Tengo 112 años. He visto todo lo que es posible, incluso ahora que mi vista no alcanza la libreta frente a mí. Estas palabras son intuidas antes que escritas. Y da igual. De todas formas, su eco no llegará siquiera a mis oídos. Llega un punto en la vida de una mujer que la inercia lo absorbe todo. La matemática de los años se vuelve redundante. El frío en la consciencia te deja helada en una contemplación remota, como si juzgarte a ti misma fuera un espejismo. 112 palabras, una por año, para decirte el secreto ulterior: los valores tradicionales vuelven longevo al cuerpo, pero te dejan con un espíritu sin estrenar.
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Una reflexión a la que todos hemos de llegar algún día, y al final la queja de alguien que por vivir según las costumbres ha dejado de lado su felicidad. Interesantes ideas. Saludos y feliz año