuera descubierto, en cuyo caso nadie lo leería jamás y sus letras acabarían confundidas con los escombros, lo que quizás les resultaría un final más digno. Lo tenía todo calculado, salvo el qué planeaba conseguir con ello. Llegó hasta el séptimo piso y no tuvo que forzar ninguna ventana. El seguro estaba libre, así que la abrió y entró.

Adentro, un olor nauseabundo. Un hombre hecho gusanos en el suelo, junto a un cuaderno lleno de notas. Un diario de sus últimos días, de su muerte voluntaria por inanición. Del baño sale el mismo hombre, caminando sobre sus piernas, delgadas y débiles como patas de gallina. El olor acumulado de orines y heces sustituye el olor a muerte. El hombre se sienta en el medio de la sala, toma el lápiz y con una mano temblorosa escribe sobre el cuaderno: “Acabo de orinar transparente. Sigo sin entender de dónde roban mis riñones el líquido para llevarme al baño. He vuelto a pensar en el último fin de semana con Miranda…”. La luz desaparece. Voltea y las ventanas están selladas con la madera de las puertas de las habitaciones y los armarios. Un hombre lombriz se arrastra por el suelo, hecho polvo, y trata de arañar la madera para escapar de su agonía. Trata de gritar para que le escuchen en el segundo piso, pero no tiene saliva suficiente para separar la lengua del paladar. Claramente, ya no está en condiciones de escribir, así que el recién llegado toma el diario y lo hace por él. Deja las primeras ochenta hojas en blanco y calcula que allí debe narrar sus estertores finales. Piensa en Miranda y no puede evitar las lágrimas. Cuando el salado líquido se atasca a mitad de sus mejillas, saca la lengua para lamerlo y el roce con él termina de enloquecerlo.

La fuerza de diez caballos lo levanta del suelo, arranca las trancas de puertas y ventanas y se construye un ataúd, arranca las hojas de su diario y las pega de las paredes internas de su tumba. Ya no quiere que nadie lea sus palabras. Adentro del ataúd, un cuerpo inerte que las moscas empollan, afuera del ataúd, un hombre rezando un padrenuestro y un gloria cada diez avemarías, dedicándole un funeral eterno. No tiene rosario y nunca se aprendió ningún misterio, y teme callarse antes de tiempo. Ha perdido la cuenta de sus oraciones y repite por trozos lo que recuerda de las letanías, tratando de ganar a contrareloj la indulgencia por sus actos, mientras el muerto se hincha como una burbuja a punto de reventar. Quizás con la erupción llegue más rápido al cielo. Relee en voz alta: “Esta es la primera noche de mi encierro voluntario para morir. O cabría decir mañana, a pesar de la absoluta negritud. Después de una noche de esfuerzo, ya mi prisión está a punto. He sellado todas las salidas y me he cerciorado de que no salga agua por ningún ducto de este apartamento, y que no haya más comida que el polvo para cucarachas en las esquinas. Hoy empieza la cuenta regresiva de mi vida y empieza también esta novela tardía. Y mientras llega el sueño, el hambre, la locura, la muerte, o todas ellas, los pondré en contexto…”.

Un golpe seco truena sobre la puerta de entrada al apartamento. El hombre está tirado en el suelo, con el estómago hundido como un agujero negro, y suena un segundo golpe en la puerta. Se convence de que son los demonios que han venido a buscarlo para llevárselo al infierno. Un tercer golpe derriba la puerta y dos policías entran al apartamento, apuntando armas con linternas, guiados por un hombre que le señala a él con el dedo, mientras se tapa la nariz con la otra mano, haciendo arcadas de vómito. El sujeto junto al policía aparta la mirada. No puede mirar. No puede mirarse a los ojos. Le inunda el asco y la vergüenza. No soporta haberse delatado a sí mismo, pero no podía dejarse morir. Piensa en Miranda y no puede evitar las lágrimas nuevamente, mientras los policías lo arrastran como a un muerto, dejando su cuaderno olvidado junto a un cuerpo oculto bajo una montaña de moscas, que descubrirían en un mes, dos meses, tres años, nunca. Eran ya pasadas las dos de la mañana y un hombre reptaba en silencio, como una salamandra ciega, por las escaleras de incendio hasta el último piso. Cuatro pisos debajo de él, dos enfermeros lo arrastraban en una camilla hacia la luz muda de una ambulancia, que es su última fuente de luz. Ya casi no veía nada. Únicamente le guiaba su instinto.

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7 comentarios en “Dos de la mañana

  1. Qué enmarañada historia Vic, tu siempre con tus creaciones haladas de los pelos. No entendí mucho esa forma en que el personaje se presenta a destiempo durante la historia, aún así me gustó la tensión del texto y esa confusión que genera en el lector. Me sentí en una película de terror y suspenso.

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  2. Bueno, me estoy entrenando para las variables de la próxima semana, que especifican que debe ser una historia de terror. Jejeje.

    Ciertamente mi intención era generar confusión en los destiempos, pero también hay amplias probabilidades de que no lo haya sabido expresar lo suficientemente bien. Creo que el cuento merece algunas correcciones. Pero ello, como siempre, es mejor hacerlo a futuro, cuando te has logrado separar un poco de la historia contada de la forma original.

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  3. Pingback: Resumen de la Semana 8: Espiral funeral «

  4. Me gustó la desesperación que transmite este personaje por lo bien descrita. Sí que veo claramente el ciclo vicioso en el que está metido el protagonista, que vuelve al mismo punto de partida una y otra vez. Me choca un poco la aparición de la policía, es algo muy realista que contrasta con el intenso ritmo de narración psicológica anterior. Me gustó la historia. Saludos cordiales.

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    • ¡Qué bien que te guste Cristina! Entiendo que te pueda generar un choque desagradable la irrupción de la policía, pero era parte de mi intención de dejar tres posibles finales, para que el lector tuviera que decidirse por el suyo, o algún cuarto creado independientemente. En este caso, supongo que tú prefieres alguno de los otros finales. Sin embargo, debo decirte (y es curioso) que mi final favorito de todos es el del policía, y precisamente por lo realista. Quizás a mí no me rompe el ritmo de narración porque yo fui quien lo escribió. Ése es el problema de leerse a uno mismo desde el rol de escritor y no saber leerse como lector. Claramente es algo que debo trabajar. Saludos.

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