¿Quién le teme al lobo feroz?

El malo de la película, el lobo de los cuentos de hadas, el país enemigo en los cuadernos de historia regionales, cada uno de estos parias ha cumplido siempre y con humildad su difícil trabajo, su palabra empeñada. Muchos argumentan que es más fácil destruir que construir, que la maldad, si bien deja escombros en la consciencia, es un gatillo más ligero que el de las acciones correctas. Asesinar requiere menos esfuerzos que dar vida. Y vaya que sí. Un revólver con una sola bala, puesta a girar en ruleta rusa, tiene dos veces más oportunidades de cumplir su cometido, que un hombre y una mujer practicando lo que alguna vez los eufemistas llegaron a llamar “la danza de la vida”. Yo mismo he acabado con más existencias de las que un solo revólver podría contar con su parca memoria de plomo, y las mujeres que han pasado ante mí, con sus inocentes cuerpos, han usado toda su naturaleza instintiva y han escupido mi semilla, para no traer mi descendencia, enferma de perdición y deseo de muerte. Las otras, mis lindas caperucitas, han muerto antes de poder escupir o siquiera antes de contar con la química para concebir. Quizás ésa es mi única forma de trascender más allá de mi propia vida.

Todas estas facilidades y beneficios del villano, sin embargo, podrán aplicar al mundo real. Aquí, donde vivo yo, entre estas líneas, el asunto es mucho más complejo. Es inevitable, y nada tiene que ver con mi voluntad, pero a medida que se acerca el final, mi astucia implacable, mi frialdad desmedida, mi invulnerabilidad, se van transformando en errores, pistas sueltas, arrinconamientos, desesperación, locura, resignación, huída. Tras cada escenario, tras cada pequeña sala de exposición donde coloco los cuerpos, transformados por mi grandilocuente artesanía, voy redundando sobre un cúmulo de incongruencias que sólo yo, que estoy dentro de mí, puedo comprender. Aún así, no hay fuerza, ni interna, ni externa que me detenga, o al menos no había existido hasta ahora. Como si un pacto que olvidé firmar me llevara de la mano.

A mi enemigo en esta contienda, el bueno de la película, el príncipe del cuento de hadas, el leñador, el país que vende el cuaderno de historia, le sucede lo contrario. Después de encontrarse perdido, de renunciar por partes, de ofenderse hasta el vómito con mis acciones, jurar justicia y tener que tragarse sus palabras, ahora todo le lleva hasta mí, y una ciega voluntad le moviliza, como guiado por los instintos omniscientes de quienes controlan nuestras vidas. Y nada más evidente que él, que ese sujeto persiguiéndome y obsesionado con mis actos. Pudiendo ser cualquier otro mi ejecutor, tenía que ser justamente él, que alberga entre sus brazos el cuidado de mi víctima perfecta, una caperucita en pleno: risueña, angelical, de 9 años, piel blanca, cabello negro y andar desenvuelto; como si quisiera gritar con sus caderas de varoncito que hay toda una mujer dentro, voraz como el más voraz de los lobos, y roja como el más carnal de los deseos. Es como para pensarse que más que ironías o coincidencias, hay alguien moviendo piezas para que el laberinto sea perfecto.

No sé en qué momento entre mi infancia desperdigada, mi adolescencia esquiva y mi adultez como funcionario de traje, cubículo y corbata, me he vuelto el asesino que soy. Algo me dice que todo esto era muy evidente, que cada cosa en mi vida no ha hecho más que empujarme a este precipicio en el que estoy ahora. Porque hay recuerdos; recuerdos muy vagos y mezquinos que se cuelan por algunas heridas de la memoria, como si alguien quisiera que los recordara a medias, que me hablan de quien soy, pero que encuentro asquerosamente líricos, forzadamente narrativos, como de una imaginación precaria y amateur. Es una burla del que vulnera mis pasos con sus letras; la burla de volverme un estereotipo, de darme un pasado atroz, de llenar mi cabeza con patrañas religiosas, mágicas y sobrenaturales, que me tienen preso ahora en esta vorágine de asesinatos, que a veces siento que no soy yo quien comete.

En la víspera de mis actos me interno en el bosque, me mezclo con los animales y los ruidos nocturnos, hasta conseguir una pequeña jauría de lobos, y me pregunto tras cada paso: «¿Qué estupidez estoy haciendo?». Hay que ser más que imbécil, se necesita algo más que demencia, para asesinar a un lobo grande, con cuchillo, sacarle la cabeza y la piel, guardar la sangre, y regresar por kilómetros de nieve espesa a casa, con media policía persiguiendo mis pasos, con toda una población aterrorizada por mí, pero aún así preparada para sacar sus antorchas y quemarme vivo cuando me encuentren. Algunos me acusan de ser el verdadero lobo feroz, y los que tienen niñas como las que me gustan, se han armado de escopetas y dicen no temerme, pero por las noches no duermen. No los juzgo. Les entiendo a la perfección. Ellos también son víctimas de este guión mal escrito. Juntos hacemos una parodia adulta y sangrienta de un relato infantil. Es lógico que cada uno asuma el dramatismo y la unidimensionalidad del personaje que actúa, es lógico que cada uno cumpla hasta el final su compromiso de coherencia argumental.

Ahora que estoy en este breve espacio de silencio, esperando que llegue la turba y que le quiten la cáscara a esta cueva que me resguarda, contemplo todo como entre sueños, bastante convencido de que he hecho lo correcto. Podría prolongar mi masacre por años; pero creo que he llegado a la cumbre de mi simbolismo, y debo ser fiel a mi caracterización. Mi enemigo está amarrado al esqueleto metálico de una cama en posición vertical, viendo a su hija, acabada, transformada, regurgitando el vómito que se le devuelve por la mordaza. Yo cierro mis ojos y contemplo su cuerpo inerme, al que poseo una y otra vez gracias al regalo del recuerdo. Después de todo, no hay nadie que ignore que el lobo es el símbolo de la dominación sexual forzada, y las caperuzas son las incautas seductoras, víctimas de sus perniciosos actos de coqueteo. Ellas son el verdadero lobo. Por eso las baño con su sangre, las cubro con su piel, les arranco la cabeza y las sustituyo por la del lobo. Las he devuelto a su naturaleza, mientras sus propias cabezas me sirven a mí como trofeo, como recuerdo de las cosas de las que debo cuidarme.

Pero ya nada de eso tiene sentido, mientras espero mi muerte. Es cuestión de minutos antes de que la turba encuentre esta casa, desaten a mi enemigo, le den un hacha y él complete el simbolismo, partiendo en dos mi panza. Nadie ha dicho que los malos de la película lo tenemos fácil; los héroes tampoco. Pero una promesa es una promesa. Ser congruente con el destino, con el guión, o como sea que llamemos a esta farsa, requiere de sacrificios. Que mi sangre sirva para brindar por mejores y más inteligentes epílogos. ¡Salud!

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4 comentarios en “¿Quién le teme al lobo feroz?

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