¿Quién le teme al lobo feroz?

El malo de la película, el lobo de los cuentos de hadas, el país enemigo en los cuadernos de historia regionales, cada uno de estos parias ha cumplido siempre y con humildad su difícil trabajo, su palabra empeñada. Muchos argumentan que es más fácil destruir que construir, que la maldad, si bien deja escombros en la consciencia, es un gatillo más ligero que el de las acciones correctas. Asesinar requiere menos esfuerzos que dar vida. Y vaya que sí. Un revólver con una sola bala, puesta a girar en ruleta rusa, tiene dos veces más oportunidades de cumplir su cometido, que un hombre y una mujer practicando lo que alguna vez los eufemistas llegaron a llamar “la danza de la vida”. Yo mismo he acabado con más existencias de las que un solo revólver podría contar con su parca memoria de plomo, y las mujeres que han pasado ante mí, con sus inocentes cuerpos, han usado toda su naturaleza instintiva y han escupido mi semilla, para no traer mi descendencia, enferma de perdición y deseo de muerte. Las otras, mis lindas caperucitas, han muerto antes de poder escupir o siquiera antes de contar con la química para concebir. Quizás ésa es mi única forma de trascender más allá de mi propia vida.
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