Greemberg -o el miedo al silencio-

Anteayer vi Greemberg. A pesar de prever que no sería un gran hallazgo cinematográfico ni cercanamente, había algo que me impedía negarle su justa oportunidad de ser vista. Y no se trataba del hecho de ver a Ben Stiller en una actuación medianamente seria (o al menos de humor, mas no de su habitual comedia física). Es de sospechar que cuando un actor se encasilla en un mismo tipo de personajes, es más por el azar y la oportunidad que por la propia convicción. No dudaba que hiciera un buen trabajo ajustándose a conductas y emociones más fuertes y reales. Después de todo, y a pesar de mi repudio por la mayor parte del cine norteamericano y mi predilección por el cine europeo y oriental, no puedo negar que la mejor escuela de actuación es Hollywood. Quizás sea incorrecto llamarla escuela, pues su función es realmente la de capturar y apresar grandes actores, más que formarlos y pulirlos; pero como mercado cinematográfico Hollywood tiene una inmensa lista de actores que logran reflejar con realismo casi cualquier emoción, ya sea que hayan aprendido estas artes allí mismo o en cualquier otro lugar.

Siendo sincero, y volviendo al punto, lo que me atraía de ver esta película era el hecho de enfrentarme a un gran monstruo, que tanto yo, como casi todos, nos hemos dado a la tarea de aniquilar. Una de las más efectivas formas de aniquilación de este monstruo, paradójicamente, es el mismo cine, que nos ayuda a desaparecerlo por un período promedio de 90 minutos y lo viene haciendo desde hace un siglo. Ese monstruo del que hablo no es más que el silencio. Por naturaleza el hombre le teme al silencio. Le huye. En parte porque el silencio aumenta el volumen de los pensamientos, y escuchar a éstos es un acto que en ocasiones se vuelve en nuestra contra, y en otra parte porque el silencio compartido tiene la facilidad de generar toda clase de situaciones incómodas.

Desde que somos niños, se nos presiona para que rompamos el silencio. En los informes pediátricos resulta fundamental saber que el niño lloró al nacer para determinar que no hay nada mal con él. También es necesario que llore mucho los primeros meses, que balbucee pronto, y se le presiona para que aprenda un idioma antes de que aprenda las claves de una comunicación efectiva. En general, el hombre llena de palabras habladas todo lo que toca. Hablar le genera seguridad y dominio. Inclusive las personas con problemas de expresión o miedo escénico suelen verse presionados a usar las palabras cuando menos para explicar su situación. Consideramos atípico realizar una pregunta y tener que esperar más de dos segundos por su respuesta. El habla, en el humano, debe ser inmediata y continua; sobretodo esto último, para evitar en lo posible darle espacio al silencio.

En Greemberg, cada línea de diálogo, además de corta y pobre emocionalmente, viene acompañada de largos silencios. Pocas preguntas se responden sin mediar espacios mudos, y después de rellenarlos con palabras, resulta que son tan parcas que deberían generar cientos de preguntas, y lejos de esto, los interlocutores se conforman con más silencio o diálogos evasivos, cuando no de monosílabos.

Si este pequeño escrito tratara sobre el naturalismo de la película, hace mucho habría empezado a decir malas palabras. Porque si hay algo que no representa a la realidad es el sistema de comunicación y extensivos silencios que hay en Greemberg. Pero, creo que ése es el principal atractivo de la película. Así como vemos películas de terror para probarnos nuestras capacidad de soporte al miedo, a los monstruos y fantasmas, películas como Greemberg pueden atraparnos en una contienda personal, por probarnos nuestro aguante a ese otro monstruo que es ese momento en el que las bocas se niegan al sonido y tenemos que, irremediablemente, empezar a enfrentarnos a nosotros mismos.

Dicho esto, me rindo al silencio.

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