La mujer y la silla

Todo el día se la pasaba jugándole bromas. Cuando se iba a sentar para comer, la silla retrocedía y ella caía. Cuando se disponía a leer, la silla comenzaba a temblar para desconcentrarla. Al fin se decidió y la clavó al suelo con fuertes remaches. Por las noches, entonces, la silla gemía y ella no podía dormir. Tampoco le era posible, durante el día, comer o leer a gusto. Se sentía culpable. Así que se levantó, le sacó los remaches y, cuando estuvo liberada, pasó su antebrazo por su frente ligeramente sudada, en un sobreactuado ademán de cansancio, al que le siguieron una serie de movimientos forzadamente predecibles cuyo destino, la silla lo sabía, era sentarse a descansar. La silla retrocedió y ella quedó tendida en el suelo. Fingió levantarse molesta, se dirigió a su cuarto musitando una falsa rabia y se acostó. Durmió toda la noche. Definitivamente, una buena amistad debe proteger sus rituales.

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3 comentarios en “La mujer y la silla

  1. De hecho creo que hay un dibujo de Escher sobre una silla imposible. Justo ahora me viene a la mente unas patas entrecruzadas, donde realmente sólo hay tres dibujadas, pero se observan cuatro. No estoy seguro si eso que viene a mi memoria es de Escher, pero tiene su sello.

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