Juanita Reverón

Cuando Reverón fue enviado al manicomio por última vez y para siempre, Juanita rápidamente murió de tristeza, dicen los cronistas. Murió ahogada por la espuma blanca, prístina y cegadora, de un oleaje de recuerdos; murió aplastada por la oscuridad de El Castillete, donde la luz había decidido partir junto con Reverón para no volver; murió de silencio y melancolía. Murió de cordura y abandono; porque incluso el último de los Panchos decidió marcharse, sin ánimos de mirar atrás. Tomó una maletita de cuero, y metió allí algunos de sus cachivaches y medio racimo de cambures. Se marchó a la selva que rodea las playas de Macuto, para alfabetizar a los monos que se encontrara en su camino, y enseñarles a usar, también, tenedores, corbatines y sombreros. Con el último Pancho y la luz, también se fueron las visitas. Juanita se quedó sola en un rancho laberíntico lleno de muñecas; en un harem de concubinas enamoradas, sin su señor. Pero también las muñecas empezaron a marcharse poco a poco. Cada noche, Juanita contaba a sus compañeras y a la mañana siguiente una hacía falta. Algunas aparentemente lograban escapar ilesas. Pero a otras las encontró a medio camino de huida. Una despeñada por el desfiladero delante del rancho, siendo devorada por los cangrejos de la playa. Otra, destazada en los bordes de la selva, quizás por un cunaguaro o algún felino mayor. Una última destripada por zamuros daltónicos, que no hacían diferencia entre trapo sucio y carne humana.

Pero todo acabó cuando se terminaron de marchar los pájaros. En la malla del patio, no quedaban ni los piojos de algún pajarito de papel. Sólo entonces, la luz terminó de abandonar cada espacio respirable, y las tinieblas inundaron El Castillete. Juanita tuvo que aprender a caminar a tientas, a vivir a tientas, como un ciego, como un lúcido, incluso a plena luz del abrasador sol de la costa. No era posible ver un solo color en kilómetros de paisaje; ni amarillo, ni verde, ni naranja, ni azul… ni mucho menos blanco.

Juanita entonces abrió el baúl de Armando y sacó sus ropas. Cosió y descosió a ciegas y los arremendó a su medida. Se puso la ropa raída encima y se subió a un cocotero. Despeinó docenas de cocos y con sus pelos se hizo una barba poblada, con la que adornó la mitad de su cara y se hizo también un vello corto y rizado que rellenó buena parte de su pecho y abdomen. Cambió el color de su piel con los patuques blancos de Armando. Buscó los pinceles, las telas, el atril, se sacó la camisa, se ató un mecate fuertemente a la cintura, tan fuerte que cortaba la respiración y las ideas, y comenzó a pintar. Poco a poco Juanita se fue diluyendo de El Castillete, y la luz comenzó su lento regreso. Con Armando Reverón una vez más en su rancho trabajando todo el día, un nuevo Pancho se presentó para el oficio de portero, las muñecas regresaron del más allá, por medio de ritos espeluznantes que la misma noche realizó, los pájaros volvieron, esta vez con esposas e hijos, y las visitas comenzaron a tocar a la puerta esperanzadas de ver al maestro.

Mientras tanto, en la celda de un psiquiátrico, moría rápidamente Juanita Mota, de tristeza, de soledad, de oscuridad y de cordura. Armando, en su rancho, la dibujaba día y noche, con el recuerdo fijo en una obsesión, tratando de traerla de regreso, y con ella, al resto de la luz.

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9 comentarios en “Juanita Reverón

  1. Me conmovió mucho tu historia. No me queda duda de que Juanita haya sufrido tanto como Reverón la separación de ambos por el encierro de éste en el psiquiátrico. Las tres variables las llevaste muy bien y me gustó esa otra mirada del texto, la de incluir a Juanita como la protagonista. La importancia de Juanita en la vida de Reverón es innegable y me parece que tu historia es un homenaje a ella.

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  2. Tarde pero seguro. Gracias Cristina. La metamorfosis era todo lo que quería expresar. Creo que después de tantos años juntos una pareja empieza un proceso en el que sus identidades pueden hasta llegar a confundirse y fundirse. Y en el caso de Juanita y Reverón creo que la fusión entre ambos fue muy profunda y dolida. No me imagino que tras su separación, las cosas hayan sido muy distintas.

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  3. Hola Ani. Creo que Reverón (el artista y su legado, el genio, el loco) fue el producto de las personas que le rodearon. Y ojo que lo digo en el más estricto sentido positivo. Vivimos en una sociedad (y eso lo sabes tú como psicólogo) que cercena de tajo, bloquea, impide, la locura. Es difícil encontrar patrocinantes de la demencia, personas que la respeten, la toleren y la dejen florecer. Sin Juanita, Reverón hubiera tenido que reprimir su locura, y por ende su grandeza. Sin Juanita, Reverón quizás hubiese quedado signado a un psiquiátrico mucho antes y más irreversiblemente de lo que resultó en la realidad. Así que Juanita, de alguna manera, es Reverón. Y eso es lo que me hace respetarla tanto como a él, y admirarla, por su humanismo y su amor. Creo que en ella (al menos en la forma casi mitológica que nos llega su vida) están dados varios de los valores que harían de este mundo un lugar mejor: tolerancia, ingenuidad, capacidad de sorpresa, pasión y entrega, por no hacer la lista más larga. Así que sí. Esto es un homenaje a Juanita. Escribir sobre ella lo convirtió en un homenaje, aunque en principio no fuera ésa mi intención. Pero al tener que darle forma narrativa, me involucré mucho con lo que ella representó, y allí nació el homenaje. Como no suelo escribir sobre personajes reales, raramente experimento esta identificación profunda que sentí al escribir sobre Juanita. Con otros personajes he llegado a contactar emocionalmente, pero con Juanita fue algo un tanto inusitado. Por eso me encantó escribir sobre estas 3 variables.

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  4. Pingback: Otra presentación para “Manual de patologías” | convictoryconfeso

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