Deus ex machina

En medio de la tierra sin nada, yacen entre vivos y muertos más de dos docenas de hombres, mujeres y niños, compuestos en su mayoría de huesos, que estiran como pueden una delgada piel color chocolate y una que otra color ciruela pasa. Los han dejado ahí, en lo que dos días atrás había sido una central de apoyo para los damnificados de la crecida de río que había acabado con su población, a poco más de 50 kilómetros de ahí, donde los zamuros se rifaban una carroña ya bastante abombada por los días y el agua. Los otros zamuros, los empresariales, se habían marchado con las provisiones, las medicinas, los alimentos, el teletón y el dinero. Los habían desahuciado. El más fuerte de los que estaban allí apenas tenía fuerzas para andar sobre sus rodillas. A algunos ya se le metían las moscas en los ojos y ponían sus larvas para criar una nueva generación de supervivientes, sobre la carne muerta, aún fresca.

Un chico de unos 8 años, con la estructura ósea de uno de 6 o de 5, se arrastra por el piso, con el hambre reventándole su precario entendimiento de la situación. Su mamá se había quedado nadando como una libélula con el río crecido, o acaso volando como un gorrión sobre la llovizna, atajando insectos con su pico y persiguiendo el arcoíris en el horizonte. Lo cierto es que ya no estaba con él para darle del calostro que, a duras penas, escupía su teta mal nutrida, y que el hijo mordía con avidez hasta sacarle sangre, la mayor parte de la veces, porque había empezado a aprender que la sangre compensaba un poco la falta de energías contenida en ese líquido blancuzco con sabor a medicinas de prueba. Y en medio de esa instintiva conexión con la búsqueda de alimento, presiente que la tierra tiene minerales y que le puede conseguir engañar a su estómago, del tamaño de un huevo de canario.

Toma la tierra naranja, al principio con las manos, y se la lleva a la boca sin pensarlo demasiado. No le gusta el sabor, pero no está acostumbrado a acariciar a su paladar. Después de dos cucharadas de tierra, se le revuelven las tripas y el hambre se le vuelve un avestruz, y quiere hundir por completo su cabeza en la tierra, comerla toda, y convertirse en árbol y tener todos los frutos de la madre naturaleza, y alimentar a todas las aves y todos los hombres negros de su pequeña aldea, hasta que tengan la fuerza para destruir a los malditos monstruos que los habían dejado ahí. La fiebre, el sol y el delirio le hacen sudar el vapor de agua que le quedaba dentro del cuerpo y se marea. Clava sus simulacros de dientes en la tierra y empieza a roer, desesperado por minerales y algo de fuerza. Se le rompe la encía y se regocija por un segundo con su propia sangre. Su sabor a óxido le recuerda a su madre, y cae abatido al piso y empieza a temblar como un pichón sin plumas, ya no sabe si por miedo o porque su cuerpo olvidó la calma tres días atrás.

Cuatro chacales rayados se acercan a donde están los despojos que días atrás habían sido personas, y tenían una vida pobre, pero digna, en la mayoría de sus casos, y la sabiduría les hace simular su muerte, para que los chacales se marchen y avisen a las hienas pardas, que sí gustan de la carroña, con quienes intentarán hacerse los vivos, que es un enmascaramiento mucho más difícil de lograr. Los chacales se pasean en medio de los negros pájaros caídos, olfatean, y muchos sienten que de verdad han muerto de lo fácil que se les ha hecho mimetizar su final. Al otro extremo, el chico de 8 años está acostado, con los ojos cerrados, tratando con todas sus fuerzas de hacerse el muerto, pero la fiebre le impide mantenerse sin movimiento, y sus fuertes temblores espontáneos atraen a los coyotes, que se empiezan a acercar como halcones sigilosos.

El chico siente la presencia de los chacales, que empiezan a olerle su cuerpo, y cuando uno mete su hocico en su boca sangrante y le lame, tiene un espasmo de terror que les termina de avisar a los comensales que el almuerzo está servido. Al chico le salen unas lágrimas color naranja, que lavan su rostro en recorridos fluviales menos voraces que el que acabó con su pueblo. Y, mientras se lava la cara, también se lava el alma, por dentro, aceptando con humildad que su hora ha llegado, y sintiendo una inevitable gratitud divina por haber conocido la vida, aunque fuese en condiciones tan limítrofes y mezquinas. Se imagina volando por la llovizna, junto a su madre, recogiendo insectos con sus picos y persiguiendo arcoíris, y le pide a Dios por la salvación de su pueblo y por reencarnar en árbol al menos una vez.

La luz del sol, de un instante a otro, parece volverse una luciérnaga moribunda, mientras una luz blanca y prístina arropa todo el cielo como en un delirio febril de muerte, y comienza a verse bajar un increíblemente hermoso columpio, hecho de corteza de baobabs, con trenzas de lianas silvestres, y rodeado de redondas y tupidas margaritas y pálidas amapolas. Dos gavilanes sostienen las trenzas y la hacen descender hasta el cuerpo del niño que, creyéndolo el último regalo de su dios de infinita bondad, le agradece y le glorifica, mientras toma la primera margarita y comienza a comerla.

Un primer chacal muerde su flaca pierna de faisán, mientras el chico devora un ramillete de amapolas y margaritas y se rinde al dolor con valentía. Después de la primera decena de mordiscos, no tiene fuerzas para seguir alimentándose de lo que creyó su última comida y, en cambio, se tienta por su propia carne. Se obliga a no morir de hambre y empieza a morderse su propio brazo, masticando con desespero, para sentirse saciado antes de morir. La visión se le hace un remolino de bruma famélica, pero los chacales no se van a dejar robar su comida de boca de ella misma. Así que van directo a la cara, y él se deja hundir dentro de las fauces de sus predadores, mientras su pueblo trataba de mirar con el rabo del ojo, ardidos de repugnancia y curiosidad mórbida, y volvían a parecer cuervos muertos cuando creían que los chacales miraban.




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